Mundo ficciónIniciar sesiónRenata Soto juró que nunca volvería a Cárdenas. No después de crecer escuchando que algunas personas nacen con un apellido destinado a perder. No después de pasar años construyendo una vida lejos del pueblo donde todos conocen tu historia antes de que puedas contarla. Pero la muerte de su abuelo la obliga a regresar… y su última voluntad termina atrapándola en algo que jamás imaginó. Para conservar la hacienda familiar, Renata debe quedarse un año en Cárdenas y casarse con alguien del municipio. Entonces aparece Mateo Villanueva. Reservado. Paciente. Demasiado acostumbrado a cargar con responsabilidades ajenas. El hombre con el que nunca pensó compartir nada le ofrece una salida sencilla: un matrimonio temporal donde ninguno tendrá que involucrar el corazón. Solo un acuerdo. Doce meses. Dos personas que aseguran no necesitar amor. Hasta que las discusiones empiezan a sentirse familiares. Compartir mesa deja de ser una obligación. Y regresar a casa, por primera vez en años, deja de significar soledad. Porque algunas heridas no sanan con distancia. Y algunas personas llegan para demostrarte que quedarse también puede ser una forma de amar.
Leer más—Si hubiera llegado diez minutos antes, quizá mi abuelo no habría muerto solo.
Me lo repetí en silencio por tercera vez mientras el sacerdote murmuraba palabras que el viento del norte se llevaba antes de que yo pudiera procesarlas. El cementerio de Cárdenas olía igual que siempre: a tierra húmeda, a flores marchitas y a ese particular silencio de provincia que pesa sobre los hombros como una deuda antigua. Diez años. Diez años sin pisar este suelo, y el suelo me lo cobraba todo de una vez.
Me mantuve erguida. Era lo único que podía ofrecerle al pueblo que me había visto crecer y al que nunca volví: mi postura, mi compostura, la máscara perfecta de una mujer que tiene todo bajo control. Debajo de esa máscara, sin embargo, algo se apretaba con una ferocidad que me costaba ignorar. Una culpa con dientes. Una pena sin nombre preciso.
Mi abuela Consuelo lloraba en silencio a mi izquierda, pequeña y encorvada dentro de su vestido negro, como si el dolor la estuviera encogiendo en tiempo real. Yo quise tomarle la mano. No lo hice. Tenía miedo de que, si la tocaba, ella sintiera lo que yo llevaba dentro: la vergüenza de haber llegado tarde, la vergüenza de haber llegado apenas.
Las condolencias llegaron en oleadas. Voces conocidas y casi olvidadas, rostros que el tiempo había retocado con arrugas y canas, apretones de mano que duraban un segundo más de lo necesario. *Lo sentimos mucho, Renata. Don Ernesto era un gran hombre. Qué pena que hayas llegado tan lejos, qué pena que la vida te tenga tan ocupada.* Nadie lo decía con esas palabras exactas, pero yo lo escuchaba igual, traducido en cada mirada que se demoraba sobre mí con una mezcla de simpatía y reproche.
Fue entonces, mientras asentía ante algún comentario que no escuché, cuando lo noté.
Al otro lado del ataúd, discreto como si intentara no ocupar espacio, un hombre sostenía levemente el lateral del cajón con una mano. No era un gesto ostentoso ni calculado para ser visto. Era, más bien, el gesto de alguien que lo hacía por instinto, por costumbre, porque ya lo había hecho antes. Un hombre alto, de hombros anchos bajo una camisa oscura, con el cabello castaño ligeramente desordenado por el viento. Sus ojos estaban fijos en el suelo frente a él, no en mí, no en nadie en particular.
Tardé tres segundos en reconocerlo.
Tres segundos que se sintieron como una caída lenta.
*Mateo Villanueva.*
El apellido me golpeó en el pecho con la precisión de algo que uno lleva guardado mucho tiempo sin saber que todavía duele. Crecí escuchándolo pronunciado de cierta manera en mi casa: con un tono específico, tenso, que no era exactamente odio pero se le parecía demasiado. Los Villanueva compraban lo que los Soto no podían defender. Los Villanueva llegaban después de que uno se cansaba de luchar y recogían lo que quedaba. Eso me enseñaron. Eso aprendí.
