Mundo ficciónIniciar sesiónEl despertador sonó como una sentencia de muerte a las seis de la mañana. Emma solo había dormido tres horas, pero el silencio del apartamento de Daniel era tan opresivo que prefirió el bullicio del hospital. Se miró al espejo, se recogió el cabello rubio en una trenza apretada y, por un segundo, dudó en ponerse el anillo de compromiso. Finalmente, lo deslizó en su dedo; era su ancla, o quizás, su recordatorio de quién debía ser.
Al llegar al St. Thomas, el ambiente era eléctrico. Un frente frío sobre Londres había provocado una serie de accidentes en cadena en la autopista A40.
—¡Raves! ¡A la unidad móvil uno, ahora! —gritó la voz de trueno de Noah Brook. No hubo preámbulos, no hubo "buenos días".
Emma corrió hacia la salida de ambulancias. Noah ya estaba allí, subiendo al vehículo con un maletín de trauma. Su bata blanca había sido reemplazada por una chaqueta técnica del hospital. Se veía imponente, una fuerza de la naturaleza en medio del caos.
—Suba —ordenó él sin mirarla.
El trayecto fue un torbellino de sirenas y lluvia torrencial. Emma sentía la mirada de Noah sobre ella, evaluándola.
—Hoy no habrá sombras donde esconderse, Raves —dijo él sobre el estruendo de la sirena—. Vamos a un rescate en carretera. Una mujer atrapada. Si parpadea, la perdemos.
Cuando llegaron, la escena era dantesca. Un camión había embestido a un pequeño coche azul. Dentro, una señora mayor, de cabello canoso y ojos nublados por el dolor, estaba atrapada entre el volante y el asiento.
—Se llama Margaret —dijo un bombero mientras Noah y Emma se arrodillaban en el asfalto mojado.
—Margaret, soy el Dr. Brook. Esta es la Dra. Raves. Vamos a sacarla de aquí —dijo Noah con una voz que Emma nunca le había oído: era profunda, calmada, casi suave.
Emma se deslizó por el espacio reducido para alcanzar el brazo de la mujer. Margaret la miró y apretó su mano con una fuerza sorprendente.
—Tengo... tengo que ir al cumpleaños de mi nieto —susurró la mujer, con sangre brotando de una herida en la frente.
—Irá, Margaret. Se lo prometo —respondió Emma, y en ese momento, no era la residente insegura. Era la doctora que Noah sabía que existía.
Durante cuarenta minutos, bajo una lluvia que calaba hasta los huesos, Emma trabajó codo a codo con Noah. Él cortaba, ella sellaba vasos. Él daba órdenes técnicas, ella mantenía a Margaret consciente, hablándole de su nieto, de Londres, de cualquier cosa para evitar que se entregara a la oscuridad.
—Lo estás haciendo bien, Emma —susurró Noah. Fue la primera vez que usó su nombre de pila. El corazón de ella dio un vuelco que no tuvo nada que ver con la medicina.
Lograron liberarla. Subieron a la ambulancia a toda prisa. El monitor pitaba de forma rítmica, pero inestable. Noah iba al mando, monitorizando los signos vitales, mientras Emma preparaba una vía central.
—Está entrando en shock hipovolémico —advirtió Noah, su rostro ensombrecido por la luz roja de la ambulancia—. Raves, mantén presión en la arteria femoral. ¡No la sueltes!
—No lo haré. Margaret, mírame. Quédate conmigo —rogaba Emma.
Pero a solo dos manzanas del St. Thomas, el sonido rítmico del monitor se convirtió en un pitido largo y monótono. Una línea plana.
—¡Entró en asistolia! —gritó Emma.
Inmediatamente, ella se subió sobre la camilla, en medio del movimiento brusco de la ambulancia, y comenzó las compresiones torácicas. Uno, dos, tres, cuatro...
