Mundo ficciónIniciar sesiónMe estaba muriendo… hasta que el rey de los vampiros me eligió para darle un heredero. Cassian Velmont me usó como incubadora, seguro de que moriría después del parto. Pero sobreviví. Mi enfermedad desapareció, mi cuerpo empezó a transformarse y ahora todos en su reino quieren decidir qué hacer conmigo… y con el hijo que llevo en mi vientre. Lo que nadie esperaba es que la humana destinada a morir se convertiría en el mayor peligro para los vampiros… y en la única mujer capaz de destruir o salvar a su rey.
Leer másGénesis
El marcador del reloj de la pared avanza más rápido que mis pulmones.
Cada vez que tomo aire, siento que algo se arrastra dentro de mi pecho, como si mi cuerpo se estuviera cansando de sostenerme.
Aun así, sigo de pie frente al pizarrón, con el yeso entre los dedos y una sonrisa que ya ni yo misma me creo.
—A ver, niños, ¿quién me dice cuál es el resultado?
Tres manos se levantan al mismo tiempo.
Los más pequeños siempre tienen esa costumbre hermosa de competir por cosas simples, como responder una suma o enseñarme un dibujo mal coloreado.
A veces pienso que por eso sigo aquí.
No por el salario miserable ni por la necesidad.
Sigo aquí porque, mientras ellos me miran, logro olvidar por unos minutos que me estoy apagando.
—Yo, seño. Yo.
Señalo a Camila, que se pone de pie con dos coletas desordenadas y una expresión tan seria que me arranca una sonrisa real.
—Son treinta y dos —dice, muy orgullosa.
—Muy bien.
Mi voz sale más débil de lo que quisiera. Trago saliva. La garganta me arde.
Anoche casi no duermo porque la fiebre vuelve a subir y el dolor en las articulaciones me deja temblando, pero no puedo darme el lujo de faltar otra vez.
La directora ya me advirtió que si sigo presentando incapacidades, tendrá que buscar a alguien “más estable” para el puesto.
Más estable.
Como si una eligiera tener un cuerpo defectuoso.
Escribo otro ejercicio en el pizarrón, pero las letras se me mueven.
Parpadeo una vez, dos. La visión se aclara solo un segundo antes de volver a nublarse.
No. Ahora no.
Apoyo una mano en el escritorio más cercano y respiro hondo.
No quiero asustarlos. No quiero que ninguno de ellos note que tengo sangre en la boca.
Hace media hora fui al baño y escupí rojo en el lavamanos.
Lo limpié rápido, como si ocultarlo pudiera cambiar algo.
—Copien esto en su cuaderno —les digo—. Voy a revisar la tarea de la fila de la ventana.
Camino entre los pupitres con pasos lentos, procurando que no se note que me mareo.
La niña del primer asiento me enseña su cuaderno y yo asiento, aunque apenas alcanzo a enfocar la tinta.
Luego uno de los niños me abraza por la cintura sin previo aviso.
—Seño, hoy está pálida.
Se me hace un nudo en la garganta.
—Estoy bien, Mateo.
Mentira.
Desde hace meses mi vida se reduce a tres lugares: esta escuela, la clínica pública y el cuarto diminuto que alquilo al final de una calle donde hasta los perros se ven cansados.
Trabajo, vomito, pago deudas, tomo medicamentos que apenas ayudan y vuelvo a empezar.
Ya no me quedan padres, no me quedan hermanos, no me queda nadie que me espere al final del día.
Solo me queda la costumbre de seguir respirando.
Termino de revisar dos cuadernos más antes de que el pitido en mis oídos se vuelva insoportable.
Es agudo, insistente.
El salón se inclina. La mano con la que sostengo el bolígrafo empieza a temblar.
—Seño…
La voz de alguien me llega de muy lejos.
Intento responder, pero el aire no me entra. Todo gira. El piso sube de golpe hacia mí.
Y después, nada.
Cuando abro los ojos, veo manchas blancas, un ventilador viejo y el rostro arrugado de la directora inclinándose sobre mí.
—Por fin.
Quiero incorporarme, pero el cuerpo me pesa como si estuviera hecho de piedra.
—¿Qué pasó?
Mi propia voz me asusta. Suena rota.
—Te desmayaste frente a los niños. —La directora aprieta los labios—. Otra vez.
Otra vez.
Ese “otra vez” cae sobre mí más duro que cualquier diagnóstico.
Me llevo una mano a la frente y noto que estoy acostada en la camilla de la enfermería escolar.
La cabeza me late con fuerza. Tengo un sabor metálico en la lengua.
—Lo siento —murmuro.
—Lo siento no paga suplencias, Génesis.
La conozco lo suficiente para saber que intenta parecer dura porque la lástima le incomoda.
