Mundo ficciónIniciar sesiónLa mansión Di’ Giovanni era una obra maestra del diseño minimalista; domótica invisible, paredes insonorizadas y un ventanal que ofrecía una vista privilegiada de la ciudad. Sin embargo, para Audrey, el lugar tenía la calidez de una celda de alta seguridad. Se hundió en el edredón de seda, sintiendo cómo el silencio de la casa zumbaba en sus oídos como una frecuencia molesta. El insomnio no era una novedad; años de maternidad en solitario habían fragmentado su descanso, pero esta vez, el motivo no era el llanto de un bebé, sino el terror más absoluto.
No podía dejar de visualizar a sus hijos en la pequeña pero acogedora casa de Inverness. Imaginaba a Emma llorando porque su madre no llegó a tiempo para leerle su cuento favorito, y a Matthew, siempre tan protector a pesar de su corta edad, tratando de consolar a su hermana mientras miraba la puerta con una esperanza que ella sentía que estaba traicionando. La desesperación crecía cada vez que su mirada caía sobre su teléfono, apagado y sin vida sobre la mesilla de mármol. Se sentía estúpida, una completa ingenua por haber olvidado el cargador en Escocia en su afán de cumplir con aquella auditoría de trabajo. Ahora estaba incomunicada, una sombra en la red, sin poder avisarle a Jennifer, la niñera, que el hombre que juró destruir a su familia la tenía bajo llave. Se removió, sintiendo que las sábanas la asfixiaban. Había aceptado regresar a esta ciudad creyendo que cinco años eran suficientes para que Alessandro la hubiera olvidado, pero se había equivocado trágicamente. Él no solo la recordaba; la había estado cazando. *** A escasos metros, separado por una pared que parecía vibrar con la tensión contenida, Alessandro estaba sentado frente a los monitores de su despacho privado. No estaba revisando las acciones de la bolsa ni los informes de sus empresas en Asia. Sus ojos oscuros estaban fijos en el feed de la cámara de seguridad del pasillo, aunque lo que realmente veía era la imagen de Audrey grabada en su retina desde el encuentro en el aeropuerto. No podía pegar un ojo. La presencia de la mujer en la habitación contigua era un imán que tiraba de sus instintos más primarios. La Audrey que tenía ahora no encajaba con la chica sumisa y asustadiza que recordaba de su breve y tormentoso matrimonio por contrato. Físicamente, era una mujer impactante; la madurez le había sentado con una elegancia cruel. Su cuerpo tenía curvas más definidas, una presencia magnética que lo irritaba y lo atraía a partes iguales. Pero lo que más lo descolocaba era su nueva personalidad. Ya no bajaba la mirada. Ya no intentaba salir corriendo ante su proximidad física. Había una determinación férrea en ella, una valentía que se filtraba por sus poros como si estuviera protegiendo un tesoro sagrado. Alessandro sentía que ella había construido una fortaleza alrededor de su alma, y la sola idea de que hubiera algo en su vida —específicamente en Inverness— que fuera más importante que su miedo hacia él, le provocaba una rabia posesiva que no lograba racionalizar. ¿Qué escondía? ¿A sus hijos? Se quedó allí, en la penumbra, odiando el hecho de que su propio corazón golpeara contra sus costillas solo por saber que ella estaba a unos pasos de distancia. Al amanecer, la luz fría de la mañana se filtró por las persianas automáticas. Una empleada doméstica llamó suavemente a la puerta del dormitorio. —Señora, el desayuno está servido. El señor Di’ Giovanni la espera en el comedor principal. —No voy a bajar. Y no tengo hambre, gracias —respondió Audrey desde la cama, con una voz ronca que delataba su noche en vela—. Dígale que no pierda su tiempo. Cuando la empleada le llevó la respuesta a Alessandro, este no se inmutó exteriormente, pero sus dedos apretaron el asa de la taza de café hasta que sus nudillos se tornaron blancos. La resistencia de Audrey era un desafío que estaba empezando a disfrutar de una forma retorcida. Subió las escaleras con paso firme, cada pisada resonando con autoridad en el mármol, y se detuvo frente a la puerta de la habitación. Levantó la mano para golpear, incluso para forzar la entrada y obligarla a enfrentarlo, pero se detuvo en seco. Podía sentir el rechazo de ella, un muro invisible de desprecio que lo golpeó de frente. Por un segundo, dudó. No iba a rebajarse a rogarle. —Asegúrense de que no dé un paso fuera de esa habitación —le ordenó al jefe de seguridad a través de su reloj inteligente—. Bloqueen el ascensor privado y el acceso a la terraza. Si intenta escapar, intercepten, pero bajo ninguna circunstancia le pongan una mano encima. Alessandro se marchó a su oficina, dejando tras de sí un rastro de fragancia cara y una orden que convertía la habitación en una jaula de cristal. Audrey, sola en la penumbra, escuchó el motor del coche alejarse y finalmente se permitió soltar un sollozo ahogado. Estaba atrapada, y el juego de ese hombre apenas comenzaba.






