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CAPÍTULO 6: El Silencio de la Resiliencia

El St. Thomas no se detuvo por el alma de Margaret. El hospital continuó su marcha rítmica de máquinas y urgencias, pero dentro de Emma Raves algo se había quebrado y vuelto a unir en una forma diferente. Siguiendo las instrucciones de Noah al pie de la letra, se convirtió en un autómata de la medicina. No hubo réplicas, no hubo dudas, no hubo cansancio. Solo una eficiencia gélida que empezó a inquietar a quienes la conocían.

—No ha probado bocado en seis horas —susurró Mia a Fabricio mientras observaban a Emma canalizar a un paciente con una precisión quirúrgica casi aterradora—. Ni siquiera ha protestado cuando Brook la mandó a revisar los drenajes del cuarto piso por segunda vez.

—Está en modo supervivencia —respondió Fabricio, preocupado—. Se le ve en los ojos. No son ojos de Emma, son ojos de... alguien que se ha ido.

Los murmullos llegaron a los oídos de Noah Brook durante la ronda vespertina. Dominic se le acercó mientras revisaban unos expedientes en la central de enfermería.

—Tu pequeña protegida se está rompiendo, Noah —dijo Dominic en voz baja—. Mis enfermeras dicen que no ha despegado los ojos de las gráficas ni para beber agua. La estás presionando demasiado después de lo de Margaret.

Noah no levantó la vista del papel. —Es una residente de cirugía, Dominic. Si no puede manejar una pérdida, que se dedique a la dermatología.

—No seas cínico. Ella no es como nosotros aún. No ha endurecido el cuero —insistió Dominic—. Ten cuidado, o la vas a perder antes de que empiece.

Noah apretó el bolígrafo con fuerza, pero antes de que pudiera responder, el ascensor se abrió. Una familia entró al área de espera de urgencias: un hombre joven con el rostro desencajado, una mujer llorando y un niño pequeño, de no más de cinco años, que sostenía un dibujo hecho con crayones.

Eran los hijos de Margaret. Y el nieto del cumpleaños.

Emma, que estaba saliendo de un cubículo, se detuvo en seco. La sangre se le escapó del rostro. Noah la observó desde la distancia, esperando verla flaquear, pero Emma simplemente enderezó la espalda y caminó hacia ellos.

—¿Dra. Raves? —preguntó el hombre—. Nos llamaron... dijeron que hubo un accidente. Mi madre, Margaret...

Emma se detuvo frente a ellos. Su voz salió estable, pero cargada de una pesadumbre que llenó el pasillo. —Soy la doctora Emma Raves. Estuve con su madre en el lugar del accidente y en la ambulancia.

El niño tiró de la bata de Emma. —¿Mi abuela va a venir a mi fiesta? Traje este dibujo para ella. Es un pastel.

Emma sintió un nudo en la garganta que amenazaba con asfixiarla, pero miró al niño a los ojos y luego a su padre. —Lo siento mucho. Margaret sufrió lesiones muy graves. Luchamos con todo lo que teníamos, se lo aseguro, pero su corazón no resistió. Ella se fue sabiendo que hoy era un día especial. No sufrió al final.

Los gritos de dolor de la familia cortaron el aire del hospital. Emma permaneció allí, firme, recibiendo el peso de su angustia, permitiendo que el hombre se apoyara en su hombro mientras sollozaba. Fue una escena desgarradora que hizo que incluso las enfermeras más veteranas bajaran la vista.

Noah se acercó minutos después, cuando el equipo de asistencia social se hizo cargo de la familia. Emma estaba de pie, mirando hacia la nada, con las manos temblando levemente a los costados.

—Dra. Raves —dijo Noah, su voz recuperando la dureza profesional—. Ya cumplió con su deber informativo. Regrese a la sala de trauma. El dolor de ellos no va a curar a los pacientes que aún respiran. Sus distracciones son peligrosas.

Emma lo miró. No había ira en sus ojos, solo una fatiga infinita. —Entendido, Dr. Brook.

—Vaya —ordenó él.

Emma asintió y se alejó por el pasillo hacia la zona de descanso de los residentes. Noah la siguió con la mirada hasta que desapareció tras las puertas batientes.

Una hora después, el hospital entró en ese extraño limbo de la tarde noche. Noah, extrañamente inquieto, pasó por la central de enfermería.

—¿Dónde está Raves? —preguntó a Samantha, que estaba escribiendo notas—. Le pedí que preparara el quirófano para la laparoscopia de las siete.

—No lo sé, doctor —respondió Samantha, frunciendo el ceño—. No la he visto desde que habló con la familia de Margaret. Pensé que estaba con usted.

Noah caminó hacia el comedor de residentes. Allí estaban Mia y Liam compartiendo un sándwich. —¿Han visto a Raves? —preguntó Noah, su tono subiendo de octava.

—No desde hace una hora, jefe —dijo Liam, poniéndose serio—. Fabricio la buscó en los dormitorios y no está.

—Dijo que necesitaba un minuto de aire —añadió Mia, mirando a Noah con reproche—. Pero eso fue hace mucho tiempo.

Noah sintió una punzada de algo parecido a la alarma, aunque su mente lógica intentaba descartarlo. Emma no era de las que abandonaban su puesto. Miró por la ventana; la lluvia seguía cayendo con una fuerza implacable, convirtiendo a Londres en un borrón de luces grises.

"¿A dónde irías si el mundo se te cayera encima, Emma?", pensó.

Empezó a caminar más rápido. Revisó la capilla del hospital, la biblioteca, incluso la cafetería del sótano. Nada. Emma Raves se había evaporado. El recuerdo de su rostro pálido al hablar con el niño del dibujo lo perseguía. La había presionado hasta el límite, obligándola a ser de piedra cuando ella era de cristal y fuego.

Justo cuando se disponía a subir a la azotea —el último lugar que le quedaba por revisar—, su buscapersonas comenzó a pitar con insistencia.

Dominic apareció corriendo por el pasillo. —¡Noah! ¡Te necesito ahora! Es un accidente de autobús, tenemos tres críticos entrando en simultáneo. El Dr. Vancamp ya está en camino, pero necesito tus manos en el primer caso. Es un empalamiento torácico.

Noah miró hacia las escaleras que llevaban a la azotea y luego al quirófano. Su instinto de médico luchaba contra una necesidad visceral y desconocida de encontrar a la mujer que, según él, era "mediocre", pero que ahora ocupaba cada rincón de su mente.

—¿Noah? ¡Vamos! —gritó Dominic.

—Prepárenlo —respondió Noah, apretando los dientes—. Estaré ahí en dos minutos.

Se volvió hacia la central de enfermería una vez más, gritando con una urgencia que sobresaltó a todos. —¡Si alguien ve a la Dra. Raves, que me lo informe de inmediato! ¡Y asegúrense de que no salga de este edificio!

Noah entró al área de lavado de manos del quirófano. Mientras el agua corría sobre sus dedos, no podía dejar de pensar en Emma sola, bajo la lluvia o escondida en algún rincón oscuro del hospital, lidiando con un peso que él mismo le había ayudado a cargar.

El "Ogro" estaba perdiendo el control, y lo peor era que no sabía si era por el caso médico que tenía enfrente o por la residente rubia que le había desafiado la mirada antes de desaparecer.

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