Sería una mentira decir que Althea no estaba lastimada. Sería hipócrita decir que no se sentía triste o decepcionada. Pero... ¿qué podía hacer para detener todo esto? Incluso el hombre en el que alguna vez pensó que podía confiar resultó ser el primero en romperle el corazón.
No era ciega. Podía ver cómo Daven no hacía ningún esfuerzo por ocultar la relación con su amante. Y, sin embargo, frente a su abuela, él se ponía la máscara perfecta de un esposo atento y cariñoso.
—Dios —susurró con los ojos bien cerrados mientras la noche se volvía más profunda a su alrededor—. Mañana será otro día que tendré que enfrentar. Por favor, ten piedad de mí. Solo un poco de bondad, Señor. Por favor... concédeme esto.
Cuando le dijo lo que quería, nunca imaginó que Daven aceptaría. Por eso no podía permitirse desperdiciar esta oportunidad, que tal vez sería la única.
Un hijo.
Quería un hijo. Un compañero para los años por venir. Alguien a quien pudiera amar sin condiciones. Alguien que la llamara “mamá”, aunque esa fuera la única palabra cálida que escuchara en toda su vida.
Y sabía que esta podría ser su única oportunidad.
Ya no le quedaba nadie en el mundo. No le pediría nada a Daven. De hecho, ya tenía planeado desaparecer para vivir tranquilamente en algún lugar lejano con su hijo. Un lugar a donde Daven nunca fuera. Porque, para entonces, seguramente él estaría ocupado viviendo su vida perfecta con la mujer que amaba.
Ese era su deseo. No importaba cuánta gente pudiera llamarlo una tontería o una locura, ella seguía teniendo esperanza. Deseaba, con todo su corazón, que Dios fuera bondadoso y que su petición fuera concedida.
Por eso, esa mañana, Althea se paró frente al espejo de su habitación. Acomodó el suave fleco que acababa de recortarse. Un poco dudosa, le sonrió a su propio reflejo. Se había maquillado un poco, sin exagerar, solo lo suficiente para resaltar una belleza que rara vez mostraba.
Ese día quería verse hermosa.
Llevaba un vestido sencillo color crema que se ajustaba con delicadeza a su figura. Sonrió mientras su mano acariciaba la tela. Esa mañana planeaba prepararle a Daven un desayuno especial.
“Ya estoy lista”, susurró para sí misma. “Si tan solo Daven me abrazara en la cocina...”
“¡Ay, no!”
Sintió que las mejillas se le ponían rojas. Los recuerdos de varias novelas románticas que había leído pasaron por su mente, llenos de historias soñadoras sobre esposos cariñosos, amándose en cada rincón de la casa, con la pasión encendiéndose a cada contacto.
“¿Qué tan ingenua puedes ser?”, se burló de sí misma. “Daven nunca haría algo así”.
Pero... ¿la esperanza no se encontraba siempre por encima de lo imposible? Lamentablemente, esa frágil ilusión se hizo pedazos en el momento en que el timbre sonó en la planta baja, seguido por el inconfundible sonido de unos tacones y una risa fuerte y burlona.
—¿Quién podrá ser? —Bajó las escaleras lentamente. La pequeña sonrisa que había practicado frente al espejo empezó a desaparecer, reemplazada por una actitud tranquila pero alerta.
En la sala, una mujer estaba sentada con naturalidad. Llevaba un llamativo jumpsuit color vino y unos tacones brillantes.
Vanessa Blake.
Arrogante. Bella. Y plenamente consciente del poder de su presencia. Su cara era exactamente igual a como aparecía en la televisión y en muchísimos anuncios. En realidad, tenía que admitirlo: Vanessa parecía una diosa que había bajado a la Tierra.
Por desgracia, su sonrisa y sus modales decían lo contrario. Especialmente cuando se dirigía a Althea.
—¿Ah, sí? —Vanessa se dio la vuelta y recorrió a Althea con la mirada de pies a cabeza. Su sonrisa se volvió de desprecio—. Así que, después de todo, sí sabes cómo arreglarte.
Ella mantuvo la compostura.
—¿Hay algo en lo que pueda ayudarte?
—Vaya, ¿así que vamos al grano? —Vanessa se puso de pie y dio unas palmaditas ligeras al bolso de marca que tenía en el regazo—. ¿No me vas a ofrecer nada? ¿Algo de tomar, tal vez? —Se pasó el largo cabello por encima del hombro con mucha práctica—. Pensé que tendrías la decencia de saber cuál es tu lugar. En esta casa, tú eres la más indicada para atender a las visitas. Tu cara definitivamente queda con el papel.
Althea prefirió sonreír.
