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4: . Un comienzo sabor a venganza (Damien)

Me quedé con el celular en la mano, su nombre todavía brillaba en la pantalla. Escucharla había sido como arrancar una costra que apenas empezaba a cerrar.

Lo lancé contra el suelo.

El impacto fue seco. La pantalla estalló en mil fragmentos, como si también necesitara romperse conmigo.

Sentí las lágrimas bajar calientes por mis mejillas.

Grité.

Grité por todo lo perdido.

Por el futuro que ya no existiría.

Grité hasta que la garganta me ardió.

—¡Damien! —mi madre irrumpió en la habitación.

La miré… y volví a gritar. Más fuerte. Más desesperado.

Quería morir.

Quería desaparecer.

Ella corrió hacia mí y me abrazó. Caí de rodillas, y me sostuvo con más fuerza, como si temiera que me desintegrara entre sus brazos.

—Por favor, no llores… me partes el corazón —susurró con la voz quebrada.

Por un instante volví a ser el niño que se refugiaba en ella cuando algo salía mal. Cuando una herida era solo un raspón y el mundo no pesaba tanto.

—Quiero morir —sollozé.

Tomó mi rostro entre sus manos. Sus ojos estaban cansados. Tristes. Había en ellos una infelicidad tan profunda que me dolía más que mi propia miseria.

—Eres lo único que me queda. Y no pienso perderte.

—Todo está mal —respondí.

Y lo estaba.

Estábamos en la quiebra. La casa ni siquiera era nuestra. Debíamos marcharnos al día siguiente y no teníamos a dónde ir. Yo me sentía un inútil, incapaz de sacar adelante a la única persona que siempre había luchado por mí.

—Nos iremos a Italia. Allí estaremos más tranquilos —dijo.

¿Italia?

Años atrás mis padres me habían contado lo horrible que fue vivir allí. Por eso emigraron a Inglaterra en cuanto pudieron.

—No… —murmuré sin fuerzas.

Mi madre se puso de pie.

—Sí. Vamos a reconstruirnos. Saldremos de esto. Eres igual a tu padre, amor mío. Sé que lucharás por un futuro mejor.

¿Igual a mi padre?

Él no estaría de rodillas.

Él no estaría llorando.

Entonces se acarició el vientre y su sonrisa cambió.

—Vas a tener un hermanito. Así que levántate… tenemos mucho por lograr.

Me quedé inmóvil.

¿Un hermano?

Me levanté de golpe y la abracé con fuerza, alzándola apenas del suelo. Ella rió suavemente.

Una buena noticia en medio del caos.

Pero mientras la sostenía, una pregunta me atravesó:

¿Cómo iba a liderar esta nueva familia?

No tenía dinero.

No tenía poder.

No tenía nada.

El timbre de las rejas sonó.

Mi madre y yo nos miramos. Era demasiado tarde para visitas.

Me aparté y caminé decidido. Si era Elena, la mandaría al infierno.

Pero al llegar a las rejas vi un coche negro. Un hombre de unos cincuenta años estaba apoyado en el capó. Sonrió apenas al verme y se acercó.

—Damien, entra —ordenó mi madre a mi espalda.

Me giré confundido.

—Años sin verte, Elizabeta. Espero que no me hayas olvidado —dijo el hombre con familiaridad.

Luego me observó con detenimiento.

—Y tú… eres igual a tu padre. Soy Matteo De Luca.

—Largo. Eres un delincuente —escupió mi madre.

Me tomó del brazo y me arrastró dentro. Yo quería preguntar mil cosas, pero su expresión me dejó claro que no era el momento.

Antes de cerrar, miré hacia atrás.

Ahí seguía él. Fumando con tranquilidad.

¿Quién demonios era Matteo De Luca?

...

Días después.

Llegar a Nápoles fue extraño.

No hubo alegría.

No hubo tristeza.

Solo un peso en el pecho, como si algo se hubiera apagado definitivamente.

Era yo contra el mundo.

Y ahora también por mi madre… y por el bebé que crecía dentro de ella.

