Mundo ficciónIniciar sesiónDías después.
Vi por las noticias el anuncio de que el imperio Bellucci se había ido cuesta abajo después de la noticia de mi supuesto intento de violación. Mi corazón comenzó a latir con fuerza, tan rápido que me dolía el pecho. Cada titular era más cruel que el anterior. Hablaban de demandas, de embargos, de traición. Decían que la familia Bellucci estaba acabada. Entonces… ¿en qué había quedado él? El aire empezó a faltarme. Yo… ¿de verdad había destruido a toda su familia? Una cosa era mentir. Otra muy distinta era ver las consecuencias desmoronándose en tiempo real. No solo había arruinado mi futuro con él. Había arrasado con el suyo. Con el apellido que llevaba. Con el legado de su padre. Pero eso no era lo que mi padre me había prometido. Se supone que no los iban a tocar. Se supone que esto era solo una estrategia para protegernos. Nada más. Salí de mi habitación casi sin sentir el suelo bajo mis pies y corrí al despacho de mi padre. Sabía que estaba allí. Desde que todo pasó, apenas salía de casa. Abrí la puerta con violencia. El golpe contra la pared retumbó en la habitación. Mi hermano mayor estaba de pie junto al escritorio. Me miró de inmediato. —¡Me mintieron! —les grité. Mi voz se quebró, pero no retrocedí. Él también me lo había jurado. Me había mirado a los ojos y me dijo que si decía aquella mentira, ni Damien ni su madre sufrirían consecuencias reales. Que todo estaría bajo control. Y ahora yo parecía una estúpida que creyó en promesas vacías. —Cálmate, no sé de lo que estás hablando —dijo con una tranquilidad que me dio náuseas. Como si mi mundo no estuviera ardiendo. Como si yo no hubiera pasado semanas encerrada, sin querer comer, sin querer vivir. Desde la última vez que vi a Damien, mi depresión se volvió un pozo sin fondo. Su mirada aquel día… la decepción… el asco. Yo quería correr hacia él y gritarle la verdad. Decirle que lo amaba, que todo había sido una mentira. Pero ya no servía de nada. Yo era una indeseable para él. Y me lo merecía. —Están en la quiebra —dije, y las lágrimas comenzaron a caer sin control. Mi hermano suspiró con fastidio. —Sí. Y nosotros hicimos el favor de comprar todo, ya que nadie quería hacerlo. Así que cumplimos con la palabra. Sentí que el suelo se inclinaba. ¿Comprar todo? Miré a mi padre. Estaba sentado, serio, con los dedos entrelazados sobre el escritorio. No parecía un hombre atormentado. Parecía un empresario cerrando un trato más. Como si no hubiera sido él quien mató al padre de Damien. —¿Lo hiciste por dinero? —pregunté, apenas en un susurro. Él me había dicho que Héctor Bellucci lo amenazó. Que lo golpeó. Que disparó en defensa propia. Yo le creí. Lo defendí. Mentí por él. Pero ahora… ya no sabía qué era verdad. —Ve a tu habitación —ordenó mi padre, sin mirarme. Esa indiferencia me rompió algo por dentro. —Eres un asesino —dije, y esta vez mi voz no tembló. El sonido del golpe fue seco. Explosivo. Por un segundo no entendí qué había pasado. Solo sentí el ardor expandirse por mi mejilla. Mi cabeza giró hacia un lado. Había sido mi hermano. Mi propio hermano. Mi padre no se movió. No dijo nada. Ni siquiera levantó la mirada. Algo en mí se quebró definitivamente. —Largo de aquí —gruñó mi hermano. No me moví. Entonces me tomó del cabello con violencia. El dolor en el cuero cabelludo me hizo jadear. Me arrastró hacia la puerta y me empujó. Caí al suelo del pasillo. El impacto fue brutal. Y entonces lo sentí. Un dolor punzante, profundo, atravesó mi vientre bajo. No era un golpe superficial. Era interno. Intenso. Como si algo se desgarrara dentro de mí. Me encorvé sobre mí misma, apretando los dientes. —Levántate, no es para tanto —dijo él frente a mi, mirándome como si estubiera exagerando. Pero el dolor aumentó. Se volvió insoportable. Ardía. Presionaba. Grité. Y después sentí calor. Un calor húmedo entre mis piernas. Bajé la mirada. Mis manos comenzaron a temblar. La sangre manchaba el suelo. Mi hermano se quedó inmóvil. —Papá… —lo escuché decir, y en su voz había algo que nunca antes le había oído: miedo. Con un terror frío recorriéndome la espalda, lo entendí. Hace dos meses, Damien y yo habíamos hecho el amor por primera vez. Ambos torpes. Nerviosos. Pero fue hermoso. Él me