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La lluvia golpeaba los ventanales de la mansión en Punta Carretas con una violencia inusual, como si el cielo mismo intentara lavar los pecados que se cometían bajo aquel techo.
Lysandra se sentía como una extraña en su propia casa, ahora apenas cubierta con una bata seda, intentaba recoger las fotos de su madre del suelo, pero el temblor de sus manos no la dejaba. El ambiente era insoportable: olía al perfume de Vania y al café que Adrián bebía con total indiferencia, frente a ella.
—¡Muévete, Lysandra! —le ordenó Adrián, revisando su reloj con un gesto de impaciencia—. El camión de la mudanza llegará en una hora y no quiero que tu presencia devalúe la propiedad frente a los tasadores.
—Esta es la casa de mi madre, Adrián... —le dijo sollozando—. Aquí está su piano, sus cuadros... ¡No puedes simplemente borrarme!
—Puedo y lo hice —replicó él, caminando hacia ella. Su actitud era la de un monarca que acaba de conquistar un reino bárbaro—. Anoche estúpidamente me entregaste las llaves del reino a cambio de una noche de placer que, honestamente, te cobré muy cara. De verdad que eres tonta, te creí más inteligente, pero ¿qué se puede esperar? El exceso de grasa te nubló las neuronas. Si lo hubieras pensado bien, fácil y a tiempo caerías en cuenta que ningún hombre en su sano juicio haría todo el sacrificio que yo hice, a menos que se asegurara obtener una buena recompensa. Yo me la merezco. Agradece que siquiera conociste lo que es placer de mi mano, porque lo que yo sentí fue repulsión.
En ese momento, la puerta de la suite principal se abrió con un golpe seco. Doña Beatriz de Conte, madre de Adrián, ingresó sin ceremonia. Vestía un conjunto de sastre color perla, perfectamente almidonado, y sus labios estaban pintados de un rojo tan intenso que parecía sangre seca. Sus ojos, que eran dos sellos de malicia aristocrática, recorrieron la figura desaliñada de su nuera con un asco que ya no disimulaba.
—¿Todavía no se ha ido esta molestia? —preguntó Beatriz, golpeando el suelo con su bastón de empuñadura de plata—. Adrián, te dije que debías haber llamado a los servicios de limpieza industrial. El olor a desesperación de esta mujer es insoportable.
—¡Doña Beatriz! —Lysandra se puso de pie, intentando apelar a la mujer que alguna vez la llamó hija—. Usted sabe que Adrián me engañó. ¡Usted sabe cuánto lo amé!
—Lo que yo sé, querida —dijo Beatriz, acercándose con lentitud amenazante—, es que mi hijo tuvo que soportar tres años de humillación al estar casado con una mujer que parece el anuncio de una panadería. Soportó tus curvas, tus complejos y tu estúpida bondad solo para recuperar lo que el destino nos debía: esta fortuna.
Beatriz levantó su mano, enjoyada con anillos que pertenecieron a la familia de Lysandra, y antes de que la heredera pudiera reaccionar, le cruzó la cara con una bofetada tan sonora que el eco rebotó en un eco seco. El golpe no solo le dolió en la piel, sino que también fue el sonido final de la dignidad de Lysandra resquebrajándose.
—¡No vuelvas a dirigirte a mí! —rugió la anciana—. Eres una parásita en tu propia estirpe.
Lysandra, aturdida por el golpe y la traición, retrocedió hacia la salida de la suite. Adrián y Vania la seguían como buitres, disfrutando de cada paso de su caída. Al llegar al descanso de la gran escalera de mármol imperial, Lysandra se detuvo, aferrándose a la barandilla de bronce dorado. Miró hacia abajo, al vestíbulo donde tantas veces recibió a invitados con orgullo, y sintió un vértigo mortal.
—Adrián, por favor... —su voz se escuchó con un hilo de agonía, un ruego que se arrastraba por el suelo frío—. Te di todo. Mi vida, mi empresa, mi amor... No puedes hacerme esto.
Adrián permanecía de pie, ajustándose los gemelos de oro con una calma que resultaba insultante. Ni siquiera la miraba. Su rostro, aquel que Lysandra había besado con devoción horas antes, ahora parecía una máscara de granito.
