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2:Aprenderé a odiarte. (Damien)

Me sentía como un toro enjaulado.

Quería matar a alguien.

Quería destruirlo todo.

Pero en lugar de eso, estaba sentado en el despacho que había sido de mi padre. Su sillón. Su escritorio. Su olor todavía impregnado en las paredes.

Y frente a mí, una docena de abogados intentando explicarme que todo estaba perdido.

Que las empresas por las que mi padre luchó durante años estaban en bancarrota.

Que después del juicio nadie quiso seguir teniendo ningún vínculo con nosotros.

—Tiene que vender algunas propiedades para saldar las deudas —dijo uno de los abogados, ajustándose las gafas.

Mi madre estaba en el sofá, con los ojos rojos e hinchados. Miraba el suelo como si ya supiera que no había salvación.

Sabía que todo estaba arruinado.

Que no podríamos levantarnos de esto nunca más.

Que el escándalo nos perseguiría para siempre.

—¿No se puede hacer nada? —pregunté desesperado, sintiendo que la rabia me quemaba por dentro.

—Vender es la única opción, señor Bellucci —respondió otro.

¿Vender?

¿Vender lo que mi padre construyó con su vida?

Apreté los puños hasta que me dolieron.

—Vendan —dije al final, con la voz rota—. Ya no me importa nada.

Me levanté bruscamente. Necesitaba aire.

Caminé hacia la puerta sin despedirme. No podía seguir escuchando cómo enterraban el apellido Bellucci frente a mí.

Salí del edificio.

Estaba lloviendo.

Respiré profundo y caminé bajo la lluvia sin importarme nada. El clima estaba igual de miserable que yo.

Avancé un poco sin rumbo, hasta que la vi.

Una silueta pequeña, encorvada, en la esquina.

Me acerqué sin pensar.

Y cuando estuve lo suficientemente cerca, me detuve en seco.

Era ella.

¿Qué m****a hacía aquí?

Elena levantó la vista y me miró. Sus ojos estaban rojos e hinchados. Parecía rota.

No me importó.

—¿Con qué cara puedes venir aquí? —le pregunté con desprecio.

No respondió.

Solo me miró.

El cólera me atravesó como una descarga eléctrica. Ella me había arruinado. Había arruinado la memoria de mi padre. Había destruido mi familia.

La odiaba con toda el alma.

La odiaba tanto que quería hacerla pedazos.

La tomé del brazo con brusquedad y la levanté de un jalón.

—¿Qué carajo haces aquí? —le grité.

Seguía en silencio.

Eso me enfureció aún más.

La empujé contra la pared. Un gemido escapó de sus labios cuando su espalda chocó contra el ladrillo.

Y entonces me quebré.

La atraje contra mi pecho y la abracé con fuerza, casi con desesperación.

La amaba.

Maldita sea, la amaba.

Pero también la odiaba.

Quería apretar su cuello y vengar la muerte de mi padre, pero era un maldito cobarde.

—Te odio —le dije entre lágrimas, apoyando la frente contra su cabello mojado.

Sentí sus brazos rodear mi cintura.

Y mi corazon empezo a latir con fuerza.

—Ódiame —susurró—. Ódiame todo lo que puedas.

La aparté de mí como si me quemara y la miré directo a los ojos.

Elena se veía tan frágil, tan pequeña, parecía un cachorro en busca de calor.

Y eso me molesto aun mas, porque yo debería despreciarla con todas mie fuerzas, no tener lastima.

—Te desprecio… y voy a destruirte.

Ella no discutió.

No se defendió.

Solo asintió. Como si mis palabras fueran nada.

Y entonces se abalanzó sobre mí y estampó sus labios contra los míos.

Me quedé inmóvil.

No supe qué hacer.

Su boca comenzó a moverse, buscando una respuesta, buscando algo… pero yo no reaccioné.

Estaba paralizado entre el amor y el odio.

Responder su beso seria como traicionarme, como traicionar a mi padre.

La separé de mí y la empujé.

Cayó al suelo mojado, sus manos apoyadas en el pavimento, el cabello pegado a su rostro por la lluvia.

Me miró desde abajo.

Y por un segundo… por un maldito segundo… dudé.

Pero recordé el juicio.

Recordé su voz.

Recordé a mi padre en un ataúd.

La recorde a ella diciendo que mi padre la había atacado.

Y algo pesado se instalo en mi pecho.

—Lárgate —dije con frialdad—. No quiero verte nunca más.

Intentó tocar mi pierna, pero retrocedí como si su contacto me contaminara.

Ella me daba asco.

— Damien...

Trague en seco. escuchar su voz suplicante me molestaba demasiado.

—¿Sabes qué es lo peor, Elena? —mi voz salió más baja, más peligrosa—. Que yo tenía un futuro contigo.

Sus ojos se llenaron de lágrimas otra vez.

—Me imaginé una casa… hijos… una vida entera a tu lado.

Tragué saliva, sintiendo cómo cada palabra me arrancaba algo por dentro.

—Soñé con casarme contigo. Con que llevarás mi apellido. Con que fueras la madre de mis hijos.

Ella negó con la cabeza, como si quisiera detenerme.

Pero no iba a hacerlo.

—Ahora desprecio ese futuro —continué—. Desearía nunca haberte conocido. Desearía arrancarte de mi vida como si nunca hubieras existido.

Elena dejó escapar un sollozo.

—No por favor — Me suplico.

Yo me rei, una risa amarga. Mirarla era un mal chiste.

—Eres una mentirosa, destruirte mi vida, la de mi familia—La acuse.

Y aun así… no se defendió.

No dijo nada.

Solo aceptó cada palabra como si las mereciera.

—Te amé más que a nadie —añadí con la voz quebrándose—. Y tú me enterraste junto con mi padre.

El silencio entre nosotros fue más violento que cualquier grito.

La miré por última vez.

—Desde hoy, estás muerta para mí.

Me di la vuelta y caminé bajo la lluvia sin mirar atrás.

No sabía si ella seguía allí.

No quería saberlo.

Porque si me volteaba… tal vez correría hacia ella.

Y no podía permitírmelo.

Ese día no solo murió mi padre.

Murió el hombre que la amaba.

Y en su lugar… empezó a nacer alguien que aprendería a odiarla.

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