El aire en los pasillos del St. Thomas se sentía diferente para Noah Brook. Caminaba con una energía contenida, una mezcla de euforia post-adrenalina y una paranoia que intentaba sepultar bajo su máscara habitual de indiferencia. Se había ajustado el cuello de la camisa bajo la bata hasta el último botón, pero la quemadura del beso de Emma en su cuello parecía latir con vida propia.
Cuando entró en su oficina, se detuvo en seco. Dominic Ashford estaba repantingado en su silla de cuero, mientras