Mundo ficciónIniciar sesiónEn un mundo donde la magia parece solo un mito, Lyra de Varidia y Kaelan de Athael se enfrentan a su mayor prueba: el matrimonio. Después de una batalla que ha consumido a Varidia y Athael por lo que parece una eternidad, una alianza en lanzada sobre la mesa y aceptada por ambos reinos parece ser el siguiente paso. Kaelan de Athael es el tipo duro, el general y estratega militar. Mientras que Lyra de Varidia es la princesa de la que nadie espera nada, pero con el temple y la eficiencia para demostrar que lo puede todo. Sumidos en la complejidad del momento, Lyra y Kaelan no necesitan dos palabras para odiarse desde el primer momento, o para estrechar frentes. Algo se esconde entre las paredes de Varidia, y tal cosa no es buena para Lyra o Kaelan en absoluto. Consientes del peligro y con la única misión de salvar sus reinos, ambos jóvenes serán partes de una farsa donde el deseo, el amor y los celos, son los protagonistas. ¿Será esta alianza la respuesta a sus males? ¿La falsa se convertirá en realidad?
Leer másEl aire en el Gran Salón de los Tratados olía a incienso caro, cera de abejas y, peor aún, a traición apenas disimulada. Para la Princesa Lyra de Veridia, no había perfume en el mundo que pudiera enmascarar el hedor a rendición que envolvía a su reino. Estaba de pie junto a su padre, el Rey Theodoric, una estatua de seda púrpura y orgullo, sus ojos grises fijos en el hombre que venía a sellar la paz con un grillete de oro.
El Príncipe Kaelan de Aethel no caminaba; marchaba. Era una columna de autoridad revestida en un uniforme militar de lana negra y plata, con la espalda tan recta que parecía haberse tragado una espada. Su cabello oscuro, casi azabache, estaba cortado con la precisión de un soldado, y su rostro, cincelado con una severidad que no invitaba a la calidez, la miró de arriba abajo. No había cortesía en esa mirada; solo una fría evaluación, como si ella fuera un mapa, un activo o, peor aún, un obstáculo. Lyra sintió cómo el desagrado se le subía por la garganta, un sabor amargo y metálico. Había estudiado a Kaelan durante meses a través de informes y grabados. Sabía que era el estratega que había ganado la última batalla en el Valle de las Ciénagas, el comandante que había bloqueado los puertos de Veridia hasta que su tesorería se vació. Lo odiaba por su eficiencia despiadada, por la arrogancia silenciosa que emanaba de cada centímetro de su ser. El Rey Theodoric carraspeó, rompiendo el tenso silencio. —Príncipe Kaelan, bienvenida sea la Casa de Aethel. Veridia se honra con su presencia. Kaelan hizo una reverencia breve, casi descuidada, una que a Lyra le pareció un insulto. —Rey Theodoric. Mi presencia es solo un reflejo de mi deber. El tratado, como ya hemos acordado, es el único camino para estabilizar la frontera.—Su voz era profunda, un barítono grave que portaba el eco de las órdenes dadas en el campo de batalla. —Y la unión de nuestras líneas de sangre —añadió el rey, con una sonrisa forzada. Hizo un gesto hacia Lyra.— Permítame presentarle a mi hija y heredera, la princesa Lyra. Kaelan giró su cuerpo por completo hacia ella. Sus ojos, de un marrón tan oscuro que casi parecían negros, se detuvieron en los suyos. Lyra no era una belleza frágil; sus facciones eran definidas y su temperamento era conocido por ser tan afilado como el cristal. Ella estaba hermosamente vestida, con todo ese cabello rubio y ojos pardos que la hacían resaltar. Ella mantuvo la barbilla alta, negándose a mostrar debilidad. —Princesa —dijo él, sin emoción. —Príncipe —respondió ella, con la misma falta de calidez. El protocolo exigía un intercambio de cumplidos sobre el viaje o la salud. Ellos intercambiaron una promesa tácita de animosidad. El Rey Theodoric, ajeno o tal vez acostumbrado a las frialdades de la realeza, indicó la gran mesa de ébano donde esperaban los pergaminos del tratado. —Hemos dispuesto una cena privada para los prometidos esta noche. Es esencial que empiecen a conocerse. Lyra casi se echó a reír. ¿Conocerse? Ya se conocían lo suficiente. Él era la razón por la que su gente pasaba frío; ella era el precio de su victoria. Mientras los dos monarcas se dirigían a la mesa, Kaelan se acercó un paso a Lyra, su presencia imponente llenando el pequeño espacio entre ellos. Bajó la voz para que solo ella pudiera escuchar, la formalidad desapareciendo y revelando una punta de filo. —Espero que entienda, princesa, que este matrimonio no es una petición, sino una necesidad. Le ruego que evite las demostraciones de su famoso temperamento delante de mi séquito. La diplomacia es frágil. Lyra sintió un repentino impulso de clavarle el alfiler de su broche. —Y yo espero que entienda, príncipe, que esta unión es una humillación, no una boda. Le ruego que evite dar por sentado que soy una marioneta. Haré mi parte por mi reino, pero no seré su esposa obediente. Soy la heredera de Veridia. Mis opiniones son tan fuertes como sus estrategias de guerra. Una chispa –¿sorpresa? ¿diversión?