Y ahí estaba él. En el funeral de mi abuelo.
Esperé a que me mirara. Era lo menos que podía hacer: mirarme, reconocer la incomodidad de su presencia, ofrecerme alguna explicación con los ojos aunque no la pidiera con palabras. Pero Mateo Villanueva no me miró. Mantuvo la vista baja, los labios apretados en una línea seria, y siguió sosteniendo ese ataúd con la misma quietud de quien no necesita que nadie lo vea para seguir haciendo lo que hace.
Eso, por alguna razón que no supe explicarme en ese momento, me molestó más que cualquier otra cosa.
Después del entierro, mientras mi abuela recibía visitas en la sala de la casa familiar, me acerqué a doña Petra, la vecina que había cuidado a mi abuelo en sus últimos meses. Le pregunté sin rodeos, con esa brusquedad que la ciudad me había pegado sin que yo me diera cuenta.
—¿Qué hace Villanueva aquí?
Doña Petra me miró con una expresión extraña, entre la sorpresa y algo que se parecía a la compasión.
—Llevaba meses viniendo, Renata. Ayudaba a don Ernesto con la hacienda, con los trámites, con lo que se necesitara. Tu abuelo lo apreciaba mucho.
Me quedé quieta. Procesé esas palabras con la misma lentitud con que se procesa algo que contradice todo lo que uno creía saber.
—¿Y por qué haría eso? —pregunté, aunque ya estaba construyendo la respuesta sola, ladrillo por ladrillo, con la argamasa de la desconfianza. *Quiere algo. Quiere la hacienda. Quiere lo que siempre han querido.*
Doña Petra no respondió. Solo me miró con esa paciencia de pueblo que a mí siempre me había resultado insoportable.
La lectura del testamento ocurrió en el despacho del abogado Fuentes, una hora más tarde, en una sala que olía a papel viejo y a barniz de madera. Mi abuela se sentó a mi lado con las manos cruzadas sobre su regazo, y yo tomé el suyo entre los míos sin pensar. Esta vez sí lo hice.
El licenciado Fuentes leyó con voz pausada, casi ceremonial, como si cada palabra fuera un ladrillo colocado con intención. La hacienda me correspondía. El nombre de mi abuelo, sus tierras, el lugar donde aprendí a montar y a perder y a levantarme: todo era mío.
Pero.
Siempre hay un pero cuando la vida quiere ponerte a prueba.
Para conservar la herencia debía permanecer en Cárdenas durante un periodo no menor a doce meses continuos. Y debía contraer matrimonio con una persona que tuviera vínculos documentados con el municipio.
El silencio que siguió fue tan espeso que casi se podía tocar.
*Lo que estás escuchando no puede ser real.* Lo pensé con una claridad helada, mientras el licenciado Fuentes me miraba por encima de sus lentes con la expresión de alguien que ya ha visto esta reacción antes y sabe que viene algo más.
Me puse de pie. No lo planeé. Simplemente me encontré de pie, con la sangre latiéndome en las sienes y algo que era mitad rabia y mitad dolor apretándome la garganta desde adentro.
—Prefiero perderlo todo.
Lo dije con la voz más firme que pude, aunque por dentro todo temblaba.
Entonces, detrás de mí, una voz.
Baja. Tranquila. Con el peso específico de alguien que ha pensado lo que va a decir antes de decirlo.
—Tal vez no tengas que hacerlo.
Me volteé despacio.
Mateo Villanueva estaba de pie junto a la puerta, con los brazos a los costados y los ojos clavados en los míos. No había triunfo en su mirada. No había urgencia. Solo esa quietud que ya me había irritado en el cementerio, y que ahora, por alguna razón que no quería examinar demasiado de cerca, me resultaba todavía más difícil de ignorar.