La casa era pequeña. Mi habitación aún más. Paredes color hueso, limpias pero gastadas. Una cama individual demasiado corta para mí, un escritorio mínimo y una silla en la esquina.

Eso era todo.

Al menos no dormiríamos en la calle.

—Tengo que conseguir trabajo —dije dejando la maleta en el suelo.

—Tienes que estudiar. Luego veremos cómo entrar a la universidad —respondió ella.

¿Estudiar?

Un bebé no se mantiene con sueños.

—Después, madre.

Estaba agotado. Por el viaje. Por la humillación pública. Por escuchar nuestro apellido convertido en escándalo.

—No quiero que abandones tus sueños —insistió.

Pero ahora solo tenía uno.

Conseguir dinero.

Y destruir a la familia Villalba.

No enfrentarlos.

No superarlos.

Destruirlos.

—No lo haré. No te preocupes —mentí.

Besé su frente y salí antes de que pudiera leer mis pensamientos.

Necesitaba caminar. Ordenarme.

Pero la rabia no se ordena.

Se acumula.

Caminé sin rumbo hasta perderme.

—Mierda…

Entonces escuché el llanto de una mujer.

No era leve.

Era desesperado.

Corrí hacia el sonido.

Cuatro hombres la rodeaban. Uno la sujetaba del brazo con violencia.

—¿Qué carajo pasa aquí?

Todos me miraron. Ella tenía los ojos azules llenos de miedo.

Uno de ellos sacó una navaja.

No dudé.

Le lancé un puñetazo directo a la mandíbula. Cayó. El segundo vino hacia mí y también lo derribé. Practicaba boxeo desde niño; sabía dónde golpear.

El tercero lanzó a la chica contra la pared y se abalanzó sobre mí. Me sorprendió con un golpe en el pómulo. Sentí el sabor metálico de la sangre, pero respondí con un puñetazo en el estómago que lo dejó sin aire.

El cuarto avanzó… y se detuvo.

La chica corrió.

Pensé que venía hacia mí.

Pero pasó de largo.

Me giré.

Era él.

Matteo De Luca.

Sonreía apenas, como si hubiera estado esperando ese momento.

—Él me defendió —dijo la chica, aferrándose a su brazo.

—Es bueno volver a verte —me dijo.

—No opino lo mismo.

Guardó el arma con calma. Detrás de él aparecieron varios hombres que redujeron a los atacantes con una facilidad inquietante.

—¿Estás bien?

—Solo un par de golpes.

Frunció el ceño.

—Ven con nosotros. Que te revisen.

Negué.

—Estoy bien.

Sonrió más ampliamente.

—Eres digno hijo de Héctor Bellucci. Te pareces mucho a él.

Lo miré con desconfianza.

—Tu padre fue mi mejor amigo —continuó—. Y, dado cómo terminaron las cosas… supongo que no tienes dinero, ¿verdad?

Negué.

Se acercó un paso.

—Déjame corromper al primer Bellucci.

Apreté los puños. No necesitaba caridad. Y menos si venía de un criminal. Mi madre y mi hermano me necesitaban fuera de la cárcel.

—Gracias, pero no.

—Apuesto a que quieres venganza —dijo, clavando sus ojos en los míos—. Yo no creo nada de lo que dijeron. Y menos sabiendo que los Villalba compraron todas las empresas de tu padre.

El corazón me golpeó el pecho.

—Eso no puede ser verdad.

—Se quedaron con todo.

Su sonrisa ya no era burla.

—Tu padre jamás habría dañado a nadie. Lo conocía. Estoy aquí para cumplir mi palabra: ayudar a los suyos.

Mi padre nunca habló de él.

Pero sí habló de honor.

—¿Quieres venganza o no?

Lo miré fijamente.

Y entendí algo.

No podía cambiar lo que había pasado.

Pero sí podía decidir lo que vendría después.

La ira dejó de ser ruidosa.

Se convirtió en decisión.

Di un paso hacia él.

—Sí.

Quería venganza.

No por orgullo.

No por rabia.

Por justicia.

Porque si los Villalba habían destruido mi vida y se habían quedado con lo que era nuestro, no descansaría hasta verlos caer.

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