El ático de la Torre Vanderbilt ofrecía una vista que pocos en Uruguay podían costear, y Lysandra la consumía con una sensación de apatía y triunfo. Eran las primeras horas de la mañana. El cielo de Montevideo se teñía de un gris plomizo que amenazaba con una tormenta, pero ella no se movió de la cristalera. Vestía una bata de seda negra que ocultaba el secreto de su vientre, ese que Maximilian custodiaba con una intensidad que a veces rayaba en lo asfixiante.
—Deberías estar en la cama. El méd