Ninguna mujer sueña con casarse mientras medio pueblo apuesta cuánto durará el matrimonio.Lo pensé mientras me abrochaba el último botón de la blusa blanca que Soledad, la mujer que había cuidado la hacienda durante veinte años, había planchado con una devoción que yo no merecía esa mañana. No era un vestido de novia. Era una blusa de lino con bordado en el cuello, pantalón beige de corte recto, y unos aretes de plata que habían sido de mi abuela. Nada de encaje. Nada de velo. Nada que pudiera confundirse con esperanza.El registro civil de Cárdenas olía a papel viejo y a los claveles amarillos que alguien había colocado en un florero de vidrio sobre el mostrador, con una generosidad que resultaba casi patética frente a la frialdad de los formularios apilados a su lado. Llegamos por separado, lo cual ya decía todo. Mateo estaba esperando junto a la puerta cuando bajé del taxi, con una camisa azul marino que no tenía una sola arruga y una expresión que no revelaba absolutamente nada.
Renata leyó el contrato tres veces antes de aceptar que no encontraba ninguna trampa.Lo revisó con la misma meticulosidad con la que revisaba los contratos de arrendamiento en la ciudad, buscando la cláusula pequeña, la letra apretada, el párrafo que lo cambia todo cuando ya no hay vuelta atrás. Pero el documento que descansaba sobre la mesa de madera oscura del comedor era desconcertantemente limpio. Dos hojas. Cuatro condiciones numeradas. Una firma al pie.La tarde había entrado de lleno en la hacienda, dorando las paredes de adobe con esa luz anaranjada y cansada que solo existe en los pueblos donde el tiempo avanza más despacio. Desde algún lugar del patio llegaba el sonido intermitente de una llave de tuercas contra el metal, porque Mateo Villanueva, al parecer, era incapaz de estar quieto.Leí las condiciones por cuarta vez.*Uno: dormitorios separados, sin excepción ni negociación posterior.**Dos: libertad total de movimiento y de vida privada para ambas partes.**Tres: ning
Mateo Villanueva estaba empapado arreglando una tubería mientras yo intentaba odiarlo.Lo observé desde el umbral de la cocina sin que él lo notara, o al menos sin que diera señales de haberlo hecho. Estaba tendido sobre las baldosas frías del patio trasero, con la mitad del cuerpo metido debajo del lavadero de piedra que mi abuelo había instalado décadas atrás. Su camisa blanca, que en algún momento de la mañana debió haber sido presentable, estaba ahora pegada a su espalda por el agua y el esfuerzo. Trabajaba con una concentración tranquila, sin maldecir, sin apresurarse, como si arreglar la tubería rota de una casa que no era suya fuera la cosa más natural del mundo.*¿Qué hace aquí todavía?*Me recargué contra el marco de la puerta y crucé los brazos, buscando dentro de mí la irritación que debería haber sentido con facilidad. Ayer me había propuesto matrimonio con la misma naturalidad con que uno pide la sal en la mesa. Hoy estaba acostado en el suelo de la hacienda Soto, reparan
—Cásate conmigo durante un año.Las palabras quedaron suspendidas en el aire de aquella oficina pequeña y cargada de polvo, donde el ventilador de escritorio apenas conseguía mover los papeles del licenciado Fuentes sin refrescar nada. Me volví lentamente hacia el hombre que las había pronunciado, convencida de que había escuchado mal, de que el cansancio acumulado de dos días sin dormir bien me estaba jugando una mala pasada.Mateo Villanueva me sostuvo la mirada sin parpadear.No había nerviosismo en su expresión, ninguna vacilación en la comisura de sus labios, ninguna de las señales que uno esperaría en alguien que acaba de hacer una propuesta absurda a una mujer a quien apenas conoce. Solo aquellos ojos oscuros, quietos como el agua profunda de un pozo, mirándome con una calma que me resultó inmediatamente insoportable.—Disculpe —intervino el licenciado Fuentes, acomodándose los lentes sobre el puente de la nariz—, quizá debería explicarle el contexto completo de la cláusula ant
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