—Lo que me diste, Lysandra, me lo gané —sentenció él, con una frialdad que demostraba no sentir compasión—. Soportar tu presencia, tus inseguridades y ese cuerpo que es una afrenta a la estética, tiene un precio, y este es el cobro —La firaldadd e sus palabras y su expresión definitivamente lo alejaban del hombre que le msotró durante todos esos tres años, la herida en el pecho de Lysandra se abría más y más.
Detrás de él, Beatriz, bservaba la escena con los brazos cruzados. Su rostro, con evidentes arrugas, destilaba un desprecio guardado por mucho tiempo. No había rastro de la mujer que llamaba a Lysandra hija mientras le pedía préstamos que nunca devolvía.
—Ya fue suficiente teatro. —Intervino Beatriz, dando un paso al frente—. Esta casa necesita aire limpio. Estás estorbando, Lysandra. Tu presencia aquí es... sofocante.
—¿Por qué? —preguntó Lysandra, buscando los ojos de su marido—. Ayer me dijiste que era tu reina. Ayer firmé esos documentos porque confiaste en mí... me dijiste que eran para protegernos.
Una risa aguda y cristalina le quitó protagonismo al dramatismo de la escena. Vania se paró frente a ella con la elegancia de una serpiente que acaba de mudar de piel.
—Ay, Lys... siempre tan ingenua —dijo Vania, acercándose a Adrián y rodeándole el brazo con una posesividad obscena—. No firmaste para protegerlos a ambos. Firmaste para liberarnos a todos de tu nefasta y grotesca presencia. Eres la dueña legal de nada. Ahora, todo el patrimonio Valerius, la textilera, las cuentas... todo le pertenece a Adrián. Y Adrián, como bien ya sabes, me pertenece a mí.
El mundo de Lysandra continuó fragmentándose. El dolor físico de la traición fue tan agudo que náuseas se acentuaban. Su mejor amiga, la mujer que había secado sus lágrimas desde la infancia, estaba allí, exhibiendo el botín de su desgracia.
—¿Por qué tú, Vania? —balbuceó Lysandra—. Te abrí las puertas de mi casa... te di un empleo, te traté como a una hermana.
—Y ese fue tu error —replicó Vania, inclinándose para quedar a la altura de Lysandra, sus ojos verdes brillaban con una intensidad que destilaban la envidia acumulada por décadas—. ¿Qué esperabas? Siempre me mirabas desde arriba con tu caridad de niña rica y gorrrda. ¿Crees que me gustaba recibir tus sobras? Quería tu vida, Lysandra. Quería tu prestigio. Pero sobre todo, quería demostrarte que, a pesar de todos tus millones, no podías retener a un hombre como Adrián. Míranos. Somos la pareja perfecta. Tú solo eras el trámite necesario para completar lo que bien que nos vemos juntos.
Adrián asintió, depositando un beso en los labios de Vania frente a los ojos destrozados de una Lysandra sintiendo como si le atravesaran un puñal entre pecho y espalda.
—Fuiste una inversión, Lysandra. Una muy rentable, pero agotadora —dijo él, mirando su reloj—. Ahora, vete. Antes de que llame a la policía y les explique que una mujer emocionalmente inestable está intentando agredirnos en nuestra propiedad.
—¡Es mi casa! —gritó Lysandra con impotencia, intentando ponerse de pie con una fuerza que nació del puro resentimiento—. ¡Mi madre construyó esto! ¡No pueden...! ¡Vayanse de mi casa! —gritó Lysandra dirigiéndose a Adrián, dejando salir el último vestigioo de rebeldía que surgió de pronto desde sus entrañas, y de la escasa fuerza de voluntad que se obligó a tener.
Pero Beatriz no estaba dispuesta a dejarla ir con dignidad. Con una agilidad cruel, la anciana empujó a Lysandra. Fue un movimiento seco, preciso. Lysandra perdió el equilibrio. Sus pies descalzos resbalaron en el mármol pulido y su cuerpo rodó por los escalones. El sonido de su carne chocando contra la piedra de las escleras fue rítmico y horroroso. Rodó diez, quince escalones, hasta colapsar en el primer escalón, con el brazo izquierdo torcido en un ángulo antinatural y la bata de seda desgarrada, dejando ver la piel amoratada de sus muslos.
