El asfalto de la ciudad se sentía como un territorio hostil bajo los neumáticos del taxi que Audrey había abordado con las manos temblorosas. Tras el encuentro con Marcus Thorne, una necesidad visceral y masoquista la había impulsado a dar una instrucción que desafiaba toda lógica.
—A la mansión Sullivan, por favor —había susurrado, bajando la mirada para que el conductor no notara el brillo incipiente de sus lágrimas.
A medida que el vehículo avanzaba por las avenidas arboladas que conducían a la zona más exclusiva de la ciudad, Audrey sintió que el tiempo se replegaba. El nudo en su garganta, aquel que había intentado disolver en las frías neblinas de Inverness, regresó con una fuerza asfixiante. Había pasado cinco años sin cruzar una sola palabra con Eliot y Olivia Sullivan. Cortar el vínculo había sido una amputación necesaria para proteger la integridad de sus dos pequeños, pero el dolor de la ausencia seguía siendo una cicatriz que supuraba en momentos de debilidad.
Cuando el taxi se detuvo frente a las imponentes rejas de hierro forjado, Audrey no bajó. Se quedó estática tras el cristal, contemplando la fachada de piedra que una vez llamó hogar. El lugar parecía haber envejecido con una tristeza aristocrática; los jardines que ella solía cuidar estaban ahora descuidados, reflejando quizás la decadencia económica de la que Alessandro Di' Giovanni los había salvado a cambio de su vida.
—¿Va a bajar, señora? —preguntó el taxista, rompiendo el hechizo de melancolía.
Audrey observó el gran portón. Una parte de ella anhelaba correr hacia adentro, abrazar a su madre y pedirle perdón, pero el recuerdo de la frialdad con la que la entregaron como una mercancía le heló el impulso. No podía arriesgar la paz de sus hijos por una familia que solo veía en ella un activo.
—No —respondió con firmeza, aunque su voz flaqueó—. Lléveme al aeropuerto, por favor. Estaré mejor esperando allí.
El taxi dio media vuelta, alejándola de las ruinas de su pasado. Audrey se hundió en el asiento, cerrando los ojos. Solo deseaba llegar a la terminal, abordar el vuelo de regreso a Escocia y fundirse en el abrazo de sus pequeños, lejos de las sombras de los Sullivan y, sobre todo, lejos de la presencia eléctrica de Alessandro.
Mientras tanto, en el piso cuarenta de la corporación Di' Giovanni, el ambiente era radicalmente distinto. El aire parecía estar cargado de electricidad estática, una advertencia silenciosa de que el hombre que presidía aquel imperio estaba a punto de estallar.
***
Alessandro permanecía de pie frente al ventanal de su despacho, con la mandíbula tan apretada que los músculos de su rostro parecían tallados en granito. Había tomado la decisión más irracional de su carrera; cancelar el viaje de negocios a Dubái. Minutos antes, se había precipitado hacia el vestíbulo, solo para ver cómo un taxi se alejaba a toda velocidad, perdiendo la oportunidad de interceptar a la mujer que le había robado el sueño durante más de mil ochocientos días.
Su amigo lo observaba desde el sofá de cuero, con desconcierto y una curiosidad que apenas lograba contener. En todos los años que llevaban de amistad, Marcus jamás había visto a Alessandro desequilibrado por nada que no fuera una crisis financiera de escala global. El hecho de que hubiera abandonado una negociación multimillonaria por un asunto personal era, sencillamente, inaudito.
El silencio se prolongó hasta que Alessandro, irritado por el escrutinio de su amigo, se giró con una mirada flamígera.
—Ya suelta de una vez lo que quieres decir, Thorne —espetó, su voz destilando una hostilidad peligrosa.
Marcus alzó las manos en un gesto de inocencia, aunque una sonrisa de medio lado jugaba en sus labios.
—Pero si no he preguntado nada.
—No hace falta que hables. Te mueres de intriga por saber qué está pasando; se te nota en la cara —replicó, caminando hacia su escritorio con pasos de depredador enjaulado.
El rubio soltó un suspiro largo y se inclinó hacia adelante, abandonando su tono bromista.
—Está bien, lo admito. Me tienes desconcertado. Has cancelado el contrato del año por una mujer que, hasta donde yo sabía, era solo una consultora externa. ¿Quién es ella realmente? ¿Quién es Audrey Sullivan?
Alessandro guardó silencio un segundo, apretando los puños sobre la superficie de madera de su escritorio. La confesión le quemaba en la garganta, pero la presión de la obsesión era ya demasiada para cargarla solo.
—Ella es la mujer que he estado buscando todo este tiempo —confesó finalmente, con un tono bajo y ronco—. Audrey Sullivan es la hija del hombre que le arrebató todo a mi abuelo, la que debería haber saldado la deuda de su familia con su propia vida.
Thorne frunció el ceño, tratando de conectar las piezas del rompecabezas. Recordaba vagamente la historia del conflicto con los Sullivan, pero sabía que había algo más profundo, algo que había vuelto a Alessandro un hombre enfermizamente obsesionado.
—Es ella... —murmuró Marcus, la comprensión iluminando sus ojos—. La mujer de la noche en el hotel. La que huyó embarazada de tus hijos.
El pelinegro asintió con una rigidez dolorosa. Durante cinco años, su vida se había convertido en un tablero de ajedrez donde faltaba la pieza reina. Lo que empezó como un deseo de venganza se había transformado en una fijación absoluta. Alessandro, el hombre que lo conseguía todo en los negocios, el que nunca aceptaba un no por respuesta, se había encontrado con un reto que no podía comprar ni someter: el rastro perdido de Audrey. La búsqueda se había vuelto una sombra que lo acompañaba en cada reunión, en cada viaje, volviéndose más intensa con cada año que pasaba.
—Esa mujer se burló de mí. Me dejó plantado con un contrato firmado y se llevó mi sangre a algún rincón del mundo —siseó Alessandro, sus ojos brillando con una mezcla de odio y una posesividad oscura—. No voy a permitir que vuelva a escaparse.
Thorne estaba por seguir indagando, queriendo saber qué haría si lograba encontrarla, pero el sonido de dos golpes secos en la puerta interrumpió la conversación. Dante, el jefe de seguridad personal y el hombre de máxima confianza de Alessandro, entró en la habitación. Su rostro era una máscara de eficiencia gélida.
Dante se acercó a su amigo y, tras una breve inclinación de cabeza hacia Marcus, se inclinó para susurrarle algo al oído. Marcus intentó aguzar el oído, pero solo logró captar fragmentos de palabras técnicas. Sin embargo, la reacción de Alessandro fue instantánea. Se levantó de su silla con una energía electrizante, sus ojos inyectados en una determinación aterradora.
—¿Estás seguro? —preguntó, con la voz vibrando en una nota baja.
—Confirmado, señor —respondió Dante con eficiencia gélida—. El taxi la dejó en la terminal cuatro hace diez minutos. El vuelo con destino a Inverness sale en exactamente dos horas.
Alessandro se ajustó el saco del traje con una calma que precedía al desastre. La frustración que lo había consumido minutos antes se transformó en una estrategia letal. Tenía el tiempo justo, tenía el poder y, finalmente, tenía la ubicación exacta.
¿Sería Audrey capaz de escapar una vez más antes de que las garras del pasado cerraran el círculo sobre ella, o estaba a punto de descubrir que el precio de su libertad era mucho más alto de lo que jamás imaginó?