02

Dos líneas carmesí sobre el plástico blanco dictaron su sentencia; Audrey Sullivan estaba embarazada del hombre que venía a destruirla. Ocho semanas habían bastado para que su noche de libertad se transformara en una celda sin salida. Frente al espejo, Audrey sentía que el lujo de su habitación era ahora una escenografía barata frente a la inminente ruina de su apellido.

El estruendo de la puerta principal la sacó de su estupor. Al bajar las escaleras, el aire se volvió pesado, cargado de un magnetismo eléctrico. Allí, en mitad de la sala, se erguía Alessandro Di' Giovanni. Audrey se aferró al pasamanos sintiendo un vuelco en el estómago; aquella mandíbula firme y esos hombros anchos eran inconfundibles. Era él, su amante accidental y ahora su verdugo financiero.

—Descuide, Sullivan. Solo vine a conocer a su hija —respondió él a la bienvenida de su padre. Su voz barítona vibró en el pecho de la joven—. Aunque tengo el presentimiento de que ya nos hemos visto antes.

El mundo se detuvo. Audrey sintió que la sangre abandonaba su rostro mientras la mirada de Alessandro se clavaba en ella, inquisidora.

—Mi hija es una chica dedicada y nunca sale de casa —intervino Olivia, su madre, con una soberbia protectora que solo logró que Audrey bajara la vista, avergonzada por la mentira.

Alessandro soltó una risa seca, cargada de un desprecio que hizo que el aire en la sala se volviera irrespirable. Se giró hacia Eliot Sullivan con la calma de un depredador que ya tiene a su presa acorralada.

​—Me gustaría discutir un asunto de vital importancia con usted, a solas —sentenció el pelinegro.

​Eliot, despojado de toda su antigua arrogancia, asintió con la cabeza en un gesto sumiso, indicándole el camino hacia el despacho con una mano temblorosa.

Tras una tensa conversación, minutos después Alessandro salió con la frialdad de quien acaba de comprar una propiedad. Audrey dio un paso al frente, esperando una palabra o un gesto que confirmara su sospecha, pero él se marchó sin dedicarle ni una sola mirada, dejándola paralizada en el lugar.

Entonces, su padre se acercó a ella. Eliot no lucía aliviado por el trato, sino aterrado. Sostuvo el contrato frente a los ojos de Audrey y, con una voz cargada de una seriedad mortal.

—Espero que seas tan pura como dice tu madre, Audrey, porque Alessandro ha puesto una condición final... Si no pasas el examen de castidad que sus médicos te harán mañana, no solo cancelará el trato, sino que se encargará de que terminemos en la cárcel.

***

Audrey Sullivan se observó en el espejo vestida de blanco, sabiendo que no caminaba hacia un altar, sino hacia el matadero de su propia dignidad. El encaje costoso y la seda ocultaban el secreto que latía en su vientre, un recordatorio constante de la noche en que entregó su libertad al hombre que hoy compraba su apellido. Odiaba el reflejo que le devolvía una imagen de pureza que sus padres aún se empeñaban en vender.

—Deberías agradecerle a ese hombre que nos salvó —sentenció Olivia, su madre, con frialdad—. No lo arruines con esa cara de funeral; muestra una sonrisa al entrar.

Audrey no respondió. Instintivamente, llevó una mano a su vientre. El embarazo era lo único que sentía realmente suyo, pero el pánico la asfixiaba al recordar la cláusula del examen médico. Al cruzar el umbral del salón, Alessandro Di’ Giovanni aguardaba con una rectitud militar. Sus ojos gélidos chocaron con los de Audrey, intimidándola hasta hacerla sentir insignificante. La ceremonia fue un borrón de palabras legales hasta que el juez pronunció la frase definitiva.

—Los declaro marido y mujer.

El silencio fue sepulcral. Alessandro se giró hacia ella con una lentitud calculada. Audrey se tensó, esperando un beso frío, pero los labios del pelinegro nunca rozaron los suyos. En su lugar, él se inclinó hasta que su aliento cálido rozó su oreja.

—¿Creíste que me olvidaría de ti, Audrey? —le susurró con una voz tan baja que solo ella pudo escuchar—. Sé perfectamente que no eres la hija perfecta que tus padres creen. Sé quién eres y lo que hicimos esa noche.

El mundo de Audrey se detuvo. Él la recordaba. El miedo a que su mirada descubriera su secreto colapsó su sistema. La falta de oxígeno fue demasiado; sus rodillas fallaron y la oscuridad la reclamó. Alessandro la sujetó antes de que tocara el suelo, impidiendo que el cuerpo de su ahora esposa golpeara el mármol.

Eliot y Olivia se acercaron alarmados, pero Alessandro no mostró compasión. Observó el rostro pálido de Audrey con un desprecio mal disimulado, convencido de que aquello no era más que un truco para evadir sus responsabilidades.

—Llévenla al hospital si es necesario —ordenó Alessandro a sus hombres, soltando el cuerpo de Audrey en los brazos de su padre como si fuera un bulto molesto—. Pero dejen de perder el tiempo con este teatro.

Se ajustó los puños de la camisa, mirando a los Sullivan con una sonrisa gélida que les heló la sangre.

—Espero que no piense que un desmayo oportuno la librará de sus obligaciones, Sullivan. Su hija puede fingir debilidad todo lo que quiera para ganar tiempo, pero el examen médico se hará en cuanto abra los ojos... y si descubro que este numerito es para ocultar que me han vendido mercancía dañada, se arrepentirán.

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