Capítulo 2
—¿Te volviste loca? —preguntó Catherine Callister, mejor conocida como Kate. Su voz chillona se escuchó en el jardín trasero. Sus dedos se clavaron en el hombro de Althea con tanta fuerza que la hizo tambalear. La regadera de plástico que Althea usaba para las rosas blancas se le resbaló de la mano y se rompió al chocar contra el suelo de piedra.

Althea no reaccionó. Solo hizo una pequeña mueca por el apretón y recuperó la compostura. Con la mirada tranquila, enfrentó a su suegra y entrelazó las manos frente a ella. El vestido azul claro que llevaba se agitaba un poco con la brisa de primavera, dándole un aire todavía más delicado; sin embargo, sus ojos se mantuvieron firmes.

—¿Cómo te atreves a ser tan cínica? —continuó Kate, hirviendo de furia. Sus ojos echaban chispas—. Sabes que mi hijo está por casarse con Vanessa, ¿no? Claro que lo sabes... y aun así, ¿tienes el descaro de mendigar su atención?

Althea sonrió e intentó hablar, pero Kate le cortó la palabra tajante, indispuesta a escuchar una sola de sus razones.

—Pareces una muerta de hambre desesperada por atención.

Una vez más, Althea mostró esa sonrisa nostálgica. Era de esas que transmiten calidez en medio de una tormenta.

—No estoy pidiendo el amor de Daven —respondió con voz suave, pero con una cortesía firme—. Lo único que pedí fue tiempo. Treinta días de su tiempo.

—¿Y qué crees que vas a lograr en treinta días? —Kate dio un paso al frente y el tacón de su zapato de diseñador aplastó los restos de la regadera con un crujido seco—. ¿Crees que vas a hacer que se enamore de ti? Eso no va a pasar. Que te quede bien grabado en esa cabecita. Daven ama a Vanessa. Siempre ha sido así y siempre lo será. Tú no eres más que un estorbo para su felicidad.

Althea exhaló poco a poco y bajó la mirada un momento, intentando calmar el remolino de emociones que sentía por dentro. Luego, miró a los ojos de su suegra. Su expresión seguía calmada, pero esta vez transmitía fuerza.

—Nunca quise estorbarle a nadie —dijo en voz baja—. Pero tampoco soy un objeto que se puede desechar. He sido la esposa de Daven por casi un año, aunque nadie lo haya reconocido. Solo quiero terminar con este matrimonio... en paz.

Kate resopló con desprecio; tenía la cara roja de coraje.

—¿Terminar tu matrimonio en paz? En serio estás loca.

Sus palabras no hicieron que Althea dudara, aunque cada sílaba le dolía. Desde el principio, nunca fue bienvenida en esa casa. La única persona que la trató con cariño fue Eve, esa mujer mayor de gran corazón que la recibió como si fuera de su familia.

¿Cómo no iba a quererla? Eve se había vuelto como una madre para ella; una figura que le daba consuelo y llenaba el vacío que dejó la mamá que perdió. Evelyn era la abuela que nunca tuvo, la única luz que le daba fuerzas para seguir soportando su maldita vida con los Callister.

¿Y los demás? Todos la trataban con desprecio. Con burlas. Con odio. Como si fuera una intrusa interesada que llegó a arruinarlo todo. Como si fuera una mujer aprovechada con intenciones ocultas. Pero ni una sola vez había pensado en aprovecharse de su situación.

Si pudiera pedir un deseo, elegiría una vida tranquila junto a su difunta madre antes que cualquier otra cosa. Nunca quiso vivir en esa mansión lujosa. No si el precio era perder su dignidad.

—Ya hiciste un desastre. ¿Y ahora quieres empeorarlo? —La voz de Kate se quebró por la furia—. Vanessa ha estado preparando cada detalle: la boda de sus sueños, la reunión familiar, cada invitado. ¡Y ahora, por un “último deseo” de una huérfana sin apellido, todo se pospuso!

Althea agachó la mirada y se mordió el labio para que el dolor no se notara. Cuando por fin habló, lo hizo con claridad:

—Sí, no soy más que una mujer que no tiene nada: ni dinero, ni poder, ni un apellido importante. Pero todavía tengo mi dignidad, señora Callister. Y lo único que quiero es conservarla.

Kate respondió con una risa burlona. Miró a su nuera con incredulidad, incapaz de entender cómo funcionaba su mente.

—Quédate con tu dignidad, Althea. Pero, por lo menos, deberías conocer tu lugar en esta casa.

—Sé cuál es mi lugar, señora Callister —respondió Althea con calma.

Kate quiso volver a atacar, pero el sonido de unos pasos que se acercaban la interrumpió. Daven apareció detrás de las puertas de cristal de la casa, con su traje impecable. Se le notaba el cansancio de un largo día de trabajo.

Miró brevemente a ambas mujeres antes de hablar con un tono seco.

—¿Hay algún problema?

