Habían pasado ocho meses.
Ocho meses desde que Nicola se había marchado.
Y, aunque al principio pensé que aquello me rompería el corazón otra vez, la verdad fue muy diferente.
Porque Nicola nunca desapareció.
Ni un solo día.
Me llamaba todas las mañanas.
Todas las noches.
A veces incluso durante la tarde solo para preguntarme cómo estaba.
O para escuchar al bebé balbucear cosas sin sentido.
O simplemente para decirme que me extrañaba.
Y poco a poco...
La distancia dejó de doler.
Porque nunca me