Aun así, duele. Porque tiene razón. Mi enfermedad no le sirve a nadie.
Ni a ella, ni a la escuela, ni a mí.
La enfermera me ofrece un vaso con agua. Lo tomo con dedos temblorosos.
—Te llevamos al hospital —dice la directora—. Pero te negaste en cuanto reaccionaste.
Asiento. Ir al hospital significa otra cuenta que no puedo pagar y otra mirada compasiva de algún médico que hablará de “tratamientos costosos” con ese tono suave reservado para los condenados.
—Estoy bien. Solo… no desayuné.
Ni siquiera yo me creo esa excusa.
La directora suspira y se cruza de brazos.
—No puedo seguir cubriéndote, Génesis. Eres buena maestra. Los niños te adoran. Pero si mañana no traes una constancia de que puedes trabajar, tendré que suspenderte.
Suspenderme es despedirme con palabras bonitas.
Cierro los ojos un momento. El pánico sube por mi garganta.
Sin trabajo no pago el cuarto. Sin trabajo no compro medicinas. Sin trabajo no como. Sin trabajo, me muero más rápido.
—Por favor —digo, odiando cómo suena mi voz—. Solo deme unos días más.
—No depende de mí.
Claro que no. Nada depende de mí desde hace mucho. La directora deja una tarjeta sobre la mesita metálica junto a la camilla.
—Un hombre vino a buscarte mientras estabas inconsciente. No quiso entrar al salón, esperó en la oficina. Dice que tiene una propuesta para ti. Dejó esto.
Frunzo el ceño. Tomo la tarjeta.
No tiene nombre de empresa. No tiene logotipo. Solo un número, una dirección y una frase escrita en letras negras:
“Su perfil es compatible con un programa médico privado. Compensación inmediata.”
Levanto la mirada.
—¿Un hombre?
—Muy elegante. Muy extraño. —La directora hace una pausa—. Dijo que era algo relacionado con tu expediente clínico.
Se me hiela la sangre.
—¿Mi expediente? ¿Cómo tendría acceso a eso?
—No lo sé. Pero parecía saber mucho de ti.
Aprieto la tarjeta entre los dedos. El papel es grueso, caro. Definitivamente no pertenece al mundo al que yo pertenezco.
—¿Qué más dijo?
—Que si realmente quieres vivir, deberías presentarte hoy mismo.
El silencio que sigue es denso.
Mi primer impulso es romper la tarjeta y tirarla a la basura.
Nadie regala dinero. Nadie busca a una mujer enferma por compasión. Nadie aparece de la nada para ofrecer salvación sin pedir algo horrible a cambio.
Pero entonces recuerdo la renta vencida, la llamada de la farmacia negándome otro fiado, el rostro serio del doctor hace dos semanas diciendo que mis análisis empeoran.
Recuerdo que anoche conté las monedas en mi cocina y no alcanzaban ni para pan.
Si realmente quieres vivir. Me odio por lo mucho que necesito creer en esa frase.
—Voy a irme a casa —digo, poniéndome de pie despacio.
La directora asiente, aunque en sus ojos ya está la despedida.
—Descansa.
No le respondo. No porque esté molesta. Sino porque sé que descansar nunca ha solucionado nada.
El trayecto hasta mi cuarto se me hace eterno.
Camino tres cuadras, tomo un autobús atestado y bajo con las piernas flojas, aferrada a la baranda como una anciana.
El barrio donde vivo parece aún más triste cuando una vuelve después de desmayarse en público.
Las fachadas descascaradas, los cables enredados sobre la calle, las ventanas con rejas oxidadas.
Todo luce cansado. Como yo.
Subo las gradas del edificio lentamente. En el segundo piso me detengo porque me falta el aire.
Cuando por fin abro la puerta de mi cuarto, el olor a humedad me recibe como siempre.
Mi reino.
Un colchón, una mesa, una hornilla, un espejo agrietado y una pila de facturas que finjo no ver.
Dejo el bolso sobre la silla y voy directo al baño.
Me sostengo del lavamanos. Mi reflejo me devuelve una versión de mí que a veces no reconozco: piel demasiado pálida, ojeras oscuras, labios secos, ojos grandes en un rostro cada vez más delgado.
Tengo veinticinco años y parezco una sombra.
Saco el frasco de pastillas del botiquín, lo agito y escucho apenas dos cápsulas rebotando en el plástico.
Dos.
Me echo a reír. Es una risa amarga, ridícula, que me dura solo un segundo antes de convertirse en ganas de llorar.
Miro la tarjeta otra vez.
La dirección está en la zona alta de la ciudad, donde los edificios tienen recepción elegante y las aceras no huelen a basura.
Estoy a punto de dejarla sobre la mesa cuando alguien toca la puerta.
