Capítulo 5
—Creo que esta corbata es la que mejor te queda.

Althea eligió una de la inmensa colección de Daven. Sabía que él apenas soportaba su presencia, pero dejó de lado su incomodidad. Lo que tenía planeado debía funcionar, al menos hasta que su acuerdo terminara.

Después de todo, nunca volverían a verse. Bien podía fingir que vivía en un sueño; una fantasía romántica donde su amado esposo existía solo para ella. Y una vez que el sueño terminara, regresaría a su realidad: una mujer destinada a pasar su vida a solas.

Desempeñaba su papel con discreción y elegancia, sin pedir nada a cambio. Mientras Daven no la rechazara, ella lo tomaba como una aceptación, aunque fuera a regañadientes. Pero cada movimiento que hacía, cada palabra que pronunciaba, dejaba una huella que Daven ya no podía ignorar.

Él alzó una ceja.

—Sé vestirme solo.

—Lo sé —dijo Althea con una pequeña sonrisa—. Pero déjame elegir algo para ti hoy.

Dejó el saco y la corbata a juego sobre el sofá.

—Haz lo que quieras —murmuró Daven sin mirarla—. Eres una necia... perdiendo el tiempo en algo que no tiene sentido.

Ella se volteó hacia él, sin inmutarse. No se sentía herida ni ofendida. Esa ligera sonrisa no abandonó sus labios en ningún momento.

—Tal vez. Pero aguanta este último mes.

—¡Mi amor!

La voz aguda de una mujer, ambiciosa y demasiado entusiasta, cortó el aire y obligó a Althea a detenerse.

Daven también se puso el saco a toda prisa, como si alguien ya lo estuviera esperando.

—¿Es... Vanessa? —preguntó.

—No sé qué hace aquí tan temprano —Daven salió de la recámara seguido de cerca por Althea, quien hacía su mejor esfuerzo por mantener la calma.

En la sala, Vanessa y Kate hablaban animadamente. Sus caras se iluminaron aún más cuando apareció Daven. Pero...

—¿Tú qué haces aquí? —dijo Kate, mirando con desprecio a la mujer que venía detrás de Daven.

Althea optó por sonreír.

—Solo venía a despedir a mi esposo que se va a trabajar.

Vanessa se carcajeó y Kate la siguió, burlándose de ella.

—¡Ay, por Dios! ¿Escuchaste eso, Vanessa? —dijo Kate entre risas.

—Qué sinvergüenza —se burló Vanessa, cruzando los brazos.

—Ya basta —intervino Daven, que no quería dramas tan temprano—. ¿Qué te trae por aquí a esta hora, mi amor?

Vanessa borró el fastidio de su gesto y se aferró a Daven con una dulzura fingida, ignorando la forma en que Althea los miraba: con suavidad, nostalgia y resignación. Porque así era como debía ser. Vanessa debía estar con Daven. No era más que una extraña en una casa que, para empezar, nunca fue suya.

—Quiero que me lleves al estudio, cielo —le pidió Vanessa con voz empalagosa.

Daven pareció un poco molesto, pero no discutió. No había mucho que pudiera hacer más que acceder.

—Está bien. Vamos.

Althea observó cómo pasaba todo e intentó armarse de valor. No era la primera vez, ni sería la última, que tenía que ver a Daven y Vanessa presumir su afecto frente a ella.

Ya debería estar acostumbrada a ese dolor.

Pero aun así... le dolía.

—Maneja con cuidado, Daven —dijo ella en voz baja.

Sus palabras llamaron la atención del hombre. Él se detuvo un momento y giró la cabeza. Althea le dedicó una sonrisa. Sus cálidos ojos color café se encontraron con los de él, con sinceridad y gentileza.

—Que tengas un buen día —añadió ella.

—Vamos —Vanessa agarró rápidamente la mano de Daven y lo jaló hacia la puerta. Su gesto se endureció por el enojo que intentaba reprimir. Si no fuera por su cita en el estudio, se habría quedado el resto del día asegurándose de que Althea entendiera cuál era su lugar.

“¡Maldita sea! ¡Todo esto es culpa de Daven por darle demasiada libertad a esa mujer!”

En cuanto se fueron, Althea suspiró casi temblando. Su dolor no disminuía. Necesitaba calmarse. Pero cuando se dio la vuelta para salir de la sala, una fuerte cachetada le cruzó la cara.

Le ardió profundamente.

—¡Ubícate! —gritó Kate con los ojos desorbitados por la furia—. Eres un parásito. ¡Me das asco, maldita desgraciada!

Althea se tocó la mejilla que le quemaba, aturdida.

