Mundo de ficçãoIniciar sessãoCamila siempre fue la gemela imperfecta. Mientras Catalina heredó la belleza, el encanto y el amor del hombre que ambas conocían, Camila fue relegada a las sombras de una familia que solo la veía como un error que debía ocultarse. Pero cuando su padre lo apuesta todo y pierde, el destino la obliga a ocupar el lugar de su hermana en un matrimonio arreglado con Alejandro Moretti —el heredero de un imperio que necesita desesperadamente salvar su apellido—. Lo que debía ser una farsa para limpiar el nombre de sus familias se convierte en una prisión emocional donde cada mirada es un juicio y cada palabra, una herida. Catalina, la hermana perfecta, ahora comprometida con un príncipe extranjero, no puede aceptar que su gemela haya tomado su sitio… ni que Alejandro empiece a verla con otros ojos. Entre celos, traiciones y secretos que podrían destruirlos a todos, los cuatro quedarán atrapados en una red donde el amor y la venganza se confunden con la misma intensidad. Y cuando un misterioso hombre aparece dispuesto a ofrecerle a Camila algo que Alejandro nunca le dio —libertad y deseo—, ella deberá elegir entre la pasión prohibida que la consume y el deber que la encadena. Porque incluso en un mundo de lujo, poder y apariencias, las sombras pueden desear brillar… Y los corazones más heridos pueden aprender a amar, aun entre ruinas.
Ler maisEl gran salón de cristal de la mansión Montes resplandecía bajo las luces de los candelabros de oro. Orquídeas blancas se alzaban desde cada mesa, sus pétalos inmaculados brillando como pequeñas estrellas contra el mármol negro del suelo. Los invitados más poderosos del país ocupaban las sillas tapizadas en terciopelo, sus sonrisas perfectas ocultando la ansiedad de presenciar la unión que consolidaría dos imperios.
La orquesta tocaba los primeros compases de la marcha nupcial cuando las puertas dobles se abrieron con solemnidad. Quinientos pares de ojos se giraron hacia la entrada, esperando ver a Catalina Álvarez, la belleza dorada que había conquistado el corazón del empresario más poderoso del país.
Pero la mujer que apareció bajo el arco de flores no era ella.
Camila Álvarez caminaba con paso vacilante por el pasillo central, envuelta en un vestido de encaje que claramente no había sido diseñado para su cuerpo. La seda resbalaba incómoda sobre sus curvas más suaves, y el corpiño se ajustaba de manera extraña, como si hubiera sido cosido para alguien con una complexión completamente diferente. Su cabello castaño, recogido con prisa en un moño que ya se deshacía, carecía del brillo dorado que caracterizaba a su gemela. Sus manos temblaban visiblemente mientras sostenía un sobre de papel pergamino.
Los murmullos comenzaron como un zumbido suave que se extendió por el salón como una plaga.
—¿Esa es... Camila?
—¿Dónde está Catalina?
—La gemela menos favorecida...
En el altar, Alejandro Montes permaneció inmóvil como una estatua de mármol negro. Su traje, cortado a la perfección por los mejores sastres de Europa, no logró ocultar la tensión que se apoderó de cada músculo de su cuerpo cuando la reconoció. Sus ojos oscuros, que momentos antes habían brillado con expectativa, ahora se habían convertido en abismos peligrosos.
Cuando Camila llegó al pie del altar, él levantó una mano para detener al sacerdote antes de que pudiera pronunciar una sola palabra. Su mirada se clavó en el sobre que ella llevaba, y luego subió lentamente hasta encontrar sus ojos verdes.
—¿Qué significa esto? —preguntó con voz controlada, pero cada sílaba goteaba veneno.
Camila no respondió verbalmente. Con manos que temblaban como hojas en una tormenta, le extendió el sobre. Sus dedos rozaron los de él durante el intercambio, y ella pudo sentir el calor que irradiaba de su piel, contrastando brutalmente con la frialdad de su expresión.
Alejandro rompió el sello con movimientos precisos, sus ojos nunca apartándose del rostro de ella. El papel crujió como huesos rotos en el silencio absoluto del salón. Mientras leía, su mandíbula se tensó visiblemente, y una vena pulsó en su sien. Los invitados observaban en completo silencio, sintiendo la tensión eléctrica que crepitaba en el aire como la calma antes de una tormenta.
