—No debí hacerme tantas ilusiones —murmuró Althea para sí misma al entrar en la mansión de los Callister.
Sus pasos se sentían vacíos, sin rumbo, mientras atravesaba la imponente entrada de la casa de la familia de su esposo. El vestido de color oro pálido, que alguna vez fue capaz de dejar a Daven sin palabras, ahora no era más que una carga sobre sus hombros.
“Por favor, que todos estén dormidos”. Se aferró a ese deseo en silencio mientras abría la puerta principal con cuidado, dedicando un gesto de agradecimiento al empleado que la recibió.
Pero el destino, como siempre, tenía otros planes.
—Vaya, hasta que por fin decidiste volver a casa —la voz hostil se escuchó desde la estancia.
Althea se volteó despacio.
Kate, su suegra, estaba ahí parada con mucha elegancia y una copa de vino en la mano. Sus ojos eran afilados y su sonrisa lo era todavía más.
—¿Sola? —Kate alzó una ceja—. ¿No regresaste con Daven?
Althea bajó un poco la cabeza, prefiriendo el silencio antes que dar una explica