03

El pitido rítmico del monitor clínico fue el primer sonido que Audrey escuchó, confirmando que su secreto ya no le pertenecía solo a ella. Al abrir los ojos, el techo blanco de la clínica se volvió nítido, pero fue la expresión de sus padres lo que la hizo estremecer. No había rastros de la reprimenda que esperaba, ni la furia por haber manchado el honor familiar; al contrario, sus rostros irradiaban una satisfacción casi obscena.

Audrey se sintió desfallecer de nuevo ante una duda punzante; ¿Acaso Alessandro les había revelado ya lo sucedido en el hotel? ¿Sabían ellos que la prueba de su santidad ya había sido descubierta y que su embarazo era la prueba irrefutable de su deshonra?

—¿Qué pasó? —articuló con la garganta seca, buscando una señal de reproche en sus ojos.

—Te desmayaste, pero tu esposo te trajo personalmente —respondió Eliot, con una sonrisa que desbordaba una ambición renovada—. Y lo mejor de todo, hija... es que el médico nos ha dado la noticia que nos salvará de la miseria. ¿Por qué no nos dijiste que estuviste con Alessandro?

La comprensión la golpeó con la fuerza de un impacto físico. El desmayo había forzado a los médicos a realizar pruebas inmediatas, y la verdad sobre su estado había quedado expuesta frente a las personas menos indicadas.

—¿Él lo sabe? —preguntó con un hilo de voz.

—Lo sabe. Y eso cambia las reglas del juego —afirmó su padre, frotándose las manos—. Ese bebé es un seguro de vida. Ahora que esperas un hijo del hombre más poderoso del país, no podrá darnos la espalda.

Audrey sintió náuseas ante la frialdad mercantil de su propio padre. Pero antes de que pudiera replicar, la puerta se abrió de par en par. Alessandro Di’ Giovanni entró en la habitación irradiando una furia gélida. Sus ojos, inyectados en una rabia contenida, ignoraron a los Sullivan y se clavaron en ella.

—Déjenos —ordenó él con una voz que no admitía réplica.

Sus padres salieron con una mirada de complicidad, convencidos de que su fortuna estaba a salvo. Alessandro permaneció de pie, observando a Audrey como si fuera una pieza de evidencia en un juicio por traición.

—Si vas a reprocharme esto, hazlo de una vez —soltó ella, tratando de que su voz no temblara.

—He venido a evitar que intentes aprovecharte de mí —espetó él, arrojando un sobre con desprecio sobre el regazo de ella—. Sé que eras virgen cuando estuvimos juntos. Planeaste este embarazo para chantajearme, para obligarme a devolver las acciones de tu padre a cambio de tu silencio.

—¡Eso no es cierto! —gritó ella, sintiendo cómo la rabia quemaba por encima del miedo—. ¡Ni siquiera sabía quién eras!

Alessandro se inclinó sobre ella, invadiendo su espacio personal. El aroma de su perfume despertó un recuerdo sensorial de aquella noche, pero sus palabras la devolvieron a la realidad de forma brutal.

—No voy a ser el títere de una Sullivan. Ese niño es un Di’ Giovanni, y yo me haré cargo de él porque es mi primogénito. Pero tú no formas parte de la ecuación.

Sacó un documento del sobre cuyo título le gritó desde el papel; Acuerdo de Renuncia y Manutención.

—Firma esto —ordenó—. Renunciarás a todos tus derechos como madre en el momento en que el bebé nazca. A cambio, te daré el divorcio y desaparecerás de nuestras vidas para siempre. Si te niegas, tu padre dormirá en prisión mañana mismo por fraude.

Alessandro dio media vuelta y salió sin mirar atrás. Audrey se quedó sola, apretando el papel contra su pecho mientras las lágrimas caían. Sin embargo, justo cuando creía que lo había perdido todo, una enfermera entró apresuradamente y cerró la puerta con seguro.

—Señora Di' Giovanni, perdone la interrupción —susurró la mujer, entregándole un segundo informe médico que Alessandro no había visto—. Hay algo en los niveles de su análisis de sangre que el doctor no mencionó frente a su esposo... algo que explica por qué su cuerpo reaccionó así al desmayarse.

Audrey abrió el sobre con manos temblorosas. Al leer la primera línea de los resultados adicionales, su respiración se cortó de golpe. El juego de Alessandro estaba a punto de volverse mucho más peligroso.

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