El silencio en la sala era denso, casi sólido, interrumpido únicamente por el murmullo amortiguado del aeropuerto que quedaba tras los cristales reforzados. Audrey sentía que el oxígeno escaseaba; cada vez que Alessandro exhalaba, parecía arrebatarle una parte del aire que ella necesitaba para mantenerse en pie. La cercanía del hombre era una presencia física abrumadora, una mezcla de magnetismo prohibido y un peligro que erizaba cada vello de su piel.
—No soy un objeto, tengo voz y voto. Tus asuntos son con mi padre, no conmigo, así que déjame en paz... —masculló ella, forzando las palabras a través de una garganta que se sentía estrecha por la ira.
Alessandro no se inmutó. Al contrario, la comisura de sus labios se elevó apenas unos milímetros en un gesto que distaba mucho de ser una sonrisa. Sus dedos, largos y aristocráticos, se deslizaron con una lentitud tortuosa hacia el rostro de Audrey, apartando un mechón de cabello castaño que se había pegado a su frente por la humedad del baño. Ella se estremeció violentamente. No era el escalofrío del deseo, aunque la chispa de una pasión antigua y traicionera intentara encenderse en lo más profundo de su ser; era el frío glacial que emanaba de él, la frialdad de quien ha desterrado toda emoción para dar paso a la estrategia pura.
Alessandro la observaba con la curiosidad de un depredador que, tras una cacería agotadora de cinco años, finalmente tiene a su presa acorralada contra el muro. Había algo oscuro y fascinante en su mirada, un abismo de rencor que Audrey no lograba descifrar del todo.
—He gastado una fortuna buscándote —continuó él, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un susurro letal que vibró directamente contra su piel—. He removido cada piedra de este continente para encontrarte. Y ahora que te tengo aquí, frente a mí... ¿de verdad crees que te dejaré subir a ese avión para volver a tus sombras en Escocia?
Audrey tragó saliva, sintiendo que el suelo bajo sus pies se convertía en arena movediza. La mención de Escocia la golpeó como un impacto físico. Él lo sabía. El conocimiento de su escondite era una sentencia. ¿Cuánto más sabía? El pánico comenzó a escalar por su columna vertebral al pensar en los gemelos. Si Alessandro descubría que Emma y Matthew existían, si sospechaba que llevaban su sangre, la cacería no terminaría con ella; apenas estaría comenzando. El terror de perder a sus hijos le dio una fuerza nueva, una bravuconería nacida de la desesperación.
—¿Me estás amenazando? —inquirió ella, enderezando la espalda y clavando sus ojos en los de él con una valentía que no creía poseer.
—Tómalo como quieras —replicó Alessandro, imperturbable—. Pero no permitiré que te vuelvas a burlar de mí. Ya no eres la niña asustada que vendieron al mejor postor, Audrey. Y yo no soy el hombre que se conforma con promesas rotas.
En ese preciso instante, los altavoces de la terminal resonaron con una claridad cruel; era la última llamada para el vuelo con destino a Londres. Para Audrey, aquel anuncio fue como el tañido de una campana fúnebre. Su libertad, esa vida sencilla y tranquila que había construido con esfuerzo en las tierras altas de Escocia, se le escapaba entre los dedos. Miró a Alessandro y, por primera vez, vio algo más allá del odio y el deseo de venganza; vio una determinación absoluta, una voluntad de hierro que no aceptaba un no por respuesta.
Él no estaba allí para pedir explicaciones, ni para buscar una reconciliación que nunca existiría. Estaba allí para reclamar lo que consideraba de su propiedad por derecho de contrato.
—No puedes obligarme —susurró ella, aunque su voz carecía de la convicción necesaria—. Hay leyes, Alessandro. No puedes simplemente secuestrar a una persona en un lugar público.
Alessandro soltó una risa seca, un sonido carente de humor que la hizo retroceder un paso. Se giró hacia la mesa de cristal y tomó un sobre de piel negra que Audrey no había notado. Lo abrió con calma, extrayendo un documento con sellos oficiales y firmas que le resultaron horriblemente familiares.
—Tienes razón, hay leyes —dijo él, extendiendo el papel frente a ella—. Por eso me he tomado la libertad de refrescar la memoria de la justicia. Este es un requerimiento judicial de ejecución inmediata por incumplimiento de contrato matrimonial.
Audrey sintió que el mundo se detenía. Sus ojos recorrieron las líneas legales, los términos técnicos y, finalmente, su propia firma estampada hacía cinco años bajo la coacción de su padre.
—Legalmente —continuó Alessandro, su voz cortante como una hoja de afeitar—, nunca dejamos de estar casados. Aquella noche que huiste, no solo rompiste una promesa; cometiste un fraude contractual. He solicitado la restitución de la convivencia bajo términos de protección de activos. No eres una fugitiva, Audrey. Eres mi esposa, y según la ley vigente que mi equipo de abogados ha reactivado, estás obligada a permanecer bajo mi custodia hasta que la deuda de los Sullivan sea saldada en su totalidad.
—¡Eso es una estupidez! —gritó ella, sintiendo que las lágrimas de frustración empezaban a escocer en sus ojos—. ¡Me vendieron! ¡Mi padre me usó para salvar su pellejo y tú aceptaste el trato!
—Y pagué un precio muy alto por ti, Audrey. Un precio que aún no he cobrado —Alessandro se acercó de nuevo, esta vez tan cerca que ella pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo, a pesar de su actitud gélida. Su mano se cerró con firmeza, pero sin violencia, alrededor de la muñeca de ella—. Tu vuelo ya se ha ido. El sistema ya ha cancelado tu pasaporte por orden judicial. No tienes a dónde ir, ni dinero para llegar, ni un nombre legal que usar.
Audrey lo miró con un odio puro, ardiente. Odiaba su prepotencia, odiaba la forma en que él la manejaba como si fuera una pieza en un tablero de ajedrez. Pero, sobre todo, odiaba que su cuerpo recordara el roce de Alessandro con una traición biológica que la hacía flaquear.
—Te odio —escupió ella, con la respiración entrecortada.
—El odio es una emoción muy fuerte, Audrey. Úsala para acostumbrarte a tu nueva realidad —él se inclinó, su aliento rozando su oído mientras ella cerraba los ojos con fuerza—. No vas a volver a Escocia hoy. Ni mañana. Ni el mes que viene.