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CAPÍTULO 7: El Umbral del Control

El quirófano 1 era una carnicería organizada. Noah Brook se movía con la precisión de un relojero suizo, sus manos enguantadas en látex trabajando dentro de una cavidad torácica destrozada. Pero, por primera vez en su carrera, su mente no estaba al cien por ciento en el campo operatorio. Una parte de él, una parte traidora y persistente, contaba los minutos desde la última vez que había visto a Emma Raves.

—Sutura de seda 2-0 —pidió Noah, su voz resonando metálica bajo la mascarilla. —El ritmo cardíaco se estabiliza, Noah. Lo tienes —dijo Liam desde el monitor de anestesia—. Por cierto, Dominic me acaba de enviar un mensaje. Han visto a Raves. Está en el ala sur.

Noah no respondió, pero sus hombros se relajaron un milímetro casi imperceptible. Terminó de cerrar la arteria con una velocidad asombrosa. —Cierren ustedes —ordenó a los residentes de segundo año que le asistían—. Informe de postoperatorio en mi oficina en una hora.

Salió del quirófano arrancándose los guantes y la bata con una violencia inusual. Se lavó los brazos mecánicamente, el agua fría golpeando su piel, pero su mirada estaba fija en el reflejo del espejo. Estaba furioso. Furioso con ella por desaparecer, y furioso consigo mismo por la ansiedad que le había retorcido el estómago.

Al cruzar el pasillo hacia el ala sur, las encontró. Emma y Cloe estaban cerca de la entrada de emergencias. El impacto visual fue inmediato: ambas estaban empapadas. El agua goteaba de sus batas blancas, pegándolas a sus cuerpos; sus cabellos rubio y castaño, respectivamente, estaban apelmazados y oscuros por la humedad. Emma parecía temblar levemente, pero sus ojos estaban fijos en una tabla de notas.

—¿Se puede saber qué demonios les ha pasado? —La voz de Noah restalló como un látigo, haciendo que varios enfermeros se detuvieran en seco.

Emma y Cloe se sobresaltaron. Cloe fue la primera en reaccionar, irguiendo la espalda a pesar de que el agua le corría por el cuello.

—Dr. Brook —dijo Cloe, tratando de recuperar la compostura—. Hubo un incidente en el aparcamiento. Un paciente con una crisis psicótica intentó salir del recinto y se desplomó bajo la lluvia. No había camilleros cerca en ese segundo, así que la Dra. Raves y yo salimos a estabilizarlo hasta que llegó el equipo.

Noah ignoró a Cloe y fijó su mirada azul acero en Emma. Ella no lo miraba. Tenía la vista puesta en sus propias manos, que estaban rojas por el frío.

—¿Bajo la lluvia, Raves? —preguntó Noah, su tono bajando a un susurro peligroso—. ¿Esa es su nueva especialidad? ¿Medicina de intemperie? Le di una orden directa de que no se distrajera.

—El paciente no respiraba, doctor —respondió Emma, levantando por fin la cabeza. Sus ojos café estaban inyectados en sangre, no por el sueño, sino por la contención emocional—. No iba a dejar que muriera en el asfalto solo porque usted me ordenó "no distraerme". Margaret murió porque no pude hacer más. Este hombre no iba a morir porque yo estuviera seca.

Noah sintió una descarga eléctrica recorrerle la espina dorsal. La insolencia de Emma era el combustible que alimentaba un fuego que él ya no podía controlar.

—Sterling, al área de descanso. Cámbiese y vuelva a cardiología. Ahora —ordenó Noah sin apartar los ojos de Emma. —Pero, doctor... —intentó decir Cloe. —Es una orden, Dra. Sterling.

Cloe miró a Emma con preocupación, pero al ver la expresión de Noah, asintió y se alejó rápidamente. Noah dio un paso hacia Emma, quien no retrocedió ni un centímetro.

—Usted. Conmigo. Ahora —masculló él.

La tomó del antebrazo. No fue un gesto rudo, pero sí firme, innegociable. La condujo a través de los pasillos de servicio hasta una pequeña sala de suministros estériles que rara vez se usaba a esas horas. Entraron y él cerró la puerta con llave, el sonido del cerrojo resonando como un disparo en el pequeño espacio lleno de cajas de gasas y suero.

—¡Suélteme! —gritó Emma, zafándose de su agarre—. ¿Qué le pasa? He tenido el peor día de mi vida, he visto morir a una mujer a la que le hice una promesa, he tenido que mirar a un niño a la cara para decirle que su abuela no volvería, y usted solo sabe gritar y dar órdenes como si fuera una máquina sin alma.

