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CAPÍTULO 4: Mediocridad y Diamantes

Emma entró con los hombros tensos. Noah estaba de espaldas, observando la ciudad. No se giró cuando la puerta se cerró.

—Sus notas en la universidad fueron perfectas, Raves —dijo él, su voz era un látigo de seda—. Matrículas de honor en anatomía, la mejor de su clase en técnica quirúrgica. Se supone que usted es un purasangre.

Emma frunció el ceño. —Hice mi trabajo hoy, doctor.

Noah se giró lentamente, apoyando la cadera contra su escritorio de caoba. Sus ojos azules la recorrieron con una intensidad que la hizo sentir desnuda.

—No, no lo hizo. Hizo lo mínimo indispensable para no ser expulsada. Se escondió detrás de Mia, dejó que Fabricio tomara las suturas más visibles y se limitó a ser una sombra. ¿Por qué una mujer con su capacidad se esfuerza tanto en ser mediocre?

—No busco gloria, Dr. Brook. Busco aprender y salvar vidas —respondió ella, apretando los puños.

—Mentira —espetó él, dando un paso hacia ella—. Usted busca invisibilidad porque tiene miedo. Miedo de que, si brilla, el mundo espere algo de usted. Se conforma con esa vida de catálogo que lleva: un prometido, una boda de sociedad y un puesto cómodo. Pero aquí... —Noah señaló el suelo— ...aquí la mediocridad mata.

—¡Usted no sabe nada de mi vida! —estalló Emma, dando un paso al frente, desafiándolo—. ¿Me llama mediocre por no querer ser un arrogante como usted?

Noah acortó la distancia. Estaba tan cerca que Emma podía sentir el calor de su cuerpo.

—Le doy un consejo, Raves: si va a ser una cirujana bajo mi mando, o es la mejor, o es nada, pero si mañana vuelve a esconderse en las sombras, la enviaré a administrar la clínica de vacunas del este de Londres. No permitiré que desperdicie su talento solo porque le da miedo destacar.

—¿Por qué le importa tanto lo que yo haga? —susurró ella, con la respiración entrecortada.

Noah guardó silencio un segundo. Sus ojos bajaron a los labios de Emma y luego a su mano izquierda.

—Porque odio el desperdicio. Ahora fuera de aquí. Váyase a su casa de cristal

Tres horas mas tarde Emma llegó a su lujoso apartamento en Chelsea pasadas las cuatro de la mañana. El silencio era sepulcral. Las luces automáticas se encendieron, revelando una sala de estar que parecía sacada de una revista de decoración: fría y perfecta.

Sobre la isla de mármol de la cocina, una nota escrita con caligrafía impecable la esperaba junto a un ramo de orquídeas blancas.

"Cariño, surgió un imprevisto con la planta de producción en Singapur. Estaré fuera diez días. Te dejé una reserva en el spa para el sábado, necesitas relajarte. No te canses demasiado en ese hospital. Te quiero. — Daniel."

Emma arrugó la nota y la dejó caer. No había rastro de Daniel, solo el olor a su perfume costoso flotando en el aire. Se miró el anillo de compromiso. Daniel quería una esposa que lo acompañara a galas; Noah Brook quería una cirujana que dominara el quirófano.

Se dejó caer en el sofá, exhausta. Las palabras de Noah daban vueltas en su cabeza: "Usted busca invisibilidad porque tiene miedo".

—Imbécil —susurró Emma hacia el techo vacío—. Un imbécil que tiene razón.

Se llevó las manos a la cara. Por primera vez en años, la "vida perfecta" que Daniel le ofrecía se sentía como una jaula de oro, mientras que el caos tóxico del St. Thomas, con los gritos de Noah y el olor a hospital, la hacía sentir, por fin, despierta.

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