La carta, escrita con la caligrafía elegante pero fría de Gonzalo Álvarez, no se andaba con rodeos:
"Estimado Alejandro, Espero que comprendas que en los negocios, como en la vida, siempre se debe elegir la mejor oferta disponible. Su Alteza el Príncipe Elian ha presentado términos que superan considerablemente los nuestros, y Catalina, como activo más valioso de la familia, debe ir donde su valor sea mejor apreciado. Sin embargo, nuestro contrato especifica claramente la entrega de 'una hija Álvarez' en matrimonio, no un nombre específico. Camila cumple con los requisitos contractuales establecidos. Si deseas acceder a la fortuna acordada y consolidar nuestras familias, la ceremonia debe proceder según lo planeado. Te recuerdo la cláusula específica del artículo doce: si no se produce un heredero dentro de los doce meses posteriores a la unión, y si no se puede demostrar la consumación del matrimonio, el contrato se anulará automáticamente y la fortuna transferida deberá ser devuelta con intereses del veinticinco por ciento. La decisión es tuya. Gonzalo Álvarez"
El silencio que siguió fue ensordecedor. Alejandro dobló la carta con movimientos mecánicos, sus nudillos blancos por la presión. Cuando levantó la vista hacia Camila, ella vio algo terrible nacer en sus ojos: no solo odio, sino una humillación tan profunda que amenazaba con consumirlo.
—¿Sabías? —preguntó con voz peligrosamente suave.
Camila negó con la cabeza, sus labios temblando mientras trataba de formar palabras.
—No hasta... hasta esta mañana —susurró—. Mi padre me dijo que tenía que salvarnos o...
—¿O qué? —interrumpió él, dando un paso hacia ella que la hizo retroceder instintivamente.
—O la familia se hundiría completamente.
Alejandro soltó una risa sin humor que hizo que varios invitados se removieran incómodos en sus asientos. Se giró hacia el público, que observaba el drama desenvolverse con una fascinación morbosa.
—Estimados invitados —anunció con voz clara que llegó hasta el último rincón del salón—, parece que hay un pequeño cambio en los planes. Mi querida prometida Catalina ha decidido que un príncipe es una mejor inversión que un empresario. —Su sonrisa era una obra maestra de frialdad—. Pero como dice el refrán, en los negocios uno debe adaptarse a las circunstancias.
Se volvió hacia Camila, tomó su mano con una fuerza que prometía moretones y la levantó para que todos pudieran verla.
—Permítanme presentarles a mi nueva novia. Camila Álvarez, la... alternativa.
Los murmullos se intensificaron. Camila sintió como si cada mirada fuera una daga clavándose en su piel. Quería desaparecer, convertirse en polvo y ser llevada por el viento, pero la mano de Alejandro la mantenía anclada a ese momento de humillación.
—Continuemos con la ceremonia —ordenó al sacerdote, que parecía haber perdido la capacidad de habla—. Después de todo, un contrato es un contrato.
El resto de la ceremonia transcurrió como en una pesadilla febril. Camila pronunció sus votos con voz quebrada, cada palabra saliendo de su garganta como cristales rotos. Alejandro recitó los suyos con la precisión mecánica de alguien que lee términos y condiciones, sin una pizca de emoción genuina.
Cuando llegó el momento del beso, él se acercó a ella con movimientos calculados. Sus manos enmarcaron su rostro con una suavidad que contrastaba brutalmente con la dureza de su mirada.
—Sonríe —murmuró contra sus labios—. Dale al público lo que quiere ver.
El beso fue una actuación perfecta: lo suficientemente apasionado para convencer a los invitados, lo suficientemente controlado para recordarle a ella que no significaba nada. Cuando se separaron, Camila sintió como si le hubieran arrancado algo vital.
Los aplausos sonaron forzados, como el ruido de lluvia sobre metal oxidado. Los invitados se acercaron a felicitarlos con sonrisas que no alcanzaban sus ojos, sus palabras cuidadosamente elegidas para evitar mencionar el elefante en la habitación.
—¡Qué sorpresa tan... interesante! —Estoy segura de que serán muy felices juntos. —Los gemelos siempre han sido intercambiables, ¿no es cierto?
Cada comentario era una bofetada disfrazada de cortesía. Camila los soportó todos con una sonrisa que se sentía como una máscara de porcelana agrietándose lentamente.
Durante la recepción, Alejandro jugó su papel a la perfección. Le hablaba cuando era necesario, la tocaba cuando los ojos estaban sobre ellos, pero sus caricias se sentían como las de un actor experimentado interpretando un papel que detestaba. Entre los invitados, Camila escuchaba fragmentos de conversaciones que la desgarraban:
—Pobre muchacha, siempre ha sido la sombra de Catalina. —¿Pero has visto cómo la mira Alejandro? Como si quisiera estrangularla. —Dicen que Catalina se escapó anoche con el príncipe. ¡Qué escándalo! —Al menos Camila es... práctica. No tan hermosa, pero servirá para el propósito.
