La televisión de la pequeña sala de entretenimiento en la propiedad de Cassandra, una casa de campo oculta tras una densa arboleda, proyectaba la imagen de Adrián. Su rostro lucía pálido, su voz sonaba débiñ, entrecortada y sus manos sostenían con fingida amargura una carpeta. Lysandra estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en el borde de un sofá de cuero italiano, abrazando sus rodillas. Tenía el cabello enmarañado y los ojos hinchados. Cada palabra que salía de la boca de Adrián e