Mundo ficciónIniciar sesiónIan Winchester es el implacable CEO que lo tiene todo bajo control, excepto su propia salud. Annie Rothschild es la insignificante asistente que cometió el error de verlo caer en su momento más vulnerable. Tras una filtración que pone en jaque el imperio Winchester, Ian busca venganza y la acusa de traición. Para frenar el escándalo financiero, la acorrala con una propuesta despiadada: firmar un contrato de matrimonio falso para limpiar su nombre ante la prensa, o ver morir a su madre en la ruina. Obligada a casarse con el hombre que la mira con desdén, Annie deberá sobrevivir en un nido de víboras corporativas mientras cuida, en secreto, al monstruo que jura odiarla. En este juego de poder, solo hay una regla inquebrantable: prohibido enamorarse del dueño de tu destino. Pero... ¿qué pasa cuando las noches de fingimiento y tensión abrasadora se salen de control, y el mismo destino la lleva a terminar embarazada de trillizos del implacable CEO?
Leer másLos presentes, habituados a su mundo de lujos, conversaban animadamente entre ellos. Se movían de un lado a otro buscando interacción social, pero no cualquier intercambio; allí, todos apuntaban a lo grande. A diferencia de ellos, Annie Rothschild ya no soportaba el terrible dolor de pies ni el ligero dolor de cabeza que comenzaba a intensificarse.
La joven había estado de aquí para allá en un ajetreo capaz de enloquecer a cualquiera. Como asistente junior de la agencia Fitzwilliam, su trabajo consistía en ser la empleada perfecta. —Oh, vamos, Annie. Haz lo tuyo —se dio ánimos en silencio. Acomodó la cinta de su credencial, donde su nombre brillaba bajo el ostentoso logo de la agencia, y dejó escapar un suspiro. Solo necesitaba aguantar un par de horas más. Con su madre en el hospital y las facturas médicas apilándose en la mesa de su pequeña cocina como una montaña infranqueable, perder aquel empleo de sueldo mínimo simplemente no era una opción. Se adentró en el pasillo de servicio buscando un atajo hacia los vestidores, cuando un sonido agudo y rasposo la paralizó en seco. Era el sonido aterrador de alguien luchando desesperadamente por respirar. Pensó que tal vez era parte de su imaginación, pero no pudo hacer oídos sordos. —¿Qué ha sido eso? —susurró. Avanzó con cautela y pronto descubrió que aquel sonido le pertenecía al hombre que estaba de rodillas contra la pared. Al enfocar la vista, el corazón le dio un vuelco: era él. Se trataba de Ian Winchester. Un hombre conocido por ser implacable, inalcanzable y temido en el mundo de los negocios. El mismo hombre que había dado un discurso impecable hacía tan solo media hora ante cientos de personas, ahora se aferraba al pecho con la cara pálida, tornándose rápidamente grisácea. Ian boqueaba en busca de un hilo de aire que se negaba a entrar en sus pulmones. A varios metros de él, fuera de su alcance, un pequeño cilindro de plástico había rodado por el suelo: un inhalador. El instinto de Annie, forjado en servir a los demás y guiado por su lado más humano, tomó el control. No gritó, ni corrió a buscar a los guardias de seguridad o a los paramédicos. Sabía perfectamente que un hombre tan poderoso como Winchester preferiría morir antes que mostrar una debilidad tan humana ante las cámaras. Se dejó caer de rodillas a su lado, recuperó el inhalador y, sin dudarlo un segundo, se lo llevó a los labios pálidos. —Inhala profundo —ordenó Annie con una voz baja y firme que ni ella misma reconoció—. Todo va a estar bien, lo prometo. Ian estaba al borde del desmayo, pero sus ojos zafiro, ahora tan oscuros como la noche, parecieron feroces, como los de un hombre que se resistía a doblegarse ante su mayor debilidad. Annie sintió que esa mirada le leía el alma y, por un instante, quiso huir. Entonces, él atrapó el inhalador con dedos temblorosos, rozando la piel de Annie. En medio del ataque, la mano grande y fría del multimillonario se cerró alrededor de la muñeca de la chica con una fuerza desesperada. Era un agarre que delataba el pánico puro de un hombre que siempre tenía el control y acababa de perderlo por completo. El silbido del medicamento llenó el tenso silencio. Uno, dos, tres segundos eternos... Poco a poco, el ancho pecho de Ian dejó de convulsionar y el aire volvió a llenar sus pulmones. Sin embargo, la gratitud no apareció; de inmediato, una profunda molestia cruzó sus facciones al verse descubierto. Era como si el buen acto de Annie pasara a segundo plano, convirtiéndose para él en una ayuda humillante que jamás pidió. Annie soltó el aire que no se había dado cuenta que estaba reteniendo. Se dispuso a ponerse en pie para desaparecer por donde había venido, pero tuvo que contenerse al escuchar risas y el constante taconeo de personas que se acercaban al pasillo. Si los veían allí... Si la élite descubría al invencible Ian Winchester colapsado en el suelo de un pasillo de servicio, o peor aún, si malinterpretaban la situación, se armaría un escándalo de inmediato. La reacción de él fue puro instinto de supervivencia. En una fracción de segundo, Ian recuperó su imponente fuerza, agarró a Annie por la cintura y, de un solo movimiento veloz, la arrastró hacia el rincón más oscuro del pasillo. Ella ahogó un grito por la sorpresa. Él la acorraló de espaldas contra la pared, cubriéndola por completo con su fornido cuerpo. Annie se quedó rígida. Estaban tan cerca que podía