Cuando finalmente la recepción llegó a su fin, Alejandro se acercó a ella con la misma expresión que tendría un verdugo acercándose al patíbulo. La tomó del brazo con una firmeza que no dejaba lugar a dudas sobre quién tenía el control.
—Es hora de irnos, esposa —dijo la palabra como si fuera una maldición.
El viaje hacia la mansión Montes transcurrió en un silencio tan denso que Camila sentía que la asfixiaba. Alejandro mantenía los ojos fijos en la ventanilla, su perfil tallado en piedra bajo la luz intermitente de las farolas. De vez en cuando, sus dedos tamborileaban contra su muslo, el único signo de la tormenta que rugía en su interior.
La mansión se alzaba contra el cielo nocturno como una fortaleza medieval, sus torres góticas cortando las nubes bajas. Los empleados los recibieron con reverencias silenciosas, pero Camila pudo sentir sus miradas curiosas siguiéndola mientras atravesaban pasillos interminables.
La habitación matrimonial era opulenta hasta el exceso: una cama con dosel dominaba el espacio como un altar pagano, rodeada de muebles antiguos que parecían observarla con desaprobación. Pesadas cortinas de terciopelo bloqueaban la luz de la luna, sumiendo el espacio en una penumbra dorada.
Alejandro cerró la puerta detrás de ellos con un clic que resonó como una sentencia de muerte. Durante un momento, permanecieron inmóviles, separados por metros de alfombra persa que se sentían como kilómetros.
—¿Sabes por qué estamos aquí? —preguntó finalmente, su voz un susurro peligroso en la oscuridad.
Camila no respondió, pero su silencio fue respuesta suficiente.
—Tu querido padre ha sido muy específico en sus términos —continuó, acercándose a ella con pasos medidos—. Un heredero en doce meses. Pruebas de consumación. Como si fuéramos animales de reproducción en lugar de seres humanos.
Cada palabra era un latigazo. Camila retrocedió hasta que su espalda tocó la pared fría, pero él siguió avanzando hasta quedar tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo.
—La verdad es que me importa muy poco lo que pienses de mí —murmuró, colocando las manos en la pared a ambos lados de su cabeza, creando una jaula de músculos y calor—. Pero ese contrato representa años de trabajo, y no voy a perder mi fortuna por los juegos de tu familia.
Sus ojos brillaban con una intensidad feroz en la penumbra. Camila podía sentir su respiración acariciando su rostro, mezclándose con la de ella en el espacio íntimo que había creado entre sus cuerpos.
—Así que esto es lo que va a pasar —continuó, su voz descendiendo hasta convertirse en un rugido ronco—. Si el mundo quiere pruebas, entonces se las daré. Vamos a cumplir con cada maldita cláusula de ese contrato.
Sus dedos encontraron la delicada tela del vestido en su hombro, y con un movimiento preciso, rasgaron el encaje. El sonido se extendió por la habitación como un disparo, y Camila sintió como si algo más que la tela se hubiera roto.
—Pero entiende esto muy bien —murmuró contra su oído, su aliento caliente enviando escalofríos por toda su columna—. No lo haré porque seas mi esposa, ni porque signifiques algo para mí.
Sus labios rozaron su cuello, tan suave que podría haber sido un accidente, pero Camila sabía que cada movimiento era calculado, diseñado para desarmarla completamente.
—Lo haré porque eres la única forma de mantener el contrato en pie —concluyó, apartándose lo suficiente para mirarla directamente a los ojos—. Porque eres el precio que tengo que pagar por lo que tu familia me robó.
El vestido, ya dañado, se deslizó ligeramente por su hombro, exponiendo la piel pálida que contrastaba con sus ojos verdes ahora brillantes de lágrimas no derramadas. Pero en lugar de la sumisión que él esperaba encontrar, vio algo que lo tomó completamente por sorpresa: un destello de desafío, pequeño pero feroz, ardiendo en las profundidades de su mirada.
En ese momento, suspendido entre la humillación y algo mucho más peligroso, ambos supieron que lo que estaba a punto de suceder cambiaría todo entre ellos de maneras que ninguno de los dos estaba preparado para entender.
