Mundo ficciónIniciar sesiónAl sentir tan vívida esa sensación y sentir la calidez de una presencia a su lado, el primer impulso de su corazón, todavía ingenuo y desesperadamente herido, fue buscar el único refugio que conocía. No recordó el empujón, ni los gritos, ni la risa de Vania. Solo recordó la necesidad de ser protegida.
—¿Adrián? —inquirió en un susurro. El nombre de su verdugo salió de su garganta como un roce de lija, una súplica amarga que buscaba consuelo en el mismo hombre que le había arrebatado el alma.
Cassandra, que no se había movido de su lado en las últimas veinticuatro horas, se inclinó de inmediato. Su rostro, marcado por la falta de sueño pero impecable en su determinación, apareció en el campo visual de Lysandra. Cassandra le apretó la mano con una fuerza que pretendía ser un ancla, tratando de transmitirle una seguridad que Lysandra no poseía.
—Él no está aquí, Lys —le respondió Cassandra llena de pesar. Su voz era una mezcla de compasión profunda y temor.
—¿Do-dónde estoy? ¿Dónde está él? —La laguna en su mente aunque temporal podía ser un velo cortante al ser retirado de los ojos de su alma.
—Estás en la clínica… tu-tuviste un accidente —le confesó Cassandra.
Lysandra intentó moverse, pero una corriente de dolor la hizo adherirse más al colchón.
—¡Ay! —exclamó con un dolor profundo.
—No te muevas, apenas tienes pocas horas —le advirtió Casandra, al tiempo que colocó una mano en su hombro para evitarle intentar incorporarse—. Llamaré al doctor.
Cassandra se dio la vuelta para ir al estar de las enfermeras a informarle que Lysandra por fin había despertado, pero su amiga ensimismada en aferrarse al deseo de sentirse protegida, querida por quien debía ser su refugio, agarró la mano de Casandra, impidiendole avanzar.
—Ya va —le pidió—. ¿Adrián? ¿dónde está? —insistió.
—Él-él… no está —respondió Cassandra nerviosa y preocupada esperando la peor de las reacciones de Lysandra.
—Pero, llámalo, él debería estar aquí conmigo —le dijo todavía obnubilada en una realidad que no le correspondía asimilar.
Cassandra, sabiendo que aunque quisiera postergar ese momento, se giró sobre sus pies, miró la mano de Lysandra sobre la suya, y luego subió sus ojos a los de su amiga.
—Lys —adujo e hizo una pausa, pasó saliva para lubricar su garganta seca y empujar el nudo que se le hizo ante la necesidad de decirle la verdad que consideraba como la daga que la atravesaría al suponer un escenario oscuro para ella—. No-no lo he buscado todavía… eh, él no sabe que estás aquí.
Lysandra se puso nerviosa.
—Pero llámalo, búscalo, él debe… —comenzó a decir.
—Antes de buscarlo debes saber algo, Lys —advirtió Cassandra, sintiendo que la culpa le quemaba las entrañas como un ácido. Bajó la mirada, incapaz de sostener la expresión de agonía de su amiga—. Perdóname, Lysandra... por favor, perdóname —dijo Cassandra con la voz rota—. Fui yo. Yo manejaba el auto que te golpeó en esa carretera. Estaba lloviendo tanto que la visibilidad era nula... No te vi. No supe que eras tú si no hasta que baje a ver que había hecho. Pensé que te había matado, Lys. Todo este daño, estas vendas, este dolor físico... es por mi culpa.
El cuerpo y la mente de Lysandra reaccionaron. Lysandra Lysandra giró la cabeza con una lentitud tortuosa. Miró a su amiga a través del velo de una realidad que la sacudió como si de verdad hubiera recibido un empujón que le provocó un salto a la realidad, a la verdad que su mente, minutos atrás, se empeñaba en mostrarle la más vil de las traiciones como una verdad, pero la confesión de Cassandra no solo le abrió la mente sino que también conectó el vacío que sentía en su pecho con los recuerdos que le llegaron en cascada. Adrián, Vania, Beatriz riéndose de ella, el documento que firmó, la noticia de que había perdido todo lo que su madre le heredó, Adrián haciéndole el amor y luego insultándola, despreciándola, y… la guinda del paste, Adrián y Vania besándose en su presencia… la prueba de una traición más grande que había poddo vivir.
De solo recordar el tamaño de la traición de las dos personas en quienes más confiaba, hizo que se sintiera más destruida. El dolor en su pecho se sentía como si le hubieran aventado acido y su piel se corroiera por el químico. El corazón le ardía de manera inexplicable, las lágrimas brotaban sin pedir permiso, sus oídos se ensordecieron, no podía con tanto pesar.
Cassandra, imaginaba que el sufrimiento de Lysandra era por la confesión que le acababa de hacer. Apretó su mano, esperando lo peor, sintiéndose miserable por lo que había hecho. La culpa la atormetó, mientras Lysandra se desvanecia en un mar de lágrimas que amenazaba con ahogarla, y, para sorpresa de Cassandra, al poco rato, entre lágrimas, Lysandra soltó una risa triste, seca, un sonido que salió desde el fondo de su garganta y que sonaba a derrota final.
—No te culpes, Cass... —Un sollozo se le escapó impidiednole continuar—. Qué-Quédate tranquila. Tú no me hiciste nada —le dijo Lysandra, cerrando los ojos con fuerza para tratar de detener el mareo que de pronto comenzó a sentir—. Lo que me hizo tu auto no es nada comparado con lo que me hizo Adrián —se atrevió a recordar a viva voz. Hizo una pausa que pareció una eternidad. Necesitó respirar profundo para asimilar esa verdad—. Él me robó hasta el derecho de llorar. Me usó como a una herramienta, me engañó con Vania frente a mis propios ojos... Mi mejor amiga, Cass. La mujer que sabía todos mis secretos. Y su madre... Beatriz me empujó por esas escaleras como si yo fuera basura orgánica que estorbaba en su camino. Tú-Tú solo me recogiste del barro donde caí después que ellos me tiraron al vacío con gusto.
Lysandra hizo una pausa larga, sus lágrimas eran un torrente dificil de apagar, cerró los ojos y el llanto brotó haciéndola gemir con el aullido sordo de un animal herido de muerte.







