El intermediario del deseo

El intermediario del deseoES

Romance
Última actualización: 2026-05-08
LESLIE P  Recién actualizado
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Resumen
Índice

En Velas Negras, las viudas jóvenes pertenecen al silencio. Durante el año de luto, ningún hombre puede hablarle directamente. Toda palabra debe pasar por un intermediario, repetida en voz alta frente al pueblo, convertida en espectáculo antes de llegar a sus oídos. Cuando Emilio de la Torre muere la noche en que descubre a su esposa con otra mujer, Sofía sabe exactamente lo que el pueblo espera de ella: culpa, lágrimas, y doce meses de penitencia silenciosa. Lo que no esperaba era al intermediario que le asignan. Andrés de la Torre. El hermano menor del difunto. El único hombre que siempre supo que su matrimonio fue una transacción. El único que nunca la miró como esposa de otro. Y el último que vio a Emilio con vida la noche del acantilado. Durante un año entero, cada palabra entre ellos deberá pasar por labios ajenos. Cada pregunta. Cada acusación. Cada confesión repetida en voz alta frente a quienes ya la condenaron. Pero cuanto más prohibido se vuelve hablarle… más adicta se vuelve a escucharlo. Y cuanto más lo necesita… más cerca está la verdad que podría destruirlo. Porque la muerte de Emilio no fue un accidente. Y Sofía tiene un botón de metal con una inicial grabada que lo prueba. Velas Negras es una historia sobre el deseo que crece exactamente donde no debería, sobre la tradición como jaula y como arma, y sobre la diferencia devastadora entre querer saber la verdad y poder vivir con ella.

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Capítulo 1

1

—Si vas a gemir el nombre de otra persona, al menos cierra la puerta.

Las palabras de Emilio cayeron sobre la habitación con la frialdad de una piedra arrojada al agua quieta. Sofía se incorporó de golpe, alejándose de Lena con un movimiento tan brusco que la vela de la mesita de noche parpadeó, proyectando sombras largas y acusadoras sobre las paredes encaladas de la alcoba. Lena, la hija del herrero, se cubrió el pecho con la sábana y desvió la mirada hacia el suelo, como si de pronto el mundo se hubiera reducido a los nudos de la madera bajo sus pies.

Emilio de la Torre llenaba el umbral con su cuerpo, más alto de lo que Sofía recordaba en ese instante, más imponente de lo que había parecido en todos los meses en que ella había aprendido a ignorarlo. La lluvia le empapaba los hombros de la chaqueta oscura y le pegaba el cabello a la frente, y sus ojos, esos ojos grises que un día el pueblo de Velas Negras llamó nobles, ardían con una rabia que no era solo furia sino también algo más antiguo, más herido, que Sofía no se permitió nombrar.

—Fuera —le dijo a Lena, sin soltarle la mirada a Sofía. Un imperativo suave, casi peor que un grito.

Lena recogió su ropa del suelo con dedos temblorosos y salió de la habitación sin levantar la vista, cerrando la puerta con la delicadeza de alguien que sabe que el mundo que atraviesa ya no volverá a ser el mismo. Sus pasos rápidos se apagaron en el corredor de piedra mientras la tormenta golpeaba los postigos de la ventana.

El silencio que quedó entre ellos era denso y vivo, como el silencio que precede a los truenos.

—Emilio… —comenzó Sofía.

—No —la cortó él, y esa sílaba sola tuvo el peso de todos los años que ella había pasado en aquella casa, en aquel pueblo, atada a un apellido que nunca había sido suyo—. Ni siquiera empieces.

Él dio un paso hacia el interior de la habitación, y Sofía no retrocedió, aunque su cuerpo le pedía que lo hiciera. Había aprendido, en los tres años de aquel matrimonio, que retroceder ante Emilio de la Torre solo le daba más espacio para crecer.

—Vine a buscarte porque el padre Matías preguntó por ti en la cena —dijo él, con esa voz baja y tensa que era peor que los gritos—. Porque eres mi esposa y tu lugar es a mi lado. Y en cambio te encuentro aquí, como una…

Se detuvo. Sus mandíbulas se apretaron hasta que los huesos blanquearon bajo la piel.

—Di lo que ibas a decir —le dijo Sofía, con la calma peligrosa de quien ya no tiene nada que perder—. Dilo todo.

Y él lo dijo. Lo dijo todo.

Le recordó que su familia había llegado a Velas Negras sin nada, que sus deudas pesaban más que el apellido que habían comprado con ella, que el matrimonio había sido un rescate y ella lo sabía y había aceptado igualmente, que era ingrata y estéril y que el único pecado real que él había cometido en su vida había sido creer que una mujer sin raíces podía florecer en tierra ajena. La llamó comprada. La llamó vacía. La llamó por los nombres que uno solo pronuncia cuando ya no le importa si las palabras hacen daño, porque el daño ya fue hecho mucho antes.

