Daven estaba de espaldas a la habitación, contemplando la ciudad a través del inmenso ventanal. Aethelis se extendía ante él: el bullicioso tráfico del mediodía, el movimiento incesante de la gente, los imponentes edificios y un ritmo de vida que nunca se detenía. Pero la vista, por muy vívida que fuera, apenas rozaba sus pensamientos. Su mente estaba en otra parte.
Tenía las manos apretadas en los bolsillos del pantalón y la mandíbula tensa.
El informe de investigación del señor Rio seguía reso