Audrey huyó hacia la oscuridad de la noche, llevando consigo un secreto doble que ni siquiera el implacable Alessandro Di' Giovanni había logrado arrancarle. El informe médico que arrugaba en su puño antes de escapar de la clínica no mentía; su desmayo no fue solo por estrés, sino porque su cuerpo estaba haciendo el doble de esfuerzo para gestar a dos bebés. Eran gemelos. Aquella revelación le dio la fuerza necesaria para burlar la seguridad y escapar de la ciudad.
Mientras el taxi se alejaba de la mansión, Audrey observaba por la ventanilla cómo las rejas de hierro se convertían en líneas borrosas. El nudo en su garganta se deshizo, permitiendo que las lágrimas bajaran libres. Se sentía sola, pero una certeza la consolaba, había salvado a sus hijos de convertirse en simples cláusulas de un contrato de renuncia. Sus padres la odiarían por perder el boleto dorado, y Alessandro... su pulso se aceleró de terror al imaginarlo. El hombre que creía haberla acorralado se volvería loco al descubrir que su presa se le había escapado entre los dedos.
«No son una transacción; son míos», se juró Audrey, apagando su móvil tras recibir un mensaje desesperado de su madre. No permitiría que Alessandro le robara a sus hijos a cambio de millones.
Al llegar a la estación de tren, el bullicio la envolvió. Entregó su boleto con el corazón martilleando, temiendo que una mano pesada se posara en su hombro. Solo cuando el tren se puso en marcha con un gemido metálico, se permitió respirar. Iba hacia una aldea costera, un lienzo en blanco donde nadie conocía el peso del apellido Di’ Giovanni.
Mientras tanto, en la mansión Sullivan, el aire se había vuelto irrespirable. Alessandro permanecía en el centro del vestíbulo con una expresión que vaticinaba una tormenta. Sus ojos oscuros viajaban de Eliot a Olivia, quienes balbuceaban excusas incoherentes sobre el paradero de su hija.
—¿Me están diciendo que su propia hija ha desaparecido sin que se dieran cuenta? —preguntó el pelinegro. Su voz era un susurro peligroso que cortaba más que un grito.
No confiaba en ellos; sospechaba que era una estrategia para renegociar. Regresó a su oficina donde su jefe de seguridad ya lo esperaba con las grabaciones. En la pantalla, se veía la imagen granulada de Audrey en la estación de tren, mirando por encima del hombro con ojos llenos de pánico.
—Huyó como una niña —murmuró, apretando la mandíbula—. Se arrepentirá de haberme hecho perder el tiempo con este juego.
Se acercó al monitor y detuvo la imagen. No era solo el contrato lo que estaba en juego, sino el hecho de que ella fuera la primera persona en la vida en atreverse a desafiarlo.
Alessandro observó el informe médico en su mano, pero su mente viajó a los fríos pasillos de su infancia. Recordó a su abuelo, un hombre que murió en la ruina y la vergüenza por culpa de la traición de los Sullivan. Él no había nacido para ser un monstruo; lo habían forjado para ser un arma de restitución.
«Justicia, no venganza», se repetía como un mantra. Pero al ver la cama vacía del hospital, sintió una punzada de algo que no era odio. Era una vulnerabilidad que lo aterraba. Por primera vez en su vida, el control —lo único que lo mantenía a salvo de sus propios demonios familiares— se le escapaba de las manos. No la buscaba solo por el contrato o por el heredero; la buscaba porque ella era la única que, en una sola noche, había logrado que el silencio de su alma dejara de ser tan pesado.
—Señor, hemos rastreado el boleto —informó el guardia—. Se dirige a la costa. Pero hay algo más... el médico de la clínica privada dejó este sobre para usted. Dice que es la actualización de los análisis de sangre de su esposa que no pudo entregarle antes de que ella escapara.
El pelinegro tomó el sobre con una lentitud amenazante. Lo abrió y, a medida que sus ojos recorrían los resultados, la furia de su rostro fue reemplazada por una palidez letal. El papel tembló entre sus dedos enguantados.
—Preparen el helicóptero —ordenó Alessandro, con una voz que hizo que los guardias retrocedieran por instinto—. Ella cree que está huyendo con mi hijo... pero no tiene idea de que ahora que sé la verdad, voy a cazarla aunque tenga que quemar el mundo entero para encontrarla.