Mundo ficciónIniciar sesión—Al menos Noah no te llamó "extensión inútil de un guante de látex" —replicó Emma, frotándose las sienes—. Creo que tiene un diccionario de insultos creativos guardado en su oficina.
De pronto, un grupo de médicos un poco más grandes, con batas que lucían el parche de R3 (Residentes de Tercer Año), entró al comedor con sonrisas sospechosas. A la cabeza estaba una mujer de mirada calculadora que todos conocían como "La Hiena".
—Vaya, pero si son los cachorros de Brook —dijo ella, acercándose—. Escuchen, novatos. Como hoy es su primer turno nocturno, hay un protocolo que deben conocer. El "Protocolo del Sótano 3".
Mia arqueó una ceja. —¿Protocolo de qué?
—Es una tradición —intervino otro R3—. Cada año, los R1 deben hacer el inventario de la Unidad de Criogenia Experimental. El Dr. Brook es muy estricto con eso. Si no está firmado a las tres de la mañana, mañana habrá sangre en el quirófano. Y créanme, no será la del paciente.
Cloe y Samantha se miraron. —Noah no mencionó nada de eso —dijo Cloe con sospecha.
—Porque él asume que ya lo saben —presionó La Hiena—. Está en el ala antigua, bajando por el ascensor de carga que hace ruidos extraños. Tienen treinta minutos.
El miedo a la furia de Noah Brook fue más fuerte que el sentido común. Los cinco R1 se levantaron como un resorte y corrieron hacia el ala este del hospital, una zona que parecía sacada de una película de terror de los años 50.
—Esto está demasiado oscuro —susurró Samantha, aferrándose a su linterna mientras caminaban por un pasillo lleno de tuberías que goteaban—. ¿Seguros que hay una unidad de criogenia aquí?
—Si Brook lo pide, Brook lo tiene —dijo Emma, tratando de sonar valiente aunque el corazón le golpeaba las costillas.
Llegaron a una puerta de metal pesado con un cartel que decía: "ACCESO RESTRINGIDO - MUESTRAS BIOLÓGICAS". Al abrirla, se encontraron en una habitación llena de estanterías vacías y un olor a humedad insoportable.
—¿Dónde están las muestras? —preguntó Fabricio.
De repente, la puerta se cerró de golpe tras ellos. Se oyó un clic metálico. Estaban encerrados.
—¡Eh! ¡Abran la puerta! —gritó Mia, golpeando el metal.
Desde el otro lado, se escucharon las carcajadas estruendosas de los R3. —¡Bienvenidos al St. Thomas, niños! ¡Disfruten de la noche con los fantasmas de la morgue!
—¡Es una broma! —Emma se dejó caer contra la pared, indignada—. ¡Esa panda de idiotas nos han encerrado!
Pasaron quince minutos de pánico y discusiones sobre quién tenía la culpa, hasta que una luz potente se filtró por la rendija superior de la puerta. Se escucharon pasos pesados, firmes. El sonido de una llave electrónica hizo un pitido agudo y la puerta se abrió de par en par.
La silueta que apareció en el marco era la última que querían ver.
Noah Brook estaba allí, con los brazos cruzados y una expresión que prometía el apocalipsis. Detrás de él, Dominic Ashford intentaba aguantarse la risa, sin mucho éxito.
—¿Se puede saber —empezó Noah con una voz tan baja que daba miedo— qué hacen mis cinco residentes de cirugía encerrados en el cuarto de calderas en desuso?
—Doctor, nos dijeron que era el inventario de criogenia... —empezó a explicar Samantha con voz temblorosa.
—¿Criogenia? —Noah dio un paso hacia el interior del cuarto, su sombra cubriéndolos a todos—. ¿Creen que esto es una película de ciencia ficción? ¿Creen que tengo tiempo para jugar al escondite mientras hay pacientes en postoperatorio que necesitan supervisión?
—Fue una broma de los R3, Noah, no seas tan duro —intervino Dominic, aunque se estaba riendo—. Todos caímos en esa alguna vez.
—Yo no —sentenció Noah, fijando su mirada directamente en Emma—. Especialmente usted, Dra. Raves. Pensé que tenía un cerebro capaz de distinguir un protocolo médico de una estupidez de pasillo. Me equivoqué.
Emma sintió una mezcla de vergüenza y una rabia ardiente. —Lo siento, doctor. No volverá a pasar.
—Tiene razón, no pasará. Porque mientras los R3 reciben su sanción por mi parte, ustedes van a pasar el resto de la madrugada limpiando y organizando el archivo físico de patología. A mano.
—¡Pero doctor, eso son miles de expedientes! —exclamó Fabricio.
—Entonces mejor que empiecen ya —Noah se dio la vuelta, pero antes de irse, se detuvo y miró a Emma por encima del hombro—. Dra. Raves, a mi oficina en diez minutos. El resto, al archivo.
Sus amigos la miraron con lástima mientras se alejaban escoltados por un Dominic que les guiñaba el ojo. Emma caminó hacia la oficina de Noah con las manos temblando.
La noche de lluvia apenas comenzaba, y el castigo de Noah Brook estaba a punto de volverse mucho más personal.







