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El aire de la terminal de salidas internacionales estaba viciado por el olor a queroseno y el murmullo incesante de cientos de pasajeros apresurados. Audrey Sullivan, sin embargo, solo podía concentrarse en la mancha oscura que se extendía sobre su blusa de seda. El café, comprado en un intento desesperado por mantener la alerta tras noches de insomnio, ahora decoraba su pecho como un estigma de su propia torpeza. Maldijo en voz baja mientras se refugiaba en el baño, buscando frenéticamente en s