– cruzó los ojos de Kaelan, pero se desvaneció de inmediato. Una leve, casi imperceptible sonrisa torció una esquina de su boca. —Qué refrescante. Una espina es mucho mejor que una flor. Las espinas se pueden manejar. Las flores, se marchitan. —No intentaría manejarme, príncipe —siseó Lyra. —Podría pincharle. Y las heridas de realeza tienden a sangrar mucho.— Kaelan inclinó la cabeza, la burla ya extinta, dejando solo la seriedad. —Espero que no me malinterprete, pero para que este matrimonio funcione, debemos ser un frente unido. Eso significa que trabajaremos juntos, lo que significa confiar el uno en el otro, y no en el sentido romántico, princesa —aclaró con un cinismo helado.— Sino en el no apuñalarnos al otro por la espalda mientras firmamos tratados. Lyra tragó saliva. La confianza era la única cosa que no podía darle. Sabía que él solo veía un reino que anexar. Pero su mención de "trabajar juntos" encendió una pequeña luz de intriga en su mente política. Veridia estaba débil, sí, pero Kaelan necesitaba la legitimidad de su corona. —¿Trabajar juntos, dice?—preguntó, cruzándose de brazos.— ¿Qué le hace pensar que me interesaría ayudarle a establecerse en el trono de mi gente? —Porque el enemigo de mi enemigo no es el Rey Theodoric, ni usted —respondió Kaelan, y su voz se hizo más grave, un susurro que no llegaba a los oídos de sus padres.— Es el Concilio de las Sombras. Y si mis informes son correctos, ellos ya han estado intentando debilitar tanto a Aethel como a Veridia. Su gente en la frontera ha estado desapareciendo. Mis suministros han sido saboteados. Alguien quiere que caigamos juntos. La sangre de Lyra se heló. El Concilio de las Sombras. Una sociedad secreta de nobles renegados y magos que creían en la restauración de un imperio ancestral. Su padre siempre había desestimado las historias como fantasía. —Mentiras —musitó ella, pero su voz no sonó convincente. —Pregúntele a su padre sobre el incendio en el Gran Archivo de hace dos años. O por qué perdió a su mejor comandante en la batalla del pantano, no por mi espada, sino por fuego amigo. Piense, princesa. No somos los únicos jugadores en este tablero. Y si no unimos fuerzas, si no confía en el enemigo que ve, el enemigo que no ve nos devorará a los dos. Kaelan se apartó con la misma frialdad con la que había llegado, dejándola sola y tambaleándose. Ella lo vio tomar asiento junto a su padre, con la postura de un hombre que controlaba cada aspecto de su vida. Enemigo. Esa palabra resonaba en ella. Lo odiaba, sí, pero el miedo que Kaelan había inyectado en su corazón era más fuerte que su orgullo. La idea de que tenían un enemigo común, un enemigo oculto y peligroso, transformaba su matrimonio de una rendición política a una alianza militar incómoda y peligrosa. Lyra apretó los puños, la seda crujiendo bajo sus dedos. La cena de esa noche no sería un encuentro de recién casados, sino la primera junta de guerra. Y ella acababa de descubrir que el hombre que odiaba era, por ahora, el único al que necesitaba.Una vez en las calles de la capital, el asalto fue sensorial. El ruido de la noche, el hedor a basura, orina y pescado rancio, y la abrumadora cercanía de la gente golpearon a Lyra. Ella nunca había visto su ciudad desde este ángulo de miseria y desesperación. Kaelan la tomó firmemente del brazo y la pegó a su costado. —Mantente cerca y no hables a menos que sea necesito —susurró en su oído—. Y no demuestres miedo. Eres la mujer de un soldado, debes ser dura y silenciosa para evitar problemas. Pasaron por tabernas ruidosas y callejones sucios donde Kaelan se comunicaba ocasionalmente con los hombres de su pequeño séquito de Aethel, que esperaban en las esquinas, usando dialectos rápidos y ásperos que Lyra no entendía. En un momento, pasaron junto a un grupo de borrachos que las silbaron y dijeron vulgaridades. Kaelan se detuvo con el cuerpo tenso con los ojos bañados en puro acero, y los borrachos se encogieron de miedo antes de que Kaelan hiciera un movimiento. Kaelan no d
