El Millonario y Su Venganza: Embarazada De Gemelos
El Millonario y Su Venganza: Embarazada De Gemelos
Por: AriaEscritora
01

Audrey Sullivan despertó en una cama ajena, atrapada entre sábanas de seda y el pecado de una noche que juró sería su libertad, pero que terminó siendo su condena. El silencio en la habitación era tan pesado que la joven podía escuchar el latido errático de su propio corazón retumbando contra sus costillas. El suave y rítmico sonido de una respiración ajena la recibió al abrir los ojos. Sentía sus párpados tan pesados como si hubieran sido sellados con plomo. La luz que se filtraba por las cortinas de aquella suite de hotel la cegó por un instante, obligándola a parpadear con torpeza hasta que el lujo que la rodeaba cobró nitidez.

Lo primero que Audrey experimentó fue el frío roce de las sábanas sobre su piel desnuda. Un escalofrío recorrió su columna vertebral cuando, al girar la cabeza, se encontró con una imagen que le robó el aliento, un hombre yacía a su lado. El desconocido dormía profundamente, con el torso descubierto, revelando una espalda ancha y una piel bronceada que delataba una masculinidad imponente.

«¿Qué he hecho?», se preguntó ella en un grito silencioso, mientras el pánico comenzaba a escalar por su garganta como una hiedra venenosa.

Su mente, todavía nublada, comenzó a evocar recuerdos fragmentados. El bar, el brillo de las copas de cristal y las risas de Hanna y Gael. Recordó cómo sus amigos la habían instado a beber, celebrando que por fin Audrey Sullivan rompía las cadenas invisibles de su apellido. Aquella noche, el alcohol no fue solo una bebida; fue el combustible de una rebelión desesperada por sentir, aunque fuera por unas horas, que era dueña de su propio destino.

Pero ahora, al observar al hombre a su lado, la libertad sabía a cenizas.

Trató de incorporarse con cuidado, evitando que el colchón crujiera. Al observar mejor al hombre, una punzada de reconocimiento la golpeó con la fuerza de un rayo. Los rasgos afilados, la mandíbula firme... era él. El mismo pelinegro que había besado en el bar por impulsividad. A juzgar por su ropa de marca, se trataba de alguien de una posición social imponente.

Salió de la habitación casi sin tocar el suelo, con el corazón martilleando contra sus oídos y la amarga certeza de que aquella noche se convertiría en la cadena más pesada que jamás habría de cargar.

***

Audrey cruzó el umbral de su mansión intentando ocultar el desorden de su espíritu, pero el silencio habitual había sido reemplazado por el estruendo de una violenta discusión. Al acercarse al despacho, las voces de sus padres se filtraban a través de la madera, cargadas de una desesperación que ella jamás había escuchado.

—¡Lo hemos perdido todo, Olivia! —bramó Eliot, su padre, cuya voz sonaba rota—. Ese maldito negocio fue una trampa. Me estafaron frente a mis propios ojos.

—Pero alguien compró las acciones, Eliot... —sollozó su madre—. Dijiste que un inversionista nos salvaría. No está todo perdido...

La joven se quedó gélida tras la puerta. Al entrar, encontró a su padre hundido en su sillón, con el rostro oculto entre las manos. La empresa, el orgullo de la dinastía Sullivan, estaba en quiebra técnica.

—No es un salvador, Olivia, es un verdugo —replicó Eliot, levantando la vista para encontrarse con su hija—. Alessandro Di' Giovanni ha comprado cada una de nuestras deudas. Pero no lo hizo por caridad.

Aquel nombre representaba al rival más implacable del sector. Un hombre cuya crueldad en los negocios era ya una leyenda.

—¿Qué es lo que quiere a cambio? —preguntó Audrey, con un presentimiento amargo.

Eliot guardó silencio, incapaz de sostenerle la mirada a su única hija, y deslizó un documento sobre el escritorio.

—Te quiere a ti, Audrey —soltó Eliot con un hilo de voz—. Alessandro Di' Giovanni ha comprado nuestras deudas. El contrato exige que seas su esposa o terminaremos en la calle.

Audrey sintió un vacío en el estómago. El nombre de Di' Giovanni era sinónimo de poder y crueldad, pero no tenía rostro. Mientras subía a su habitación, una pregunta la quemaba por dentro. ¿Quién era ese verdugo? ¿Y qué posibilidades había de que el destino fuera tan retorcido como para cruzarla de nuevo con el extraño de la suite del hotel? El miedo era real, pero la duda era una tortura aún peor.

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