Mundo ficciónIniciar sesiónDoce años después.
El murmullo de la enorme habitación me aturdía un poco, pero la sonrisa en mi rostro no desaparecía. Siempre cordial. Siempre perfecta. Miré a mi alrededor. Personas que no conocía… y que no me conocían. Socios de mi padre. Algunos familiares lejanos. Trajes impecables. Sonrisas medidas. Miradas calculadoras. Hoy mi padre había reunido a varios de los hombres más ricos del país para presentarles su propuesta de negocio. Las empresas llevaban meses tambaleándose… y esta era, sin duda, su última jugada. Yo estaba junto a Logan, mi prometido desde hace un año. Él era perfecto. Paciente. Bueno. Presente en cada crisis, en cada ataque de ansiedad. Me ama con el alma. Pero yo no estoy enamorada de él. Lo quiero. Confío en él. Pero no puedo amarlo. Porque esa parte de mí… se fue con él. —¿Estás bien, mi ángel? —preguntó Logan. En sus ojos había preocupación. Siempre atento. Siempre correcto. Me puse en puntillas y le di un beso rápido. —Estoy bien —mentí. Y nadie notó que mi sonrisa no llegaba a mis ojos. Quería irme. Estar en casa. Dejar de fingir. Si no fuera por Logan, ya me habría marchado. —¿Quieres algo de comer? Asentí. Él besó mi frente y fue hacia la mesa de postres. Me quedé sola. Copa en mano. Observando a todos reír como si el mundo no estuviera hecho de mentiras. Suspiré y di un trago. Logan volvió con pastel de chocolate. Me quitó la copa y me entregó el plato. Miré a mi padre. Sonreía como si no estuviera al borde de la quiebra. Como si mi hermano no hubiera destruido todo. —Vendrá un magnate italiano —dijo Logan en voz baja—. Se supone que invertirá en los negocios de tu padre. No entiendo cómo alguien puede arriesgarse así. Solté una risa suave. —Compadezco al hombre que lo haga. Logan negó con la cabeza, sin entender la verdad que jamás le conté. —Iré a hablar con tu padre. Asentí. Y entonces lo sentí. No lo vi primero. Lo sentí. Un hombre de traje negro pasó a mi lado. Un aura oscura. Pesada. Conocida. Giré la cabeza. Y el mundo se detuvo. El corazón me dio un vuelco tan brutal que dejé de respirar. El plato cayó al suelo y el sonido del porcelanato rompiéndose fue el único ruido que escuché. Mis labios se entreabrieron. Sus ojos azules me atravesaron. Fríos. Intensos. Implacables. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Se agachó a recoger los restos del plato. Incluso desde abajo… incluso casi arrodillado… se veía dominante. Peligroso. Como una pantera contenida. Cabello negro ligeramente desordenado. Piel bronceada. Mandíbula firme. Todo en él gritaba peligro. —¿Están bien? —preguntó Logan, girándome hacia él. Pero yo no podía responder. Porque él estaba ahí. —Señor Borgia, me alegra que esté aquí —saludó mi padre. Borgia. No. No. Yo volví a mirarlo. Era Damien. Era él. —El gusto es mío —respondió con voz firme. Parpadeé varias veces. No podía estar pasando. —¿Está usted bien? —me preguntó. Como si nunca me hubiera visto en su vida. Abrí la boca. La cerré. —Mi ángel, me estás preocupando —susurró Logan. Lo aparté. —Tú… —mi voz se quebró. Las lágrimas comenzaron a deslizarse sin permiso. Él me miraba… vacío. Desconocido. —Perdónela —intervino mi padre—. Ha tenido un mal día. Logan me llevó hacia la mesa, pero yo no dejaba de mirarlo. —¿Por qué le llaman así? —pregunté. —Cariño… es el socio italiano de tu padre. —¿Socio? —Sí. Creo que ya invirtió. Solté una risa amarga. Entonces la historia se repetía. Lo vi salir hacia el jardín. Me levanté de golpe. —Iré al baño —murmuré. Salí. La noche estaba estrellada. El viento era suave. Y él estaba allí. Fumando. Giró el rostro cuando me escuchó acercarme. —¿Damien? —susurré. Frunció el ceño. —Me está confundiendo. Mentira. —Sé quién eres. Mi cuerpo temblaba. Se acercó lentamente. Tiró la colilla al suelo. Quedó frente a mí. Tan cerca que el aire se volvió pesado. Su mano subió a mi cuello. No con fuerza. Con posesión. Me acercó a él. —Qué guapa eres —murmuró. Su aliento mentolado rozó mi piel. Mis rodillas casi cedieron. Durante un segundo… olvidé todo. El tiempo. Logan. Mi padre. El dolor. Él se inclinó apenas, rozando mi mandíbula con su lengua con una lentitud que me torturaba. Mi cuerpo se paralizó. —Creo que tu prometido te está buscando —susurró en mi oído. Se separó. Sonreía. Giré la cabeza. Logan nos miraba. Pálido. Con los ojos abiertos de par en par. Intenté hablar. No salió nada. Volví a mirar a Damien. Divertido. Cruel. —Deberías ir con él —dijo con suavidad. La rabia me explotó en el pecho. Le di una bofetada. El sonido rompió el silencio del jardín. Su rostro apenas se movió. Pero en sus ojos apareció algo más oscuro que el desprecio. —Tal vez engañaste a mi padre —susurré—. Pero a mí no. Me di la vuelta. Pero no llegué lejos. Su mano se cerró alrededor de mi brazo con fuerza. Me obligó a girar. Lo miré. Su sonrisa era aún más amplia, mostrando esos caninos de los que yo me burlaba, diciéndole que parecía un pequeño gato negro cuando intentaba verse intimidante. Mi mandíbula tembló. Por un segundo vi al hombre que amé. Al que me hacía reír. Al que me prometió quedarse. Pero me solté de golpe. Si había vuelto, no lo había hecho para recuperarme. Había vuelto para destruirme. Y yo ya había sufrido demasiado. Merecía un poco de felicidad. Merecía estabilidad. Y el único que podía dármela era Logan. —No me toques —murmuré, con la voz apenas firme. Él no respondió. Solo me miró. Como si supiera que mentía. Como si supiera que todavía me afectaba. Retrocedí un paso y luego otro. No iba a quedarme ahí. Me di la vuelta y corrí al salón. Necesitaba hablar con Logan. Explicarle lo que había pasado. Decirle que no era lo que parecía. Yo no podía perder a la única persona que sostenía mi mundo. No podía perderlo. Y mucho menos ahora… que él había regresado.






