AURA.
La oscuridad se disuelve lentamente, dejando paso a una punzada aguda que me martillea las sienes. Intento moverme, pero mis muñecas arden; el roce áspero de la cuerda me devuelve a la realidad de golpe. Estoy sentada en una silla, con los brazos echados hacia atrás y las piernas inmovilizadas.
Abro los ojos con dificultad, parpadeando contra la luz tenue. El corazón me da un vuelco cuando el entorno cobra nitidez. No es un lugar desconocido. Reconozco las vigas de madera, el olor a pino