Kate se volteó hacia él y suspiró con dramatismo.

—Claro que hay un problema. Tu adorada esposa está intentando arruinar tu boda con Vanessa. Hizo una petición absurda y tú —lo señaló—, ¿aceptaste? Sinceramente no entiendo en qué estabas pensando.

Daven no contestó. Tenía los ojos fijos en Althea. No dijo nada, pero él sabía que no iba a negarlo. No era como el resto de la gente en esa casa, que escondía lo que quería detrás de máscaras.

—Solo pidió tiempo. Solo un mes. Y acepté. Ya hablé con Vanessa y le expliqué todo. Ella está dispuesta a darme ese tiempo. Nuestro amor ha resistido el paso del tiempo. Ha pasado un año desde que me casé con esta mujer y Vanessa me siguió esperando. No le importó darme treinta días más.

Kate no podía creer lo que estaba oyendo. Se llevó las manos a la cara por la frustración. Pero ya no podía hacer nada; no le quedaba más remedio que aceptar lo que su hijo había decidido.

—Solo asegúrate de que esta sinvergüenza esté fuera de la vida de los Callister en cuanto termine el mes. No quiero que mi nuera querida tenga que esperar ni un día más.

—Sí —respondió él.

Althea, que se había quedado callada entre los dos, volvió a hablar.

—Sé muy bien cuál es mi posición. Y me iré en cuanto mi tiempo se acabe. Pero por ahora... solo quiero pasar lo que queda en paz. Es todo lo que pido.

Kate susurró con veneno y se dio la vuelta de forma brusca.

—Nunca te voy a ver como parte de esta familia —dijo antes de desaparecer por el pasillo. Sus pasos sonaban fuertes y rápidos, igual que cada palabra que le acababa de dirigir.

Althea suspiró largamente cuando la mujer se perdió de vista. Le temblaban un poco las manos, pero las escondió entre los pliegues de su vestido. Solo quedaba un hombre ahí, con esa misma mirada indiferente, como si ella no fuera más que un objeto desechado.

—No sabía que mi esposa fuera tan terca —se burló Daven. Dejó escapar una risa burlona—. ¿Tanto quieres ser mi esposa?

—¿Te arrepientes de haber aceptado mi petición? —preguntó Althea en voz baja. Su mirada era dulce, pero se veía empañada por el dolor y la decepción.

Daven le sostuvo la mirada un momento y luego negó.

—No. Pero sigo pensando que es ridículo.

—Está bien —dijo ella, forzando una sonrisa que apenas se notaba—. Lo que importa es que... yo no me voy a arrepentir.

Por un instante, el único sonido entre ellos fue el de la brisa. Daven desvió la cara, aunque sus ojos se quedaron fijos en las mejillas de ella, que estaban encendidas por el sol de la tarde... o quizás por aguantarse las lágrimas que no quería soltar.

Sin decir nada más, se dio la vuelta para irse. Pero antes de cruzar la puerta, su voz resonó a sus espaldas.

—Si tanto insistes... ¿eso significa que estás lista para compartir mi cama esta noche? ¿No es eso lo que querías? ¿Ser mi esposa en toda la extensión de la palabra?

Althea parpadeó, pasmada. Había sido la que hizo esa petición después de todo: pidió ser su esposa de verdad. Lo que significaba que... él tenía el derecho de tocarla. En cualquier momento. Durante los próximos treinta días.

Apretó los puños a los costados.

—Sí —contestó con voz firme. No podía retractarse ahora, ¿o sí? Aunque la idea hiciera que su cuerpo temblara de miedo.

Pero la respuesta de Daven fue tan seca como siempre.

—Qué lástima... no me interesa.

—Ya hiciste una promesa —dijo Althea con voz estable, sin rastro de vergüenza. Ya no tenía nada que perder, mucho menos su orgullo.

Él rio, pero no había rastro de calidez en su risa.

—¿En serio te vas a aferrar a eso? —Dio un paso hacia ella sin dejar de mirarla a los ojos—. Dime. ¿Tanto quieres ser mi esposa?

Retrocedió por puro instinto.

—No es eso...

—¿Ah, no? ¿Entonces qué es? —reprochó él—. Tú suplicaste por esto. Te ofreciste a ser mía por un mes.

Su voz era baja, peligrosamente tranquila. Estiró la mano y le rozó el mentón; no fue con ternura, pero tampoco con crueldad. Solo lo suficiente para obligarla a levantar la cara.

—Mañana en la noche —dijo, clavando su mirada en la de ella—, voy a llegar a casa no como el hombre con el que te casaste en un papel, sino como el esposo que tanto insististe que fuera.

A Althea se le cortó la respiración. Sus manos se volvieron a apretar contra su vestido, pero no le quitó la mirada de encima.

—Espero que estés lista —añadió Daven, apartándose un poco—. Porque no me voy a detener a preguntar si cambiaste de opinión.
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