—No estoy aquí para conversaciones sin importancia —dijo Vanessa con desprecio—. Solo pasé por aquí. Quería ver por mí misma qué está haciendo mi prometido con una mujer que no sabe cuál es su lugar. Pensé que estabas mintiendo cuando le pediste tiempo a Daven, pero ahora veo que en serio estás loca.
—Todavía soy capaz de pensar con claridad.
Vanessa se rio burlonamente.
—¿Claridad? ¿Vestida así? ¿Esperando seducir a Daven? —Dio un paso al frente con los ojos encendidos—. ¡No eres más que una cualquiera!
Antes de que Vanessa pudiera agarrar su vestido, Althea se movió. Extendió la mano y sujetó la muñeca de Vanessa con firmeza, lo suficiente para detenerla.
—No me importa si piensas que soy una cualquiera. Pero, por ahora, sigo siendo la esposa de Daven.
Su mirada no flaqueó. Tampoco su agarre.
—¡Mídete, estúpida! —gruñó Vanessa. Pero luego se rio en voz baja—. Ay, linda... ese título de “esposa de Daven” solo existe en el papel. Todo el mundo lo sabe.
—Y todo el mundo sabe también que su boda todavía no se ha llevado a cabo —respondió Althea en voz baja pero firme—. Así que, hasta que llegue ese día, sigo siendo su esposa. Y voy a cumplir con ese papel como se debe.
Vanessa entrecerró los ojos.
—¿En serio crees que puedes tocarlo? ¿Que puedes hacer que se acueste contigo? Das lástima.
—No estoy esperando nada —dijo Althea, levantando el mentón apenas un poco—. No tienes por qué sentirte amenazada por todo esto, ¿o sí? Después de todo, ¿no se decidió ya quién es la verdadera ganadora?
Soltó la muñeca y dio un paso atrás. No quería tocar a la mujer que Daven amaba ni un segundo más de lo necesario.
Si no fuera por la enorme fuerza de su voluntad, ya estaría llorando solo por haber enfrentado a Vanessa esta mañana.
Vanessa se frotó la muñeca que Althea había sujetado. “¡Maldita mujer! ¿Cómo se atreve?” No iba a dejar que esto pasara así nada más. Althea lo pagaría muy caro.
—Sabes, siempre me he preguntado... —dijo Vanessa lentamente, con palabras que cortaban como dagas—, por qué Daven aceptó casarse contigo. No eres nadie. No tienes una familia importante, ni contactos influyentes, ni siquiera un apellido que valga la pena mencionar.
Si esas palabras hubieran venido de Kate, su suegra, tal vez habría podido aceptarlas. Pero viniendo de Vanessa, una extraña a quien, por desgracia, valoraban como si fuera de la familia en el círculo de los Callister, le dolieron más que nunca. Podía decirle lo que quisiera a Althea y nadie la detendría.
Ella no dijo nada, quedándose ahí con una calma forzada. Sabía que Vanessa la estaba provocando, buscando cualquier debilidad para atacar. Y Dios, qué difícil era luchar para no dejar caer las lágrimas.
—Antes pensaba que Daven se casó contigo por lástima. Pero ahora creo que... tal vez finalmente se dio cuenta de lo ambiciosa que eres en realidad. Actúas de forma callada, finges que eres muy inocente... pero detrás de esa pureza falsa, tienes tus truquitos, ¿no?
—Ya es suficiente —dijo Althea en voz baja—. Si viniste aquí solo para insultarme, no voy a seguirle el juego. No tengo intención de humillar a nadie.
—¿Humillar? —Vanessa se rio con burla—. Linda, ya te humillaste tú sola vistiéndote así. ¿Qué estabas pensando? ¿Que Daven te vería y se enamoraría de ti? ¿Que me dejaría por ti?
—Nunca esperé eso —respondió Althea con calma, manteniendo la voz firme—. Estoy cumpliendo con mi papel, porque es lo único que puedo hacer en este momento.
—¿Cumpliendo con tu papel? —Vanessa se burló—. Pareces una viuda sufriendo. Es trágico, en serio. Pero da todavía más lástima porque tu esposo está vivo... y enamorado de alguien más.
Althea se mordió el labio lentamente. Bajó la cabeza y respiró. No iba a llorar. No frente a Vanessa. Pero antes de que pudiera decir una palabra, unos pasos resonaron desde el piso de arriba.
Daven.
Acababa de salir de su habitación, con una camisa gris y pantalones de vestir. Se veía relajado, pero la dureza de sus ojos captó de inmediato la escena que pasaba al pie de las escaleras: Vanessa estaba demasiado cerca de Althea, quien se veía pálida, como si estuviera conteniéndose.
Antes de que él pudiera hablar, alguien más intervino.
—¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué tanto ruido tan temprano?
El tono cortante de Kate llenó la habitación mientras bajaba las escaleras, acompañada por sus dos hijas, Karina y Felicia. Las dos miraban a Althea con el mismo desprecio de su madre.