miraba como si yo fuera algo frágil y precioso. Fue gentil. Cuidadoso. Amoroso. El condón se rompió. El dijo que si quedaba embarazada, se casaría conmigo de inmediato. Lo dijo serio, decidido. Yo me reí. Éramos demasiado jóvenes. Demasiado inmaduros. Él tenía diecinueve. Yo dieciocho. Lo convencí de comprar la pastilla del día después. Pensé que todo estaba resuelto. Pensé mal. —Mi bebé… —susurré, y mi voz apenas fue aire. Mi padre apareció en la puerta. Su mirada bajó hacia el suelo manchado. No vi dolor en sus ojos. Vi cálculo. —Llévala al hospital. Y que esto no se sepa —dijo con frialdad. Como si estuviera hablando de un problema administrativo. Mi hermano me levantó en brazos. Intenté resistirme, pero el dolor me dobló. Sentía que algo se escapaba de mí, algo diminuto y silencioso que ni siquiera tuvo oportunidad de existir. Apoyé la frente contra su pecho, derrotada. Mientras me sacaban de la casa, solo podía pensar en una cosa. Damien nunca sabría que, por un instante, hubo algo nuestro creciendo en secreto. Y que lo perdí… igual que lo perdí a él. ... El dolor de la pérdida hizo que mi mundo se volviera oscuro, frío, silencioso. Los días seguían pasando, pero yo no los vivía. Solo existía dentro de ellos, como una sombra que camina sin rumbo. No podía dejar de pensar en todo lo que había perdido por proteger a mi familia… aquella familia que no valía la pena. Perdí a Damien. Perdí a mi bebé. Me perdí a mí. Me di la vuelta en mi cama y miré el celular sobre la mesita de noche. La pantalla negra reflejaba un rostro que apenas reconocía. Ojeras marcadas. Labios pálidos. Ojos vacíos. Con manos temblorosas lo tomé. Busqué su número entre los contactos. Lo tenía guardado todavía. No había sido capaz de borrarlo. Durante días pensé en llamarlo, en decirle lo del bebé. En decirle que, aunque fue poco tiempo, existió. Que fue real. Pero no sabía cómo lo tomaría. No sabía si me odiaba lo suficiente como para no querer escuchar nada que viniera de mí. Aun así, marqué. El tono sonó una vez. Dos veces. Tres. Cada sonido era un latido más acelerado en mi pecho. Entonces contestó. No dijo nada. Pero yo sabía que era él. Reconocía su respiración, leve, contenida al otro lado de la línea. —Damien… —susurré. Mi voz salió rota. —Perdimos a nuestro… Las palabras se atoraron en mi garganta. Decir “bebé” en voz alta lo hacía real. Lo hacía irreversible. El silencio del otro lado se volvió más pesado. Y entonces… La llamada se cortó. Miré la pantalla iluminada. “Llamada finalizada”. Ni una palabra. Ni una pregunta. Ni un reproche. Nada. El vacío fue peor que cualquier insulto. Me quedé allí, sentada en la cama, con el teléfono aún en la mano, sintiendo cómo algo dentro de mí terminaba de romperse. Sentía que me ahogaba. Que el aire no era suficiente. Que las paredes se cerraban. Ya no podía más. Me levanté casi sin sentir mis piernas y caminé hasta el baño. Encendí la luz. El blanco frío del espejo me devolvió una imagen que no parecía mía. Abrí los cajones. Entre cremas, algodones y frascos olvidados, encontré una navaja pequeña. La hoja brilló bajo la luz. La sostuve entre los dedos y, por primera vez en días, mi mente dejó de hacer ruido. Todo se volvió claro. Sencillo. Si yo desaparecía, el dolor desaparecería conmigo. No tendría que despertar mañana. No tendría que recordar. No tendría que seguir respirando este aire que ya no me pertenecía. Apoyé la hoja en mi muñeca. Esta vez no dudé. La presión fue firme. Decidida. El ardor llegó primero, luego el calor espeso bajando por mi piel. Mi respiración se volvió irregular. No estaba llorando. Estaba cansada. Cansada de sentir. Cansada de perder. Me dejé caer lentamente contra la pared del baño, resbalando hasta el suelo frío. Miré el techo. Todo comenzaba a sentirse lejano. Como si el mundo se estuviera apagando alrededor. Pensé en mi bebé. En que tal vez, donde fuera que estuviera, no estaría solo. Pensé en Damien. En su risa. En la primera vez que me dijo que me quería. En cómo sostenía mi rostro con cuidado, como si temiera romperme. Una lágrima cruzó mi sien. —Lo siento… —susurré, aunque ya no sabía para quién. El frío empezó a subir por mis dedos. Y entonces todo dejo de existir, y fui feliz, al fin me sentía en paz.