Me quedo helada. Nadie viene a buscarme. Abro apenas un poco.
Del otro lado hay un hombre alto, vestido completamente de negro.
Traje negro. Corbata negra. Guantes negros. No parece sudar pese al calor sofocante del pasillo.
Su rostro es correcto, impasible, casi demasiado perfecto.
—¿Génesis Beatriz Night? —pregunta.
Su voz es grave, limpia, sin emoción.
CassianMi hermano está apoyado contra una de las columnas, con las manos en los bolsillos y una sonrisa que solo un ciego confundiría con cordialidad. Ha estado ahí lo suficiente como para vernos entrar. Quizá incluso para ver más de lo que me conviene.Perfecto.Génesis gira la cabeza hacia él y lo reconozco al instante en su expresión: desconfianza. Bien. Que la conserve.—Lucien —digo sin moverme.Mi hermano avanza despacio, elegante, impecable, con ese aire suyo de hombre que nunca parece tener prisa porque cree que el mundo tarde o temprano terminará inclinándose hacia su lado.—Hermano. —Su mirada resbala de mí a Génesis, luego al vientre apenas insinuado bajo el vestido oscuro—. No quería interrumpir. Aunque admito que la imagen vale la pena.Siento cómo Génesis se tensa a mi lado.—No tienes permiso para estar aquí —le digo.Lucien sonríe más.—Técnicamente, estoy en un corredor común. Aún no has ordenado cerrar esta mitad del palacio solo porque tu… huésped necesite aire.Ah
CassianNo la suelto.No de inmediato.Selene ya se ha ido del balcón, pero su voz sigue colgando en el aire como una amenaza envuelta en seda.Tu debilidad.La palabra me revienta dentro con una violencia que no le permito ver a nadie. Mucho menos a Génesis, que sigue entre mis brazos, con una mano sobre el vientre y la respiración todavía alterada por la reacción del niño.La sostengo con una mano firme en la cintura y otra en el brazo, lo bastante fuerte para estabilizarla, lo bastante cuidadoso para no asustar más al heredero. Puedo sentirlo. El vínculo vibra entre los tres como una cuerda demasiado tensa. Él sigue despierto. Alerta. Aferrado a ella… y a mí.Eso no debería importar.Pero importa.Bajo la vista a Génesis. Tiene el rostro pálido, el pecho subiendo y bajando demasiado rápido, los ojos clavados en el lugar por donde Selene desapareció. No hay lágrimas. Hay rabia, humillación, miedo contenido. Y debajo de todo eso, una terquedad que ya conozco demasiado bien.—Respira
Genesis Empiezo a caminar despacio por el sendero de piedra. La fuente murmura cerca. El niño se calma dentro de mí, como si también hubiera necesitado salir de aquella habitación. Cassian mantiene el paso a mi lado. No invade. No se adelanta. No me toca.Eso me pone nerviosa por otras razones.—¿Así que ahora quieres que todo el palacio me vea? —pregunto al cabo de un momento.—Quiero que entiendan que estás bajo mi protección.Suelto una risa breve.—Qué romántico. Casi parece que te importo.Cassian no responde de inmediato.Mala señal.Muy mala señal.Porque cuando tarda demasiado, suele ser porque la respuesta real es más complicada de lo que quiere admitir.—Me importa que sigas con vida —dice al fin.Aprieto la mandíbula.—Siempre sabes cómo arruinar un momento.—Tú no ayudas.Seguimos caminando.Hay dos guardias a la distancia, discretos, fingiendo que no nos vigilan. Los odio un poco menos que a las paredes de mi habitación.—¿Sigue aquí? —pregunto de pronto.Cassian ni siqu
GénesisNo duermo bien.No por el dolor. Esta vez no.Duermo mal porque mi cabeza no deja de repetir la misma escena una y otra vez: Cassian al final del corredor, sus ojos clavados en mí, la forma en que dijo que el niño también lo sentía a él, la promesa de que hoy saldría de esta ala.Cada vez que cierro los ojos, vuelvo a escuchar su voz.No voy a permitir que vuelvas a sangrar.Odio que esa frase me siga dando vueltas en la cabeza.Odio más que una parte de mí quiera creerle.Me giro en la cama por quinta vez y termino boca arriba, con una mano sobre el vientre. Ya no está tan plano como al inicio. No es algo evidente para cualquiera, pero yo sí lo noto. Una pequeña curva, apenas insinuada, suficiente para recordarme que nada de esto fue un mal sueño. Que lo que crece dentro de mí es real. Demasiado real.—Ni se te ocurra entusiasmarte —le susurro al bebé, con la mirada fija en el dosel oscuro sobre mi cabeza—. Que me dejen salir un rato no convierte a tu padre en menos tirano.U
Último capítulo