12

La penumbra de la madrugada aún envolvía la mansión cuando el sonido metálico de un mensaje de texto hizo vibrar el escritorio de cristal del pelinegro. No necesitaba mirar la pantalla para saber que eran noticias de Dubái, o quizás otro informe de seguridad sobre la mujer que ocupaba la suite de arriba. Alessandro se frotó las sienes, sintiendo el peso de un insomnio que ya no era una elección, sino una condena. Había cancelado reuniones estratégicas y paralizado acuerdos que llevaban meses en gestión, dejando su reputación profesional en una posición vulnerable, todo por la necesidad patológica de no perder el control sobre Audrey Sullivan.

El chasquido de la puerta del despacho al abrirse lo sacó de su letargo. Marcus entró con la confianza de quien conoce los puntos ciegos de su socio, aunque su rostro no mostraba la ligereza habitual. Su amigo caminó hacia el minibar y se sirvió un vaso de agua con una parsimonia que irritó al pelinegro.

—Mi teléfono no ha dejado se sonar desde ayer, me hacen preguntas que no sé cómo responder, Alessandro —soltó Marcus, rompiendo el silencio con una voz grave—. Dubái no es un contrato que se pueda posponer con una excusa técnica. Tus socios están viendo cómo detienes toda la maquinaria por un asunto que no figura en ningún balance.

Alessandro alzó la vista, sus ojos azules inyectados en sangre por la falta de descanso.

—Lo que mis socios piensen es irrelevante mientras los números sigan en verde, Marcus. Lo que ocurra dentro de estas paredes es un asunto de deudas pendientes. Hay cuentas que no se saldan con transferencias, sino con presencia y respuestas.

—¿Deudas? —el rubio se acercó al escritorio, apoyando las manos sobre la superficie con firmeza—. Has retenido a una mujer durante cuarenta y ocho horas sin una razón legal válida. Ella tiene un empleo, una jefa que espera un reporte y, seguramente, unos niños en Inverness que ya deben estar preguntándose por qué no aterrizó en su vuelo de regreso.

—No la dejaré ir hasta que acepte traer a mis hijos. No estoy siendo injusto, ella ha incumplido y tomado decisiones sin tomarme en cuenta.

—Esto no es justicia, Alex; es una imprudencia que podría terminar con una denuncia por secuestro si alguien decide llamar a la policía. Estás moviendo piezas que podrían aplastarte al estar actuando por impulso y no por estrategia. ¿Qué buscas realmente? ¿Vengarte de un apellido o es que hay algo en ella que te asusta reconocer?

—No me hables de miedos —replicó Alessandro con una calma letal—. Mis motivos son estratégicos. Los Sullivan me deben la vida que me arrebataron, y ella es el único hilo que me queda para desmantelar su legado de mentiras. No la soltaré hasta que cumpla con mi objetivo de destruir a Eliot.

Marcus suspiró resignado, sabía que no iba a hacerlo cambiar de opinión.

—Solo ten cuidado —sentenció el rubio con una nota de advertencia mientras caminaba hacia la salida—. Recuerda que el hielo que no se dobla, termina estallando. Y si fuerzas demasiado la situación con ella, podrías ser tú quien termine bajo los escombros.

Mientras los hombres terminaban su discusión en el despacho, en la planta superior, Audrey sentía que sus fuerzas flaqueaban. El hambre se había convertido en un dolor punzante y constante que le impedía pensar con claridad. El orgullo, aunque era su único escudo, no podía silenciar el instinto primario de supervivencia. Tras asegurarse de que el pasillo estaba desierto y de que no había ningún empleado merodeando cerca, se deslizó fuera de su habitación.

Se movía como una sombra descalza sobre la alfombra de diseño, evitando hacer ruido caminando con sigilo para no ser descubierta. Bajó las escaleras con el corazón martilleando contra sus costillas, sintiéndose como una intrusa en la casa donde legalmente seguía siendo la señora Di’ Giovanni. Al llegar a la cocina, un espacio inmenso de mármol oscuro y electrodomésticos de acero inoxidable que brillaban bajo la luz tenue de emergencia, Audrey no perdió el tiempo.

Sus manos temblorosas alcanzaron un recipiente con frutas y un trozo de pan artesanal que el servicio había dejado sobre la isla central. Comió con una urgencia casi animal, sintiendo cómo el azúcar regresaba a su sistema, pero el alivio fue efímero. El sonido de pasos y el murmullo de voces masculinas filtrándose desde el pasillo la paralizó por completo.

Presa del pánico y sin tiempo para huir hacia la seguridad de las escaleras, Audrey se encogió y se ocultó en el hueco destinado a las banquetas bajo la enorme isla de piedra. Se abrazó a sus rodillas, conteniendo el aliento hasta que le ardieron los pulmones, justo cuando Alessandro y Marcus entraban en la cocina.

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