—¡Le pasa que es una imprudente! —rugió Noah, acortando el espacio entre ellos hasta que Emma quedó atrapada entre él y una estantería de metal—. Salió ahí fuera sin equipo, se ha empapado, podría coger una neumonía o algo peor. ¿Cree que el hospital necesita una residente enferma? ¿Cree que yo necesito estar preocupado por dónde diablos se ha metido mientras tengo a un hombre con el pecho abierto en mi mesa?

Emma soltó una risa amarga, las lágrimas empezando a asomar por fin. —¿Preocupado? Usted no se preocupa por nadie, Noah. Usted solo se preocupa por su récord quirúrgico y por su preciosa disciplina. ¡Soy un ser humano! ¡Margaret era un ser humano! ¡Usted me llamó mediocre!

—¡La llamé mediocre porque se esfuerza en ocultar que es la mejor persona que ha pisado este hospital en años! —gritó Noah, golpeando la estantería a un lado de la cabeza de ella—. ¡Me saca de mis casillas porque no puedo dejar de mirarla! Porque cada vez que parpadeo veo su cara bajo la lluvia, y porque odio que tenga ese maldito anillo en el dedo que le pertenece a un hombre que no sabe ni de qué color son sus ojos cuando tiene miedo.

El silencio que siguió fue atronador. Solo se escuchaba la respiración agitada de ambos y el goteo del agua que caía de la ropa de Emma al suelo. Ella lo miraba con los labios entreabiertos, el pecho subiendo y bajando con fuerza.

—¿Qué ha dicho? —susurró Emma, su voz temblando.

Noah no retrocedió. Sus ojos recorrieron el rostro de Emma, deteniéndose en sus labios mojados y en la gota de agua que resbalaba por su cuello. La rabia se transformó en algo mucho más oscuro y denso.

—Dije que me estoy volviendo loco, Emma —dijo él, su voz ahora baja, ronca, cargada de una vulnerabilidad que la desarmó—. Llevo todo el día intentando odiarte por ser tan blanda, tan llena de sentimientos... pero lo único que quiero es protegerte de este lugar. Y me odio por eso.

Emma sintió que el mundo giraba. La cercanía de Noah era embriagadora; el calor que desprendía su cuerpo contrastaba violentamente con el frío de su ropa mojada. La tensión que se había ido acumulando durante días, semanas, desde aquel primer encuentro, explotó en ese pequeño cuarto.

—Usted es mi jefe —susurró ella, aunque sus manos, traicioneras, se elevaron para rozar la bata de él—. Esto está mal. Tengo a Daniel... tengo una vida.

—Daniel no está aquí —dijo Noah, su mano subiendo para acunar la mejilla de Emma, sus dedos largos perdiéndose en su cabello húmedo—. Él no te vio luchar por Margaret. Él no sabe que cuando lloras, intentas que no se oiga. Yo sí.

Noah inclinó la cabeza, su frente rozando la de ella. —Vete, Emma. Si no te vas ahora mismo, no voy a poder detenerme. Vete a tu casa, quítate ese anillo y olvida que existo.

Pero Emma no se movió. La fatiga, el dolor de la pérdida, la soledad del apartamento de Daniel y la fuerza magnética de Noah Brook se mezclaron en un cóctel explosivo. Ella cerró los ojos y, en un acto de rendición absoluta, acortó los últimos milímetros que los separaban.

Fue Emma quien lo besó primero, un roce desesperado de labios fríos que buscaban calor. Noah soltó un gruñido profundo, una mezcla de triunfo y derrota, y la atrajo hacia sí con una urgencia que le quitó el aliento. Sus manos se aferraron a la cintura de ella, levantándola ligeramente para pegarla a su cuerpo, ignorando que la ropa mojada de Emma ahora empapaba su propio uniforme de quirófano.

El beso fue salvaje, una descarga de todo lo que no se habían dicho. Sabía a lluvia, a café frío y a una verdad prohibida. Noah la besaba como si ella fuera el aire que le habían negado durante años, con una posesividad que la hacía temblar.

—Emma... —susurró él contra sus labios, su voz quebrada—. No puedo... no puedo dejarte ir.

—No me dejes —respondió ella en un susurro apenas audible, hundiendo sus dedos en el cabello oscuro de él.

En ese rincón olvidado del St. Thomas, bajo la luz fluorescente parpadeante, la Dra. Emma Raves dejó de ser la prometida perfecta y el Dr. Noah Brook dejó de ser el ogro sin alma. Solo eran dos personas rotas encontrándose en medio de la tormenta, sin saber que lo que acababan de empezar cambiaría sus vidas para siempre, y que el mañana traería un peso mucho mayor que el de la lluvia sobre el asfalto.

La tensión se había roto, pero el verdadero caos apenas comenzaba

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