Mundo ficciónIniciar sesión—Si vuelvo a ver una sutura así de floja, Raves, la usaré para coserte la boca y que dejes de quejarte —había sido lo último que le dijo Noah antes de desaparecer hacia el quirófano 4.
—¿Siguen vivos? —preguntó Fabricio, dejándose caer en un banco de madera en el pasillo de descanso. Tenía una mancha de sangre en la mejilla, pero su cabello seguía extrañamente perfecto.
—Apenas —susurró Samantha, que tenía tres libros abiertos sobre sus rodillas—. He visto tantos escaneos cerebrales hoy que creo que mi propio cerebro está haciendo cortocircuito.
—Al menos no te tocó con el Dúo Dinámico del Dolor —dijo Mia, señalando hacia el final del pasillo.
Dos hombres se acercaban charlando animadamente. Uno de ellos vestía el uniforme azul de Emergencias, con las mangas arremangadas y una sonrisa que parecía iluminar el pasillo oscuro. El otro, un poco más serio pero de mirada amable, llevaba el gorro quirúrgico colgando del cuello.
—¡Vaya! Pero si son los nuevos sacrificios del Dr. Brook —exclamó el de emergencias, deteniéndose frente a ellos—. Soy el Dr. Dominic
Ashford, jefe de Urgencias. Si sobreviven a Noah, yo soy el que se encarga de que no se vuelvan locos aquí abajo.—Y yo soy el Dr. Liam
Vance, anestesiología —dijo el otro, extendiendo una mano hacia Mia, quien se quedó mirándolo un segundo más de lo necesario—. Mi trabajo es mantener a los pacientes dormidos para que Noah no los asuste con su carácter.—¿Es siempre así? —preguntó Emma, acercándose—. ¿O solo tiene un problema personal conmigo?
Dominic soltó una carcajada que resonó en el pasillo. —Oh, Raves, ¿verdad? Noah no tiene problemas personales. Él odia a todo el mundo por igual. Pero he oído que hoy te ha dedicado más palabras que al resto de nosotros en una semana. Eso es... una señal.
—¿Una señal de qué? ¿De que quiere que renuncie? —replicó Emma con ironía.
—O de que no le eres indiferente —intervino una voz femenina y firme.
Una doctora de unos treinta y tantos, con una presencia que irradiaba autoridad y elegancia, se unió al grupo.
—Soy Beatriz, jefa de Ginecología. No le hagas caso a Dominic, solo le gusta el drama. Brook es un excelente cirujano, pero tiene el tacto de un lija. Si necesitas un refugio lejos de sus gritos, mi planta siempre es más tranquila... a menos que haya tres partos a la vez.
—Gracias, doctora —dijo Cloe, irguiéndose—. Soy Cloe Sterling. Me asignaron a Cardiología.
—Ah, entonces estarás bajo el mando del Dr. Marcos
Vancamp —Beatriz señaló a un hombre que caminaba unos pasos atrás, concentrado en una tableta.Marcos se detuvo, ajustó sus gafas y miró al grupo de R1. —Llegan tarde a la ronda de las seis. Sterling, Beckett, Conti... muévanse. Las enfermedades no se toman descanso para hacer vida social.
—Este lugar es una máquina de picar carne —susurró Fabricio mientras se levantaba.
Dominic le guiñó un ojo a Cloe antes de que ella se fuera. —Nos vemos en la cafetería, Sterling. Si sobrevives a Vancamp, te invito un café de verdad, no esa agua sucia que beben los residentes.
Cloe se sonrojó levemente, pero mantuvo la compostura.
Emma se quedó un momento sola con Liam y Dominic antes de que una enfermera gritara por un Código Azul.
—¡Raves! ¿Qué hace ahí parada admirando el paisaje? —La voz de Noah Brook tronó desde el ascensor—. ¡Suba a la planta cuatro! El Dr. Vance ya debería estar allí preparando la sedación y usted va a ser mi segunda asistente en una toracotomía de emergencia. ¡Muévase!
Emma miró a Liam, quien le dio una sonrisa tranquilizadora. —Bienvenida al St. Thomas, Emma. Trata de no respirar muy fuerte, a Noah le molesta el aire que usan los demás.
Emma corrió hacia el ascensor, entrando justo antes de que las puertas se cerraran. Noah estaba allí, solo, revisando unas placas. El espacio se sentía minúsculo. El aroma a sándalo de su perfume la envolvió de nuevo.
—¿Asustada, Dra. Raves? —preguntó él sin mirarla.
—No, doctor. Solo... cansada —respondió ella, tratando de que su voz no temblara.
—El cansancio es para los civiles. En mi quirófano, usted es una extensión de mi bisturí. Si falla, el paciente muere. Y si el paciente muere por su culpa, me aseguraré de que lo último que vea en su carrera médica sea mi cara.
Emma lo miró de reojo. Sus ojos azules estaban fijos en las placas, pero ella pudo jurar que vio una leve curvatura en la comisura de sus labios. ¿Era una sonrisa o simplemente otra forma de tortura?
El ascensor se abrió con un ding y la adrenalina volvió a dispararse. El primer día aún no terminaba, y Emma sentía que lo peor o lo más excitante estaba por venir.