El escape se planeó con la precisión fría y táctica de una operación militar. El tiempo era el enemigo; cada hora que Lyra y Kaelan permanecían en el castillo aumentaba la probabilidad de que el verdadero Canciller, el que conocía cada grieta en la seguridad, diera el golpe final. Kaelan había dispuesto ropa sencilla para ambos en un baúl oculto: lana basta y oscura, capuchas que ocultaban sus rostros hasta la nariz y botas de cuero gastadas, que se sentían pesadas y ajenas en los pies acostumbrados de Lyra.La preparación final se llevó a cabo en la suite nupcial, bajo la tenue luz de una sola vela, un contraste sombrío con el lujo que pronto dejarían atrás.—Quítate el vestido y ponte esto — ordenó Kaelan, arrojándole un conjunto de ropa oscura y sin forma. Se giró para darle privacidad, pero Lyra sabía que su oído estaba atento a cada sonido.Cuando ella terminó, Kaelan se acercó, sosteniendo un cuchillo pequeño y afilado de Aethel, que usaba para afilar sus plumas.—Debes cortar
Una semana después, la vida en el castillo era un ejercicio agotador de paranoia controlada. Lyra y Kaelan intentaban no dejarse llevar por el ambiente, sumergidos en la tarea de descubrir las telarañas perfectamente tejidas alrededor por las diestras manos del Concilio y sus partidarios, así como no dejar en duda lo que debía parecer un ferviente y vaporoso matrimonio. Lyra, dueña de una mirada cansada y pesos suaves, hacia que los comentarios de la corte cada vez se volvieran más floridos. Todos querían la información de porqué la joven lucía ese aspecto taciturno cada mañana. Aunque Kaelan no se quedaba atras. Levantando miradas de desprecio, suspiros delirantes y muecas enfadadas mientras se movía con la calma posesiva de un hombre que había ganado su guerra más difícil. En privado las cosas no habían cambiado mucho ente ellos. Seguían en un continúo tira y afloja que los estaba volviendo totalmente locos, y si bien la mayor parte de la energía la dedicaban a buscar informació
Con la noche en lo alto y la presencia de Kaelan al otro lado de la cama, Lyra estaba apenas sobreviviendo al momento. El clima cálido llenaba la habitación, y las sábanas aunque suaves, se sentían repentinamente incómodas. Aún podía sentir las manos de Kaelan alrededor de su cintura, apretando con dedos diestros, acercándola un poco más mientras le susurraba alguna tontería al oído. Fue un gesto simple, pero entre dos personas como ellos, enemigos y ahora esposos sin remedio, comenzaba a ser una de las tantas gotas que llenaban el saco de arena y estaban destinados a hacerlo explotar. Lyra se movió apenas en la cama, con los ojos cerrados y la respiración contenida. La presencia de Kaelan era fuerte, un manto que la tenía pensando en mil cosas que no debería. Ella era una mujer hecha y derecha, con necesidades y deseos que había pospuesto demasiado tiempo. Unos que parecían estar listos para explotar. Ser una princesa tenía sus ventajas, así como desventajas que la ponían en jaq
Capítulo Quince:Gestos y vítores. El Rey Theodoric, aunque aún frágil y debilitado por el antiguo hechizo de control mental, había comenzado a hablar. Su testimonio, forzado por la liberación de su mente, fue un arma política devastadora. Confirmó la traición generalizada del Duque Marius y del Canciller Elara, nombrando a los agentes del Concilio que habían manipulado su reinado durante años. La corte, aunque intrínsecamente dividida entre las viejas lealtades y las nuevas realidades, comenzó a ver a Lyra y Kaelan no solo como los nuevos gobernantes, sino como los héroes que habían desenmascarado la podredumbre. Para capitalizar este repentino oleaje de apoyo y cortar de raíz cualquier duda sobre la estabilidad del nuevo régimen, Kaelan orquestó una aparición pública inmediata en el balcón principal, el mismo lugar donde Lyra había sido presentada por primera vez como Princesa de Veridia. —Después de semejante proclamación por parte de tu padre, necesitas mostrar más estabilidad
Capítulo Catorce:La grieta en la armadura. La rutina de Lyra y Kaelan se había establecido en un equilibrio precario: noches de tensión silenciosa y sofocante en la cama nupcial, seguidas por días de estrategia feroz y colaboración intensa en la biblioteca real. Lyra, obligada a confiar ciegamente en el criterio y la disciplina de Kaelan, había comenzado a observarlo con una nueva, e incómoda, intensidad. La necesidad la forzó a ver más allá del título de "Príncipe Guerrero" y a notar las primeras grietas en la armadura de su enemigo. La oportunidad para la observación se presentó durante una reunión crucial con los generales de Veridia. Kaelan había convocado a los altos mandos para una evaluación brutalmente honesta de la capacidad militar del reino, una tarea que Lyra había pospuesto por miedo a ofender a la nobleza. Kaelan fue incisivo y brutal. Un hombre en particular, el General Valerius, comandante de la Guardia de la Ciudad, cuestionó abiertamente la lealtad de Kaelan, a





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