Algunos hombres piden dinero, otros poder—pero los más peligrosos piden absolución.Marcus observó el rostro de Viktor a través de la pantalla del teléfono satelital, cada línea de expresión revelando la determinación de un hombre que había jugado su última carta. Las palabras del ruso resonaban aún en el aire viciado de la mansión abandonada, tan frías como el metal de las armas que aún apuntaban hacia él.—Inmunidad total —repitió Viktor, su voz desprovista de emoción—. Nueva identidad. Protección permanente. Y transferencia inmediata a un país sin extradición.Alejandro arrebató el teléfono de las manos de Marcus, sus nudillos blancos por la presión.—¡No tenemos autoridad para eso! —su voz reverberó contra las paredes agrietadas—. ¿Crees que puedes negociar después de todo lo que has hecho?Una sonrisa torcida apareció en los labios de Viktor, más amarga que triunfante.—No estoy negociando, Moretti. Estoy dictando términos. —Se recostó contra la pared, ignorando el dolor evidente
Cuando cada segundo es una vida, la velocidad se convierte en oración.Marcus ajustó el auricular mientras corría hacia el vehículo blindado, sus botas resonando contra el asfalto húmedo del hospital. Samuel ya había puesto en marcha el motor, el rugido del motor ahogando parcialmente los gritos desesperados que llegaban desde la ventana de la habitación de Catalina.—¿Tienes las coordenadas? —preguntó Marcus al subir al asiento del copiloto.—Viktor las envió hace treinta segundos. Complejo industrial a las afueras, sector 7. —Samuel pisó el acelerador, las llantas chirriando contra el pavimento—. Dice que hay un acceso lateral sin vigilancia.El teléfono de Marcus vibró. Era Alejandro.—¿Situación?—Empeorando. —La voz de Alejandro sonaba tensa, controlada pero al borde del quiebre—.
Entre el veneno y su cura, hay un territorio llamado agonía.El monitor cardíaco emitía pitidos irregulares mientras el doctor Hernández trabajaba con manos expertas sobre el cuerpo inmóvil de Catalina. Las luces fluorescentes del hospital privado creaban sombras duras en su rostro concentrado, cada línea de expresión revelando la gravedad de la situación.—Presión arterial cayendo —anunció la enfermera, su voz tensa cortando el aire cargado de antiséptico—. Ochenta sobre cuarenta y descendiendo.Alejandro observaba desde el cristal de la sala de emergencias, sus nudillos blancos contra el marco de la puerta. Marcus permanecía a su lado, estudiando cada movimiento del equipo médico con la intensidad de quien había visto demasiadas batallas perdidas.—Los análisis de sangre están listos —gritó un técnic
La traición más profunda siempre viene envuelta en lazos familiares.Viktor permanecía inmóvil contra la pared agrietada de la mansión, su respiración entrecortada creando pequeñas nubes de vapor en el aire frío. La sangre que manchaba su camisa había comenzado a coagularse, pero sus ojos mantenían esa lucidez peligrosa que Marcus había aprendido a temer.—Necesito contarles algo sobre Dimitri —murmuró Viktor, su voz apenas audible por encima del viento que se filtraba por las ventanas rotas—. Algo que cambia todo lo que creen saber.Marcus intercambió una mirada con Alejandro. El nombre de Dimitri había surgido demasiadas veces en las últimas horas para ser una coincidencia. Laurent lo había mencionado como su contacto más confiable, el hombre que había ayudado a mantener a Catalina oculta durante semanas.&mdash
Enfrentar al monstruo es terrible, pero escuchar por qué se convirtió en monstruo es devastador.Marcus avanzó con cautela por el corredor de mármol agrietado, cada paso resonando como un disparo en el silencio sepulcral de la mansión abandonada. Alejandro se movía a su derecha, el arma firme en sus manos, mientras que detrás de ellos, el equipo táctico mantenía las posiciones estratégicas. La dirección que Viktor había proporcionado los había llevado hasta esta reliquia del pasado, una propiedad que según los registros había pertenecido a la familia Delacroix décadas atrás.—Está aquí —murmuró Marcus, señalando hacia la biblioteca al final del pasillo—. Puedo sentirlo.La puerta de roble macizo estaba entreabierta, dejando escapar una franja de luz dorada que contrastaba con las sombras que los rode
Regresar al origen es enfrentar todos los fantasmas que creíste haber dejado atrás.Marcus estudió el mensaje una vez más, sus dedos tamborileando contra la superficie de cristal de la mesa de operaciones improvisada. Las tres palabras —Donde todo empezó— resonaban con múltiples significados, cada uno más siniestro que el anterior.—Podría ser la mansión Montes —murmuró, señalando el primer punto en el mapa digital desplegado ante ellos—. Donde se celebró la primera ceremonia.Samuel negó con la cabeza, su expresión sombría mientras ajustaba los parámetros de búsqueda en su laptop.—El casino Bellagio. Ahí fue donde Gonzalo apostó la vida de sus hijas. Donde Viktor conoció por primera vez a la familia.Camila, que había permanecido en silencio junto a la ventana, se vo
Último capítulo