El día pasó como una tortura monótona para Audrey. Se negó a tocar las bandejas de comida que el servicio dejaba religiosamente en la puerta, convencida de que aceptar cualquier cosa de Alessandro era ceder una parte de su soberanía. Pasó las horas midiendo la habitación de un lado a otro, sintiéndose como un animal enjaulado, su mente volviendo una y otra vez a los gemelos. ¿Estarían bien? ¿Habría llamado Jennifer a la policía? El miedo era un parásito que le devoraba las entrañas.
Alessandro