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Capítulo 8

El aire de la terminal de salidas internacionales estaba viciado por el olor a queroseno y el murmullo incesante de cientos de pasajeros apresurados. Audrey Sullivan, sin embargo, solo podía concentrarse en la mancha oscura que se extendía sobre su blusa de seda. El café, comprado en un intento desesperado por mantener la alerta tras noches de insomnio, ahora decoraba su pecho como un estigma de su propia torpeza. Maldijo en voz baja mientras se refugiaba en el baño, buscando frenéticamente en su bolso las toallitas húmedas que siempre cargaba por precaución.

Frotó la tela con dedos temblorosos, tratando de borrar el rastro del descuido, cuando la vibración de su teléfono sobre el mármol del lavabo la hizo respingar. Al mirar la pantalla, el nombre de Jennifer iluminó sus ojos con una calidez que no sentía desde que puso un pie en aquella ciudad. Una sonrisa genuina, la primera en días, curvó sus labios; sabía perfectamente quiénes estaban detrás de esa llamada.

—¡Mamá! —El grito entusiasta de Matthew perforó el auricular, seguido inmediatamente por el suave balbuceo de Emma, quien intentaba arrebatarle el dispositivo a su hermano.

—Hola, mis niños —respondió, cerrando los ojos para visualizar sus rostros, tan parecidos al hombre que intentaba borrar de su memoria—. ¿Se están portando bien con Jen?

—Sí, mami, pero Matthew se comió mis galletas de dinosaurio —se quejó Emma con ese tono de injusticia que solo una niña de cinco años puede alcanzar—. ¿Ya vienes? El avión es muy lento, mami. Jennifer dice que dónde estás no es tan divertido.

Un nudo se instaló en la garganta de Audrey. Era la primera vez que se alejaba de ellos por tanto tiempo, la primera vez que cruzaba fronteras dejando su corazón a miles de kilómetros. Había sido una lucha titánica criarlos en la soledad de Inverness, enfrentando inviernos crudos y presupuestos ajustados, pero cada sacrificio valía la pena al escuchar esas voces. Eran lo más valioso de su existencia, su único refugio contra el pasado que amenazaba con alcanzarla.

—No, es muy aburrido, pequeña. El avión volará muy rápido, como un pájaro de metal —prometió ella, forzando una nota de alegría en su voz—. Pórtense bien y, si lo hacen, les llevaré el regalo más grande que encuentren mis manos. Los amo más que al cielo, no lo olviden.

Tras colgar, Audrey respiró hondo, guardando ese fragmento de felicidad en un rincón de su pecho. No había tiempo para sentimentalismos; el reloj de la pared indicaba que faltaba apenas media hora para que las puertas del embarque se cerraran. Ajustó su bolso, se aseguró de que su pasaporte siguiera allí y salió del baño con paso firme, dispuesta a desaparecer nuevamente en la niebla escocesa.

Sin embargo, el destino, o quizás una mano mucho más oscura, tenía otros planes. Al doblar la esquina del pasillo que conducía a la puerta, su cuerpo impactó violentamente contra un torso sólido, frío como una pared de piedra. El choque la hizo tambalear, perdiendo el equilibrio por un segundo antes de que unas manos enguantadas la sujetaran por los hombros con una firmeza innecesaria.

—Señora Di’ Giovanni —la voz del hombre era un barítono monótono, carente de cualquier emoción.

Audrey alzó la vista, parpadeando con desconcierto. Frente a ella se erguía un hombre de facciones duras, un gigante vestido con un traje oscuro que parecía cortado para ocultar armas bajo la tela. Su presencia no encajaba con el caos colorido del aeropuerto; él era una sombra impuesta en un lugar de luz.

—No me llame así —logró articular ella, tratando de zafarse de su agarre—. Me ha confundido. Y ahora, si me disculpa, voy a perder mi vuelo.

—Usted no va a perder nada, señora —replicó el guardaespaldas sin soltarla—. Por favor, acompáñeme. Hay alguien que desea verla.

—No conozco a nadie aquí. Suélteme o gritaré —amenazó Audrey, aunque el pánico empezaba a filtrarse por sus poros como veneno lento. El hombre no respondió con palabras, simplemente la guio con una presión sutil pero ineludible hacia un pasillo restringido, lejos de la multitud y de cualquier posible ayuda.

La desconfianza se transformó en un terror gélido. Audrey buscó una salida con la mirada, pero el pasillo se cerraba tras ellos. Llegaron a una puerta de madera pesada donde el ruido de la terminal se extinguió por completo, sustituido por un silencio sepulcral que hacía que el latido de su propio corazón retumbara en sus oídos. El hombre abrió la puerta y le hizo una seña para que entrara solo ella.

En el centro de la estancia, de espaldas a la entrada y frente a un ventanal inmenso que mostraba las pistas de aterrizaje, se encontraba una figura imponente. Vestía un abrigo de cachemira negro que acentuaba la amplitud de sus hombros y la rigidez de su postura. El hombre sostenía una copa de cristal con un líquido ambarino, moviéndola con una parsimonia que denotaba un control absoluto sobre el tiempo y el espacio.

Audrey sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Conocía esa silueta. Había pasado cinco años intentando convencerse de que solo era un fantasma, una pesadilla de la que finalmente había despertado.

—¿Alessandro? —el nombre salió de sus labios como un suspiro herido, apenas un hilo de voz que no llegó a romper el silencio de la habitación.

Lentamente, como si disfrutara del tormento que su presencia causaba, el hombre se giró.

La luz del atardecer se filtró por el ventanal, iluminando sus facciones. Alessandro Di’ Giovanni no había envejecido; se había endurecido. Su rostro, antes marcado por una ambición ardiente, ahora era una máscara de frialdad absoluta. Sus ojos, azules y penetrantes como el abismo, se clavaron en Audrey con una intensidad que la hizo sentir desnuda, expuesta. No había rastro de la pasión que alguna vez compartieron, solo una determinación implacable que la dejó sin aliento.

Él dio un paso hacia ella, dejando la copa sobre una mesa lateral. El eco de sus zapatos sobre el suelo de mármol sonó como una sentencia de muerte.

—Cinco años, Audrey —dijo él, y su voz, una mezcla de terciopelo y acero, vibró en el aire con una carga peligrosa—. Cinco años corriendo, como si el mundo fuera lo suficientemente grande para esconderte de mí.

Ella retrocedió hasta que su espalda chocó contra la puerta cerrada. El pánico inicial se mezcló con una rabia defensiva. No podía dejar que él viera cuánto la afectaba, no cuando el secreto de Emma y Matthew dependía de su entereza.

—No sé que quieres de mí, Alessandro. Mi vida ya no te pertenece. Déjame salir de aquí ahora mismo.

Alessandro soltó una risa seca, un sonido carente de alegría que erizó los vellos de la nuca de la mujer. Se detuvo a escasos centímetros de ella, invadiendo su espacio personal con ese aroma a madera de sándalo y peligro que siempre lo acompañaba.

—¿Tu vida? —inquirió él, inclinándose ligeramente para que sus ojos estuvieran al mismo nivel—. Tu vida terminó el día que huiste de nuestro contrato. El día que pensaste que podías burlarte de un Di’ Giovanni y salir ilesa.

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