Alessandro hizo una seña casi imperceptible con la cabeza y, al instante, la pesada puerta de madera de la sala se deslizó sobre sus gozanas. El guardaespaldas de facciones pétreas entró en la estancia, sosteniendo con una mano el bolso de Audrey que se había precipitado al suelo durante el forcejeo previo. El objeto, pequeño, parecía ridículo en las manos de aquel gigante, una prueba muda de la vida ordinaria que ella intentaba defender.
—El coche está esperando, señor —anunció el hombre con una voz que carecía de cualquier rastro de empatía.
—Vamos —ordenó Alessandro. Soltó su muñeca con una parsimonia insultante, pero mantuvo su cuerpo en una posición estratégica, bloqueando cualquier ángulo de huida. Su voz no era un ruego, era una sentencia—. Tenemos cinco años de silencio que llenar, y te aseguro que voy a disfrutar cada segundo de tu rendición.
Audrey caminó hacia la salida con las piernas convertidas en plomo, sintiéndose como una condenada que avanza hacia el cadalso bajo la mirada atenta de su verdugo. Cada paso que daba la alejaba de la mujer libre que había luchado por ser. Sabía, con una certeza dolorosa, que Alessandro se había preparado meticulosamente para este momento; cada movimiento, cada documento legal y cada palabra hiriente habían sido ensayados con la precisión quirúrgica de un relojero que no admite errores.
Al salir de la sala, sus ojos buscaron instintivamente los ventanales. El corazón se le contrajo en un puño al ver cómo el avión que debía llevarla de regreso a su hogar, hacia el calor de sus hijos, comenzaba a retroceder lentamente en la pista. El rugido de los motores fue el epitafio de su libertad. Un sollozo amargo quedó atrapado en su garganta, quemándole el pecho. Estaba atrapada por un hombre que no buscaba reconciliación, sino una justicia distorsionada; un hombre que no veía en ella a la mujer que una vez amó, sino el cobro de una deuda de sangre que se remontaba a una generación atrás.
Mientras caminaban por el hangar privado hacia la limusina negra que aguardaba con el motor en marcha, Audrey se hizo una promesa interna, una tan sólida como el acero: no dejaría que él viera una sola grieta en su armadura. Protegería a Emma y a Matthew con su propia vida, aunque eso significara habitar en el infierno personal que Alessandro Di’ Giovanni le había construido.
Sin embargo, cuando la puerta del coche se cerró con un sonido sordo, sellando el mundo exterior, y Alessandro se sentó frente a ella, mirándola con una satisfacción oscura y triunfante, Audrey comprendió la magnitud de su error. La batalla por su autonomía no había terminado; acababa de entrar en su fase más peligrosa.
—¿A dónde me llevas? —preguntó ella, esforzándose para que su voz no delatara el temblor que sacudía su interior.
El pelinegro se recostó en el lujoso asiento de cuero, cruzando las piernas con una elegancia depredadora que la ponía en alerta.
—A casa, Audrey. A la casa que nunca debiste dejar —respondió él, con los ojos fijos en los de ella, como si pudiera leer sus pensamientos más ocultos—. Y esta vez, me aseguraré de que las puertas no tengan llave de salida para ti.
El vehículo arrancó con una suavidad casi irreal, dejando atrás el aeropuerto y la última brizna de esperanza. El silencio en el interior de la limusina era opresivo, cargado de una tensión que amenazaba con estallar en cualquier momento. La mirada de Alessandro, cargada de una promesa de control absoluto, no se apartaba de ella, evaluando cada uno de sus gestos.
El trayecto hacia la mansión Di’ Giovanni fue un borrón de luces urbanas. Al cruzar las imponentes puertas de hierro de la propiedad, Audrey sintió que los muros se cerraban sobre ella. Al entrar en el gran vestíbulo, Alessandro no perdió el tiempo. Con un gesto de su mano, despachó al servicio y la condujo hacia su estudio privado, un lugar rodeado de libros antiguos y un aroma a madera y poder.
—Dime dónde están, Audrey —soltó él sin preámbulos, apoyándose contra su escritorio de caoba. Su mirada se volvió gélida, desprovista de la burla anterior—. Sé que estabas embarazada cuando huiste a Escocia. Sé que eran gemelos. ¿Dónde están los niños?
El corazón de Audrey dio un vuelco violento. El aire se volvió irrespirable. Por un segundo, el pánico estuvo a punto de traicionarla, pero la imagen de sus hijos jugando junto a la chimenea le devolvió la fuerza.
—No sé de qué hablas, Alessandro —replicó ella, manteniendo la barbilla en alto a pesar del sudor frío que recorría su nuca.
Se acercó a ella con pasos lentos, rodeándola como un lobo que detecta la debilidad en su presa. Su presencia era una amenaza física.
—No me mientas —susurró él, y su voz era un látigo—. He visto las pruebas que me dio el doctor. Sé que no era uno sino dos bebés, gemelos. ¿Acaso me tomas por tonto?
—¡Son mis hijos y nada más que míos! —explotó ella, cometiendo el error de admitir su existencia, aunque sin revelar más de los pequeños—. Y nunca permitiré que un hombre tan lleno de odio como tú se acerque a ellos. No vas a usarlos para tus asuntos conmigo o con mi padre.
Alessandro la observó en silencio durante un tiempo que pareció eterno. Una chispa de algo indescifrable cruzó sus ojos oscuros, una combinación de furia y una curiosidad. Audrey se mantuvo firme, con la respiración entrecortada, esperando el estallido.
—Si no vas a cooperar, lo haré a mi manera —declaró él con una calma aterradora—. Ahora que te tengo a ti, encontrar el rastro de esos niños será cuestión de horas. No puedes protegerlos desde una habitación bajo llave.