Sofía lo escuchó sin pestañear. Y cuando él terminó, cuando las palabras se agotaron y solo quedó el sonido de la lluvia y el jadeo de su propia rabia, ella dijo solamente esto:

—Entonces los dos sabemos la verdad. Qué alivio.

Emilio se quedó helado durante un segundo que pareció eterno. Luego giró sobre sus talones, tomó su sombrero del gancho junto a la puerta, y salió al corredor. Sus pasos en la escalera sonaron como los golpes de un reloj que se detiene. La puerta principal del caserón tronó al cerrarse, y después solo estuvo la tormenta, royendo los tejados de piedra de Velas Negras.

 

Lo encontraron a medianoche.

El caballo había regresado solo a las cuadras comunitarias, empapado y sin jinete, con los ijares temblando y los ojos desorbitados por un miedo que ningún animal sabe describir pero que cualquier hombre reconoce. El mozo que lo encontró dio la alarma, y el pueblo se despertó con antorchas y linternas, y los hombres salieron en grupos hacia el acantilado del norte, que era el camino que Emilio habría tomado en dirección a la taberna del camino real.

Sofía esperó en la cocina, con las manos alrededor de una taza de té que se fue enfriando sin que ella lo bebiera. La lluvia seguía cayendo y el fuego del hogar parpadeaba y Sofía pensó, con una claridad que le dio vergüenza, que el pueblo nunca le perdonaría esto. Cualquier cosa que hubiera pasado allá afuera, en las rocas y la oscuridad, el pueblo nunca se lo perdonaría.

A las dos de la mañana, escuchó los pasos en el porche. Escuchó las voces bajas de los hombres. Y supo, antes de que abrieran la puerta, antes de que don Aurelio, el alcalde de Velas Negras, se quitara el sombrero empapado y la mirara con esos ojos de quien carga una noticia que pesa demasiado.

Lo habían encontrado contra las rocas del acantilado. El caballo había resbalado en el camino de barro o el hombre había perdido el equilibrio en la oscuridad, o ninguna de las dos cosas, pero el cuerpo de Emilio de la Torre estaba ahí, quieto y definitivo, con la lluvia lavando todo rastro de lo que hubiera podido ocurrir.

 

El funeral fue tres días después, bajo un cielo limpio y despiadadamente soleado que a Sofía le pareció una burla.

Ella vistió de negro de pies a cabeza, como exigía la costumbre, con el velo tan tupido que apenas podía ver los rostros de quienes la rodeaban en el cementerio del pueblo. Podía escucharlos, sin embargo. Los murmullos seguían el mismo camino que el agua, filtrándose por cualquier grieta, imposibles de detener.

Lo mató de vergüenza.

Lo empujó ella, no fue el caballo.

Una mujer así, sin Dios y sin pudor, era capaz de cualquier cosa.

Sofía mantuvo la barbilla alta y las manos quietas sobre el rosario que alguien le había puesto entre los dedos. No lloró. No podía llorar y todos lo estaban midiendo, tomando nota de cada segundo de sequedad en sus ojos como si fuera una prueba más de lo que ya habían decidido que era.

Cuando el ataúd bajó a la tierra, el padre Matías abrió su libro y comenzó con las palabras de siempre, las palabras que el pueblo de Velas Negras llevaba generaciones repitiendo sobre sus muertos. Y cuando terminó, cuando el último amén se disolvió en el aire del mediodía, don Aurelio dio un paso al frente. Se aclaró la garganta. Miró a Sofía con la expresión de alguien que está a punto de cumplir con un deber que no le gusta pero del que no puede huir.

—Conforme a la tradición de Velas Negras —dijo, en voz alta, para que todos pudieran escuchar—, la viuda iniciará mañana al amanecer su año de luto. Durante ese tiempo, ningún varón podrá dirigirle la palabra directamente. Toda comunicación deberá pasar por el intermediario asignado por este pueblo.

Una pausa. La clase de pausa que precede a los anuncios que cambian las cosas.

—El intermediario de la viuda Sofía de la Torre será Andrés de la Torre. Hermano menor del difunto.

El silencio que siguió fue más incómodo que un disparo. Más largo. Más irreversible.

Sofía giró la cabeza, muy despacio, hacia el hombre que estaba de pie al otro lado de la tumba, con el sombrero entre las manos y los ojos clavados en la tierra negra que cubría a su hermano. Andrés no la miró. Pero sus nudillos, apretados alrededor del ala del sombrero, estaban blancos.

Y Sofía comprendió, en ese instante, que Emilio no era el único que sabía la verdad sobre su matrimonio.

Andrés de la Torre lo había sabido siempre.

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