—¿Estás ciega? ¿No viste lo cariñosos que son? Son perfectos el uno para el otro. ¿Y tú? —Kate le puso un dedo en la cara—. Tú solo eres una extraña patética que vive de la lástima de mi madre. Deberías estar agradecida de que hasta te dejamos quedarte aquí.

Althea solo pudo bajar la mirada, temblando.

—¡Ni se te ocurra soñar con ser parte de esta familia!

***

“Mamá”, susurró Althea. Todavía sentía punzadas de dolor en la mejilla, pero no podía echarse atrás con la decisión que ya había tomado. “Por favor, ayúdame a encontrar fuerzas para seguir adelante”.

Se quedó mirando su reflejo en el espejo. El vestido que llevaba puesto era un regalo de Evelyn, una mujer bondadosa y de gran corazón que había sido muy cercana a ella. Su muerte había dejado un vacío inmenso en el corazón de Althea. Al igual que cuando perdió a su madre, quien dio su último suspiro tras sufrir un fuerte golpe en la cabeza en un accidente, no había podido dejar de llorar.

Evelyn le había comprado discretamente varios vestidos elegantes, diciendo que tal vez algún día Althea asistiría a un evento formal junto a Daven. Por desgracia, ese día nunca llegó.

Hasta esta noche.

El vestido era de un tono oro pálido que brillaba sutilmente bajo la luz, cayendo sobre su cuerpo con un corte elegante y discreto. Llevaba el escote descubierto, adornado solo por un delicado collar de perlas, el último recuerdo de su madre.

Althea llevaba el cabello recogido en un chongo bajo, impecable pero suave, que enmarcaba su cara. Su maquillaje era ligero, lo justo para resaltar la calma en sus ojos y la curva gentil de su sonrisa. No parecía una mujer de origen humilde. Esta noche, Althea se veía como una mujer de la nobleza salida de un cuento clásico.

“Esto es lo que Daven me pidió... es parte de mi papel como su esposa, ¿no? Al menos... que esta noche pase sin problemas”, se susurró a sí misma, tratando de darse valor.

Cuando abrió la puerta de su recámara y salió al pasillo principal, Daven ya estaba allí, de pie, revisando su celular como si su mundo estuviera demasiado ocupado para notar cualquier otra cosa.

Pero se quedó petrificado al escuchar el sonido de los tacones. Alzó la mirada y su expresión cambió ligeramente. No dijo ni una palabra, pero su mirada se quedó fija en ella. Bajó la mano, olvidándose del celular, y arrugó un poco la frente.

Althea se acercó, todavía con una sonrisita.

—¿Has... esperado mucho?

—No —respondió Daven de forma cortante.

—¿El... el vestido es demasiado? —preguntó ella, un poco nerviosa por el peso de su mirada; él nunca la había mirado así—. Si es así, puedo cambiarme y ponerme otra cosa.

—No es necesario —contestó él en voz baja—. Vamos. El auto espera.

En el camino, Daven permaneció casi todo el tiempo en silencio. Pero a diferencia de lo habitual, no se alejó de ella. Se sentó con calma a su lado y, por primera vez, no se apartó cuando Althea, por instinto, se acercó para acomodarle la corbata.

La mano de ella se detuvo cuando sus dedos rozaron el cuello de la camisa de él. Sus ojos se encontraron, solo por un instante, pero fue suficiente para que Daven contuviera el aliento y girara la cara hacia la ventana.

—Ah, lo siento —dijo Althea rápidamente, retirando la mano para darle espacio.

Daven siguió sin decir nada.

—No me quedaré muy cerca de ti esta noche —dijo ella, con voz firme pero cuidadosa—. Como pronto te vas a casar con Vanessa, creo que lo correcto es que me quede en mi lugar.

Daven se volteó lentamente.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Me quedaré un poco detrás de ti —explicó ella con suavidad y una sonrisa, intentando sonar razonable—. Tal vez a tu derecha, un paso atrás. Lo suficiente para que sepas que estoy ahí... pero sin estorbar. No quiero que haya malentendidos.

Daven cerró los ojos un momento antes de volver a abrirlos; su voz sonó baja.

—Si te atreves a alejarte de mí o a fingir que no eres mi esposa frente a ellos —dijo en un tono amenazante—, te vas a arrepentir.

Althea se quedó helada. Lo miró fijamente, sin estar segura de lo que acababa de escuchar.

—Yo solo...

—No hay ningún “solo” —la interrumpió él, entrecerrando los ojos—. Esta noche estarás a mi lado. Como mi esposa. Como debe ser.

Un silencio pesado cayó entre los dos.

Althea bajó la mirada, dejando que unos mechones de cabello le cubrieran la cara.

—Está bien —susurró al fin—. Si eso es lo que quieres.

Pero en su interior, una pregunta no dejaba de repetirse en su corazón.

“¿Por qué? ¿Por qué hace esto?”
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