11

El día pasó como una tortura monótona para Audrey. Se negó a tocar las bandejas de comida que el servicio dejaba religiosamente en la puerta, convencida de que aceptar cualquier cosa de Alessandro era ceder una parte de su soberanía. Pasó las horas midiendo la habitación de un lado a otro, sintiéndose como un animal enjaulado, su mente volviendo una y otra vez a los gemelos. ¿Estarían bien? ¿Habría llamado Jennifer a la policía? El miedo era un parásito que le devoraba las entrañas.

Alessandro regresó a la mansión pasadas las ocho de la noche. Su humor era sombrío; las reuniones del día habían sido un trámite molesto mientras su mente volaba constantemente hacia la mujer que tenía cautiva. Al entrar, la ama de llaves lo recibió con una expresión de preocupación.

—Señor, la señora Sullivan no ha salido en todo el día. No ha probado bocado, ni siquiera el agua.

Enojado por lo que consideraba una pataleta de orgullo infantil y a la vez descolocado por la tenacidad de ella, Alessandro subió a la planta superior. No llamó. Introdujo el código de acceso y la puerta se abrió con un pitido electrónico que sonó como un disparo en el silencio del pasillo. Encontró a Audrey de pie frente al gran ventanal, observando el tráfico de la ciudad con una rigidez absoluta. Ni siquiera se giró cuando él entró.

—¿Cuál es el plan, Sullivan? ¿Morir de hambre para que los titulares digan que soy un monstruo? —soltó él con una voz cargada de sarcasmo, aunque sus ojos recorrían su silueta con una voracidad que no podía ocultar—. Si piensas que voy a conmoverme y dejarte ir por una huelga de hambre, no me conoces en absoluto.

Ella se giró despacio, con una parsimonia que lo irritó. Estaba más pálida, con sombras bajo los ojos que resaltaban el verde claro de su mirada, pero no se veía quebrada. Se veía peligrosa.

—No necesito tu lástima, Alessandro. Y no como porque me da náuseas respirar el mismo aire que tú. Tus intenciones son tan evidentes que me asquean.

—¿Mis intenciones? —Él se acercó, invadiendo su espacio personal hasta que pudo sentir el calor que emanaba de su piel, a pesar de la distancia emocional—. Mis intenciones son recuperar lo que me pertenece. Los Sullivan me deben mucho más que una disculpa, y tú eres el pago de esa deuda.

—No soy una moneda de cambio —replicó ella, su voz temblando por la ira contenida—. Mi padre cometió errores, pero yo no soy él. Déjame volver con mi vida.

—¿Tu vida en Escocia? ¿La vida que compartes con esos niños que me pertenecen? —el pelinegro la tomó del mentón con una firmeza que no permitía réplica. El contacto fue una descarga eléctrica que ambos intentaron ignorar con todas sus fuerzas—. No soy estúpido, Audrey. He rastreado tus cuentas, tus movimientos. Sé que esos niños son la razón por la que huiste y me quitaste el derecho de conocerlos. ¿Vas a seguir mintiéndoles cómo si yo nunca he existido?

Ella guardó silencio, apretando los dientes, pero Alessandro pudo ver el pánico cruzando sus pupilas por una fracción de segundo. Fue suficiente. Había encontrado la grieta en el muro.

—No les has hecho falta...

—Hablemos claro, porque mi paciencia se agotó en el aeropuerto —susurró él, acercando su rostro al de ella hasta que sus alientos se mezclaron—. Tienes dos opciones. O llamas ahora mismo a esa niñera y traes a esos niños a esta ciudad en mi avión privado, o enviaré a mi equipo legal y a la policía con una orden de búsqueda. Tú decides si tus hijos llegan aquí protegidos por ti o si los traen como niños en situación de abandono porque su madre está bajo arresto por fraude matrimonial.

Audrey sintió que el suelo se abría bajo sus pies. El aire se volvió irrespirable. La sola imagen de Matthew y Emma asustados, rodeados de hombres uniformados, la hizo colapsar internamente.

—Eres un monstruo... —susurró, con las primeras lágrimas de derrota asomando en sus ojos—. No tenemos nada que ver con tus asuntos con mi padre. Déjanos en paz.

—Llevas la sangre se ese infeliz —él la soltó, aunque su mirada seguía encadenándola—. Tienes toda la noche para decidir. Si no cooperas, mañana por la mañana no seré yo quien vaya Inverness. Será la ley.

Se giró y salió de la habitación, dejándola sola con su agonía. Audrey se hundió en el suelo, sollozando sin consuelo. Sabía que Alessandro no estaba fanfarroneando. Él no solo quería su cuerpo o su apellido; quería su alma, y acababa de encontrar el hilo exacto de donde tirar para desmantelarla por completo.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App