Mundo ficciónIniciar sesión—Sigo creyendo que te estás excediendo —insistió el rubio, el sonido de su voz rebotando en las superficies frías de la estancia—. Pero no me meteré en rus asuntos. Sin embargo, ¿Crees que tenerla recluida te dará poder sobre los Sullivan?
Alessandro se detuvo frente a la isla, a pocos centímetros de donde Audrey se ocultaba. Ella podía ver sus zapatos de cuero italiano, pulcros y prohibitivos, casi rozando el dobladillo de su vestido. —Ella es la única hija de ese hombre, y aunque pensé que era su tesoro más preciado pero realmente solo la ve como la solución a sus problemas financieros. Estoy seguro de que querrá sacar provecho de la situación si se entera de donde están los niños. Mañana salimos para Escocia. —¿Inverness? —soltó un suspiro cargado de escepticismo—. Vas a llevar este conflicto hasta su puerta. Solo espero que todo esto que estás haciendo valga el riesgo de arruinar tu reputación. Me voy, intentaré calmar a los inversores antes de que decidan que Dubái es una causa perdida. Audrey escuchó el portazo lejano que indicaba la salida de Marcus de la mansión. Esperó, rogando que Alessandro subiera directamente a su habitación, pero el silencio que quedó en la cocina era espeso, cargado de una electricidad estática que le erizaba la piel. Escuchó el sutil tintineo de una taza de café siendo colocada sobre la piedra, justo encima de su cabeza. Alessandro no se movía. Era como si sus instintos de depredador le dijeran que su presa estaba mucho más cerca de lo que los ojos podían ver. Finalmente, los pasos del pelinegro se dirigieron hacia la salida. Audrey soltó un suspiro inaudible y trató de acomodar su postura para salir de aquel escondite humillante, pero el entumecimiento de sus piernas la traicionó. Al intentar estirarse, su rodilla chocó contra el panel de madera y, en un acto reflejo de dolor al intentar compensar el movimiento, su cabeza impactó con un golpe seco contra el borde interno de la isla de granito. —¡Maldita sea! —el siseo de dolor escapó de sus labios antes de que pudiera procesar el peligro. Los pasos en el pasillo se detuvieron de golpe. Alessandro, que ya estaba a medio camino de las escaleras, giró sobre sus talones. Volvió a la cocina con una parsimonia aterradora, sus ojos escaneando el suelo hasta que se detuvieron en la sombra inusual que proyectaba la isla central. —¿El hambre te ha vuelto una espía o siempre fuiste así de patética? —comentó él, cruzándose de brazos, bloqueando su única salida. La voz del pelinegro no era fuerte, pero tenía el peso de una montaña cayendo sobre ella. Audrey, comprendiendo que el juego había terminado de la forma más degradante posible, se arrastró hacia afuera y se puso de pie con lentitud. Se frotó la coronilla, tratando de mantener la compostura a pesar de que el cabello le caía sobre la cara y sus ojos estaban vidriosos por la punzada de dolor y la debilidad del ayuno. —El hambre me ha recordado que no soy una de tus estatuas, Alessandro —respondió ella, forzando una firmeza que no sentía mientras su cabeza latía con fuerza—. He oído suficiente para saber que mañana piensas invadir mi hogar. No tienes derecho. No puedes entrar en mi vida en Inverness como si fueras el dueño de todo lo que tocas. Alessandro la observó con una combinación de desprecio y una fascinación oscura que no lograba ocultar. Sus ojos recorrieron las migas sobre la encimera y luego se posaron en la figura desaliñada de la mujer que, hasta hacía un momento, se creía capaz de desafiarlo. —Soy el dueño de este juego, y eso es lo único que importa ahora —Alessandro dio un paso hacia ella, acorralándola contra la encimera fría—. Has escuchado el plan, así que prepárate. Mañana volamos a Escocia. Y espero que tu excusa para ellos del por qué no sabían de mí sea lo suficientemente fuerte, porque cuando descubran qué tienen un padre que los ha estado buscando, nada en este mundo te salvará de las consecuencias de habérmelos ocultado. Él la miró un segundo más, sus ojos bajando por un instante hacia sus labios antes de endurecerse nuevamente con una frialdad absoluta. Se dio la vuelta y se marchó, dejándola sola en la inmensidad de la cocina. Audrey se quedó allí, temblando, sabiendo que el tiempo se agotaba. Estaba a solo unas horas de que el hombre que más odiaba pusiera un pie en el refugio de sus hijos, y el suspenso de ese encuentro inminente la hacía sentir que el oxígeno se le escapaba de los pulmones.






