EL PADRE DE MI HIJO ES UN VAMPIRO
EL PADRE DE MI HIJO ES UN VAMPIRO
Por: Arenita
Capítulo 1

Génesis

El marcador del reloj de la pared avanza más rápido que mis pulmones.

Cada vez que tomo aire, siento que algo se arrastra dentro de mi pecho, como si mi cuerpo se estuviera cansando de sostenerme. 

Aun así, sigo de pie frente al pizarrón, con el yeso entre los dedos y una sonrisa que ya ni yo misma me creo.

—A ver, niños, ¿quién me dice cuál es el resultado?

Tres manos se levantan al mismo tiempo. 

Los más pequeños siempre tienen esa costumbre hermosa de competir por cosas simples, como responder una suma o enseñarme un dibujo mal coloreado. 

A veces pienso que por eso sigo aquí. 

No por el salario miserable ni por la necesidad. 

Sigo aquí porque, mientras ellos me miran, logro olvidar por unos minutos que me estoy apagando.

—Yo, seño. Yo.

Señalo a Camila, que se pone de pie con dos coletas desordenadas y una expresión tan seria que me arranca una sonrisa real.

—Son treinta y dos —dice, muy orgullosa.

—Muy bien.

Mi voz sale más débil de lo que quisiera. Trago saliva. La garganta me arde. 

Anoche casi no duermo porque la fiebre vuelve a subir y el dolor en las articulaciones me deja temblando, pero no puedo darme el lujo de faltar otra vez. 

La directora ya me advirtió que si sigo presentando incapacidades, tendrá que buscar a alguien “más estable” para el puesto.

Más estable.

Como si una eligiera tener un cuerpo defectuoso.

Escribo otro ejercicio en el pizarrón, pero las letras se me mueven. 

Parpadeo una vez, dos. La visión se aclara solo un segundo antes de volver a nublarse.

No. Ahora no.

Apoyo una mano en el escritorio más cercano y respiro hondo. 

No quiero asustarlos. No quiero que ninguno de ellos note que tengo sangre en la boca. 

Hace media hora fui al baño y escupí rojo en el lavamanos. 

Lo limpié rápido, como si ocultarlo pudiera cambiar algo.

—Copien esto en su cuaderno —les digo—. Voy a revisar la tarea de la fila de la ventana.

Camino entre los pupitres con pasos lentos, procurando que no se note que me mareo. 

La niña del primer asiento me enseña su cuaderno y yo asiento, aunque apenas alcanzo a enfocar la tinta. 

Luego uno de los niños me abraza por la cintura sin previo aviso.

—Seño, hoy está pálida.

Se me hace un nudo en la garganta.

—Estoy bien, Mateo.

Mentira.

Desde hace meses mi vida se reduce a tres lugares: esta escuela, la clínica pública y el cuarto diminuto que alquilo al final de una calle donde hasta los perros se ven cansados. 

Trabajo, vomito, pago deudas, tomo medicamentos que apenas ayudan y vuelvo a empezar. 

Ya no me quedan padres, no me quedan hermanos, no me queda nadie que me espere al final del día.

Solo me queda la costumbre de seguir respirando.

Termino de revisar dos cuadernos más antes de que el pitido en mis oídos se vuelva insoportable. 

Es agudo, insistente. 

El salón se inclina. La mano con la que sostengo el bolígrafo empieza a temblar.

—Seño…

La voz de alguien me llega de muy lejos.

Intento responder, pero el aire no me entra. Todo gira. El piso sube de golpe hacia mí.

Y después, nada.

Cuando abro los ojos, veo manchas blancas, un ventilador viejo y el rostro arrugado de la directora inclinándose sobre mí.

—Por fin.

Quiero incorporarme, pero el cuerpo me pesa como si estuviera hecho de piedra.

—¿Qué pasó?

Mi propia voz me asusta. Suena rota.

—Te desmayaste frente a los niños. —La directora aprieta los labios—. Otra vez.

Otra vez.

Ese “otra vez” cae sobre mí más duro que cualquier diagnóstico. 

Me llevo una mano a la frente y noto que estoy acostada en la camilla de la enfermería escolar. 

La cabeza me late con fuerza. Tengo un sabor metálico en la lengua.

—Lo siento —murmuro.

—Lo siento no paga suplencias, Génesis.

La conozco lo suficiente para saber que intenta parecer dura porque la lástima le incomoda. 

Aun así, duele. Porque tiene razón. Mi enfermedad no le sirve a nadie. 

Ni a ella, ni a la escuela, ni a mí.

La enfermera me ofrece un vaso con agua. Lo tomo con dedos temblorosos.

—Te llevamos al hospital —dice la directora—. Pero te negaste en cuanto reaccionaste.