La ambulancia frenó en seco frente a Urgencias. Las puertas se abrieron y el aire frío y la lluvia golpearon sus rostros. Los paramédicos bajaron la camilla a toda prisa, pero Emma no se detuvo. Seguía sobre la camilla, empujando con todas sus fuerzas contra el pecho de Margaret, mientras el agua le cegaba los ojos y empapaba su bata.
—¡Vamos, Margaret! ¡Dijiste que irías al cumpleaños! —gritaba Emma, con la voz rota por el esfuerzo—. ¡Vuelve! ¡Uno, dos, tres...!
El equipo de urgencias, incluyendo a Dominic y Mia, salió a recibir la camilla, pero se detuvieron al ver la escena. Noah estaba de pie junto a la camilla, observando el reloj y luego el rostro de la paciente.
—Emma... basta —dijo Noah. Su voz no era la del ogro, sino la de un hombre que conocía perfectamente el final de la historia.
—¡No! ¡Tiene pulso, lo sentí! —mintió Emma, desesperada, continuando las compresiones. Sus manos estaban cubiertas de una mezcla de lluvia y sangre.
—¡Emma, detente! —Noah la tomó por los hombros. Ella intentó zafarse, pero él era mucho más fuerte. La bajó de la camilla, mientras los enfermeros rodeaban el cuerpo inerte de Margaret.
—¡Podemos salvarla! ¡Traigan el desfibrilador! —gritó ella hacia Dominic, pero Dominic solo bajó la mirada y negó con la cabeza.
—Hora de muerte: 08:42 —anunció Noah con firmeza, su voz cortando el sonido de la lluvia.
Emma se quedó paralizada en medio de la entrada de ambulancias. El agua caía a cántaros, lavando la sangre de sus manos. El cuerpo de Margaret fue cubierto con una sábana blanca y trasladado hacia el interior del hospital en un silencio sepulcral.
Emma sintió que las piernas le fallaban. Se dejó caer de rodillas sobre el asfalto mojado, sollozando en silencio. Había dado todo, y no había sido suficiente.
Noah se acercó a ella. No se arrodilló, pero se quedó allí, como un escudo humano contra la lluvia, permitiendo que su propia ropa se empapara mientras la cubría con su sombra.
—Dolió, ¿verdad? —preguntó él. Su tono era gélido, pero no cruel.
—Le prometí que iría al cumpleaños de su nieto —sollozó Emma, mirando sus manos vacías—. Usted dijo que yo era buena, usted dijo...
—Usted es excelente, Dra. Raves. Por eso duele tanto —la interrumpió Noah, obligándola a levantarse tomándola de los brazos—. Escúcheme bien. Hoy ha sido una doctora. Se ha ensuciado, ha luchado en el barro y ha mantenido a esa mujer viva más tiempo del que cualquier otro habría logrado. Pero no somos dioses.
Emma lo miró a los ojos. Las gotas de lluvia corrían por el rostro de Noah, perdiéndose en su mandíbula marcada. Por un momento, el odio que sentía por él se transformó en algo mucho más peligroso: una gratitud desesperada.
—¿Cómo lo hace? —susurró ella—. ¿Cómo puede apagarlo todo y seguir como si nada?
Noah se acercó a su oído, y su aliento cálido fue el único contraste contra el frío de Londres.
—No lo apago, Emma. Simplemente aprendo a vivir con el peso. Ahora, entre ahí, lávese la cara y vuelva al trabajo. Tenemos otros cien pacientes que sí tienen una oportunidad. No desperdicie su luto con los muertos cuando los vivos la necesitan.
Él la soltó y caminó hacia el hospital sin mirar atrás. Emma se quedó sola un momento más, sintiendo el peso del anillo de Daniel en su dedo, un anillo que de repente se sentía como un grillete. El mundo de Daniel era de seda y perfumes; el mundo de Noah era de sangre, lluvia y verdades brutales.
Y ella, por primera vez, sabía a cuál pertenecía.







