—No debí hacerme tantas ilusiones —murmuró Althea para sí misma al entrar en la mansión de los Callister.
Sus pasos se sentían vacíos, sin rumbo, mientras atravesaba la imponente entrada de la casa de la familia de su esposo. El vestido de color oro pálido, que alguna vez fue capaz de dejar a Daven sin palabras, ahora no era más que una carga sobre sus hombros.
“Por favor, que todos estén dormidos”. Se aferró a ese deseo en silencio mientras abría la puerta principal con cuidado, dedicando un ge