Asiento. Ir al hospital significa otra cuenta que no puedo pagar y otra mirada compasiva de algún médico que hablará de “tratamientos costosos” con ese tono suave reservado para los condenados.

—Estoy bien. Solo… no desayuné.

Ni siquiera yo me creo esa excusa.

La directora suspira y se cruza de brazos.

—No puedo seguir cubriéndote, Génesis. Eres buena maestra. Los niños te adoran. Pero si mañana no traes una constancia de que puedes trabajar, tendré que suspenderte.

Suspenderme es despedirme con palabras bonitas.

Cierro los ojos un momento. El pánico sube por mi garganta. 

Sin trabajo no pago el cuarto. Sin trabajo no compro medicinas. Sin trabajo no como. Sin trabajo, me muero más rápido.

—Por favor —digo, odiando cómo suena mi voz—. Solo deme unos días más.

—No depende de mí.

Claro que no. Nada depende de mí desde hace mucho. La directora deja una tarjeta sobre la mesita metálica junto a la camilla.

—Un hombre vino a buscarte mientras estabas inconsciente. No quiso entrar al salón, esperó en la oficina. Dice que tiene una propuesta para ti. Dejó esto.

Frunzo el ceño. Tomo la tarjeta. 

No tiene nombre de empresa. No tiene logotipo. Solo un número, una dirección y una frase escrita en letras negras:

“Su perfil es compatible con un programa médico privado. Compensación inmediata.”

Levanto la mirada.

—¿Un hombre?

—Muy elegante. Muy extraño. —La directora hace una pausa—. Dijo que era algo relacionado con tu expediente clínico.

Se me hiela la sangre.

—¿Mi expediente? ¿Cómo tendría acceso a eso?

—No lo sé. Pero parecía saber mucho de ti.

Aprieto la tarjeta entre los dedos. El papel es grueso, caro. Definitivamente no pertenece al mundo al que yo pertenezco.

—¿Qué más dijo?

—Que si realmente quieres vivir, deberías presentarte hoy mismo.

El silencio que sigue es denso.

Mi primer impulso es romper la tarjeta y tirarla a la basura. 

Nadie regala dinero. Nadie busca a una mujer enferma por compasión. Nadie aparece de la nada para ofrecer salvación sin pedir algo horrible a cambio.

Pero entonces recuerdo la renta vencida, la llamada de la farmacia negándome otro fiado, el rostro serio del doctor hace dos semanas diciendo que mis análisis empeoran. 

Recuerdo que anoche conté las monedas en mi cocina y no alcanzaban ni para pan.

Si realmente quieres vivir. Me odio por lo mucho que necesito creer en esa frase.

—Voy a irme a casa —digo, poniéndome de pie despacio.

La directora asiente, aunque en sus ojos ya está la despedida.

—Descansa.

No le respondo. No porque esté molesta. Sino porque sé que descansar nunca ha solucionado nada.

El trayecto hasta mi cuarto se me hace eterno.

Camino tres cuadras, tomo un autobús atestado y bajo con las piernas flojas, aferrada a la baranda como una anciana. 

El barrio donde vivo parece aún más triste cuando una vuelve después de desmayarse en público. 

Las fachadas descascaradas, los cables enredados sobre la calle, las ventanas con rejas oxidadas. 

Todo luce cansado. Como yo.

Subo las gradas del edificio lentamente. En el segundo piso me detengo porque me falta el aire. 

Cuando por fin abro la puerta de mi cuarto, el olor a humedad me recibe como siempre.

Mi reino.

Un colchón, una mesa, una hornilla, un espejo agrietado y una pila de facturas que finjo no ver. 

Dejo el bolso sobre la silla y voy directo al baño. 

Me sostengo del lavamanos. Mi reflejo me devuelve una versión de mí que a veces no reconozco: piel demasiado pálida, ojeras oscuras, labios secos, ojos grandes en un rostro cada vez más delgado.

Tengo veinticinco años y parezco una sombra.

Saco el frasco de pastillas del botiquín, lo agito y escucho apenas dos cápsulas rebotando en el plástico.

Dos.

Me echo a reír. Es una risa amarga, ridícula, que me dura solo un segundo antes de convertirse en ganas de llorar.

Miro la tarjeta otra vez.

La dirección está en la zona alta de la ciudad, donde los edificios tienen recepción elegante y las aceras no huelen a basura. 

Estoy a punto de dejarla sobre la mesa cuando alguien toca la puerta.

Me quedo helada. Nadie viene a buscarme. Abro apenas un poco.

Del otro lado hay un hombre alto, vestido completamente de negro. 

Traje negro. Corbata negra. Guantes negros. No parece sudar pese al calor sofocante del pasillo. 

Su rostro es correcto, impasible, casi demasiado perfecto.

—¿Génesis Beatriz Night? —pregunta.

Su voz es grave, limpia, sin emoción.

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