El silencio en la sala era denso, casi sólido, interrumpido únicamente por el murmullo amortiguado del aeropuerto que quedaba tras los cristales reforzados. Audrey sentía que el oxígeno escaseaba; cada vez que Alessandro exhalaba, parecía arrebatarle una parte del aire que ella necesitaba para mantenerse en pie. La cercanía del hombre era una presencia física abrumadora, una mezcla de magnetismo prohibido y un peligro que erizaba cada vello de su piel.—No soy un objeto, tengo voz y voto. Tus asuntos son con mi padre, no conmigo, así que déjame en paz... —masculló ella, forzando las palabras a través de una garganta que se sentía estrecha por la ira.Alessandro no se inmutó. Al contrario, la comisura de sus labios se elevó apenas unos milímetros en un gesto que distaba mucho de ser una sonrisa. Sus dedos, largos y aristocráticos, se deslizaron con una lentitud tortuosa hacia el rostro de Audrey, apartando un mechón de cabello castaño que se había pegado a su frente por la humedad del
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