Vanessa no perdió tiempo y se puso en su papel de víctima.
—Solo vine porque estaba preocupada. Mírela... se vistió así solo para llamar la atención de Daven. Me preocupa... que se le esté olvidando cuál es su lugar.
—Válgame Dios —Kate miró a Althea de pies a cabeza—. ¿En qué estás pensando al ponerte algo así? ¿Dónde está tu decencia?
—No he hecho nada malo por usar esto. Estoy acostumbrada a vestirme así en casa —respondió ella, tratando de seguir siendo educada.
Karina se rio con burla.
—¡Ay, por favor! ¿Apenas llevas un año viviendo en esta casa y ya te sientes la dueña?
Y no fue solo ella. Felicia también intervino.
—¡Esta mujer se está volviendo más atrevida cada día! —exclamó, empujando el hombro de Althea con tanta fuerza que la hizo tambalearse, casi provocando que se cayera—. ¡Ubícate! ¡Tú no perteneces aquí! ¡Estás fuera de lugar!
—¡Ya basta!
Daven habló con fuerza y autoridad, haciendo que todos voltearan a verlo.
—No estarás pensando en defenderla, ¿verdad? —preguntó Karina, sorprendida.
Él suspiró, agotado.
—No estoy defendiendo a nadie. Solo quiero que esta mañana pase sin ninguno de sus teatritos. Ya tengo suficiente con el trabajo.
Vanessa hizo un gesto de disgusto, con los labios hacia afuera.
—Voy a tomar eso como que la estás defendiendo a ella, mi amor.
Daven exhaló.
—Eso nunca podría pasar.
Se acercó a Vanessa y le acomodó el cabello con delicadeza, ignorando la tristeza que nublaba la mirada de Althea a solo unos pasos de distancia.
¿A Daven le importaba?
Para nada.
—Les pido a todas que terminen con esta discusión. Necesito paz y tranquilidad —el tono de Daven era plano, sin emociones, pero lo suficientemente firme para callar a todos en la sala.
Kate suspiró molesta.
—Ay, Dios, está bien. Desayunaré en otro lado.
Se dio la vuelta y se fue sin esperar respuesta, seguida de cerca por Karina y Felicia; ambas le lanzaron miradas de desprecio a Althea al pasar. Vanessa se quedó donde estaba, mirándola con una furia mal disimulada antes de irse, con pasos rápidos por la molestia.
Cuando las cuatro desaparecieron de la sala, se hizo el silencio.
Daven se frotó la cara lentamente, viéndose totalmente agotado.
—Lo que sea que esté pasando entre ustedes, no me metan en sus problemas esta mañana.
Althea, que se había mantenido tranquila a pesar de que el corazón se le partía, encontró el valor para mirar a su esposo. Su voz sonaba suave, pero firme.
—Entonces, por favor permite que te prepare el desayuno. Solo tardaré cinco minutos. No has comido nada todavía, ¿verdad?
Daven no respondió. Se quedó mirándola un momento con una actitud difícil de leer. Luego asintió.
—Está bien. Solo no me hagas perder el tiempo.
Althea asintió y se fue en silencio hacia la cocina. Cinco minutos después, regresó con una charola que tenía un pan tostado bien acomodado, un huevo estrellado y una taza de café humeante; hasta la servilleta estaba doblada a la perfección.
Daven ya estaba sentado a la mesa del comedor, revisando unos documentos en su tableta.
—Aquí tienes —dijo Althea, poniendo la charola frente a él—. Sé que es sencillo, pero... espero que te ayude a empezar bien el día.
Daven miró la comida por un segundo y luego empezó a comer sin decir mucho.
Jaló una silla y se sentó frente a él, cruzando las manos sobre el regazo. Abrió los labios, dudando al principio, pero luego volvió a hablar.
—No has olvidado tu promesa, ¿verdad? —preguntó con suavidad—. Solo quería recordártelo.
Daven dejó el tenedor y el cuchillo, encontrándose con su mirada con una actitud indiferente.
—No.
Ella asintió un poco.
—Entonces yo cumpliré con mi parte como tu esposa, como debe ser. Te prepararé el desayuno, me aseguraré de que no olvides ningún documento importante para el trabajo —dijo con una sonrisita—, y todo lo demás que una pareja casada haría.
Daven suspiró y se masajeó las sienes.
—No quiero dramas innecesarios. Ya conoces los límites. No hagas que me arrepienta de haber aceptado esto.
—No haré que te arrepientas —respondió Althea, dándose ánimos a sí misma. Sus ojos café se clavaron en los de él sin dudar—. Solo una cosa esta mañana... solo quiero pedirte una cosa.
Daven le devolvió la mirada, sin interés.
—¿Qué es?
—¿Podrías darme... un beso de buenos días?