sentir el calor abrasador que emanaba de él a través del traje a medida, y el ritmo acelerado de su corazón golpeando contra su propio pecho. Parecía una situación de vida o muerte. Cuando el peligro pasó y fue seguro dejar de ocultarse, Ian no se apartó. Al contrario, adrede, continuó bloqueando su salida, poniéndola sumamente tensa. —¿Q-qué hace? Por favor, aléjese. Ya se han ido —suplicó, intentando en vano sonar firme. Ian se inclinó ligeramente. En la penumbra, su mirada afilada bajó hasta el pecho de ella y se detuvo un microsegundo en la credencial que colgaba de su cuello: Annie Rothschild - Asistente - Agencia Fitzwilliam. Su mente calculadora memorizó el nombre en un parpadeo. Luego, acercó su rostro al de ella. Su respiración, aún cálida y ligeramente agitada, le acarició el cuello, erizándole la piel de golpe. Annie se vio obligada a cerrar los ojos para mitigar el efecto que la cercanía de ese hombre causaba en ella. Ni con toda su fuerza de voluntad pudo evitar el escalofrío que recorrió lo más recóndito de su ser. Su perfume amaderado la envolvía, obligándola a pasar saliva con dificultad. —Si una sola palabra de esto sale de tu boca —susurró él, con una voz grave y profunda que retumbó en su cabeza—, me encargaré personalmente de destruir tu vida. Ella tembló. Sabía que el implacable CEO Winchester nunca mentía.Noah permanecía anclado a mi costado derecho, con una solidez física que contrastaba con la agitación del ambiente. Su mano libre envolvía mis dedos con una presión sorda, casi protectora, mientras con la otra sostenía un vaso corto donde el hielo ya empezaba a derretirse bajo la luz mortecina de los faroles. Al frente, la inmensa silueta de Manhattan recortaba el cielo oscuro con sus picos de hormigón y cristal, parpadeando de forma caótica. —Te conozco esa mirada, De la Vega —dijo Noah, rompiendo la inercia del silencio. Se inclinó lo justo para esquivar el ruido de la música, rozando el borde de mi oreja con un tono de voz áspero, desprovisto del filtro frío que solía usar ante las cámaras—. Estás haciendo inventario de bajas otra vez. —Solo calculaba el desfase temporal —admití, esbozando una sonrisa torcida que no llegó a transformarse en risa completa mientras giraba el cuerpo para sostenerle la mirada—. Hace veinticuatro meses exactos estábamos encerrados en la maldita gala
Nueva York, un año después. Nuestra boda no iba a ser un evento corporativo. Después de pasar años asistiendo a galas de la compañía donde cada sonrisa era un cálculo y cada apretón de manos una estrategia, Noah y yo teníamos una sola regla para nuestro gran día: privacidad absoluta.Elegimos la azotea de un antiguo edificio industrial restaurado en Brooklyn, con vistas directas al skyline de Manhattan. Era el atardecer, la hora en que el cielo se tiñe de tonos cobrizos y violetas, el mismo tipo de luz bajo la cual habíamos diseñado nuestras mejores colecciones. No había prensa, no había fotógrafos de moda, y, por supuesto, no había nadie de nuestro pasado. Solo nuestras familias, nuestro pequeño equipo del estudio y un par de amigos cercanos.Me miré en el espejo de cuerpo entero en la habitación contigua a la terraza. No llevaba un vestido de novia tradicional. Lo había diseñado yo misma durante meses: un traje de dos piezas en seda de tono marfil, con un corte asimétrico y minimali
Perspectiva de NoahEl estudio estaba en silencio, iluminado únicamente por las luces de la ciudad que se filtraban a través de los enormes ventanales de nuestro ático. Había sido una semana agotadora cerrando los detalles de la colección de aniversario, y Miranda había subido a descansar hacía un par de horas.Me serví un vaso de agua y caminé hacia la mesa central del salón, donde ella había estado trabajando más temprano en su collage digital. Sin embargo, lo que llamó mi atención no fue la pantalla apagada de su tableta, sino la vieja libreta de cuero que le regalé hace cinco años. Estaba abierta justo en el centro de la mesa, iluminada por un pequeño haz de luz de la lámpara de lectura, como si hubiera sido dejada allí a propósito para que yo la encontrara.Sonreí, sacudiendo la cabeza. Miranda y sus misterios. Me acerqué y bajé la vista hacia las páginas. Esperaba encontrar el bosquejo final de algún vestido que no la dejaba dormir, o tal vez una nueva estructura para la campañ
Perspectiva de Miranda Cinco años. Ese era el tiempo exacto que había transcurrido desde que decidimos que jamás volveríamos a ser piezas en el tablero de ninguna corporación. La luz ambarina del atardecer se filtraba por los inmensos ventanales de la sede principal de Sinclair & De la Vega en Manhattan. Me encontraba en mi despacho privado, inmersa en la creación de un collage digital de estilo scrapbook que serviría como portada y concepto visual para nuestro libro retrospectivo de aniversario. Había pasado las últimas horas ajustando filtros, añadiendo texturas superpuestas y pequeños garabatos artísticos en la pantalla, completamente aislada del bullicio de la ciudad. Llevaba puestos mis grandes auriculares de diadema. Para concentrarme, siempre necesitaba que la música me envolviera con una fidelidad absoluta, detestaba que se perdiera el más mínimo detalle sonoro. Había conectado el cable a mi teléfono usando mi adaptador DAC, deslizándome por la interfaz oscura de Samsung
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