—¡Mamá! —exclamó Adrián, aunque no se movió para ayudarla; su tono de voz no era de reclamo por sentirse mal de haber herido a la mujer que había compartido con él esos tres años; al contrario, era un leve reproche, como quien regaña a alguien por derramar vino sobre la alfombra—. Podrías habernos causado un problema legal si se hubiera fracturado el cuello aquí dentro.
—¡No se romperá nada! —respondió Beatriz con desparpajo indolente—, las de su clase tienen mucha grasa para amortiguar la caída —escupió la mujer mayor mientras bajaba los escalones con parsimonia—. ¡Guardias! ¡Sáquenla ya! —gritó como cuál dueña de casa.
Dos hombres de seguridad, rostros que Lysandra había alimentado durante años, empleados de su madre, luego de ella, la tomaron por los hombros, sin delicadeza. La arrastraron por el mármol del vestíbulo como si fuera un fardo de ropa vieja. La piel de las piernas de Lysandra se quemaba por la fricción contra el suelo. Ella intentaba gritar, pero el aire se le había escapado de los pulmones.
Abrieron la puerta de golpe, la tiraron a la calle sin miramientos bajo una lluvia que arreciaba, calando su ropa de satén, convirtiendo el lujo en harapos. revelaba cada curva de su cuerpo, desnudando la humillación. El frío empezó a invadir sus huesos, pero no era nada comparado con el hielo que se había instalado en su alma. Estaba sola. No tenía a dónde ir, ni un centavo a su nombre, ni una identidad que reclamar.
—¡Espera, Adrián! —Escuchó el grito de Vania desde el balcón del segundo piso, acompañado de una sonrisa sádica—. ¡Se te olvidó darle su baño de despedida!
Vania sostenía un cubo de plástico negro. Con un movimiento brusco, volcó el contenido. Sobre Lysandra derramó un chorro de agua grisácea y jabonosa, llena de residuos de la limpieza de los suelos. El agua sucia le cegó los ojos y el olor a detergente barato y mugre ajena la envolvió.
—¡Para que te lleves un poco de la suciedad de esta casa, que es lo único que te pertenece ahora! —Se burló Vania, mientras Adrián reía a su lado, abrazándola por la cintura.
Lysandra se quedó allí, bajo la tormenta, descalza, herida y empapada en agua sucia. No tenía teléfono, ni dinero, tampoco llaves de su casa. Era una sombra en su propio jardín.
Se levantó como pudo, el dolor en su brazo y las piernas era un incendio constante. Caminó hacia la verja principal. Al cruzar hacía la carretera pública, con desesperanza, Lysandra se detuvo para ver por última vez la casa que fue su vida.
Sin tener un destino, se giró y caminó por el borde de la carretera principal. La neblina de la mañana y la cortina de agua hacían que la visibilidad fuera nula. Sus pies sangraban, dejando pequeñas huellas rojas que la lluvia borraba al instante. El frío empezaba a inducirla a un estado de hipotermia; provocando pesadez en sus pensamientos. La imagen de la cara de Adrián, riendo mientras ella rodaba por las escaleras, la mantenía en pie.
De pronto, el rugido de un auto se escuchó por encima de la lluvia al tiempo que unas luces blancas brillaron entre la niebla. Estaba demasiado débil para reaccionar. Intentó apartarse, pero el dolor en sus piernas hizo que se quedara atrapada en medio del camino.
Era un auto de lujo, emergió de la bruma a gran velocidad. El chirrido de los frenos intentando aferrarse al asfalto mojado fue lo último que Lysandra escuchó. El impacto no fue directo, pero el golpe del lateral del vehículo la lanzó varios metros hacia una cuneta.
Lysandra sintió un golpe seco en la cabeza y luego el silencio. Su mundo se apagó. Quedó tendida en el barro, con la bata de seda blanca ahora convertida en un harapo marrón, mientras la lluvia seguía cayendo sin piedad sobre el cuerpo de la mujer que, en teoría, lo tenía todo y que, en realidad, acababa de perderlo todo.







