Génesis El marcador del reloj de la pared avanza más rápido que mis pulmones.Cada vez que tomo aire, siento que algo se arrastra dentro de mi pecho, como si mi cuerpo se estuviera cansando de sostenerme. Aun así, sigo de pie frente al pizarrón, con el yeso entre los dedos y una sonrisa que ya ni yo misma me creo.—A ver, niños, ¿quién me dice cuál es el resultado?Tres manos se levantan al mismo tiempo. Los más pequeños siempre tienen esa costumbre hermosa de competir por cosas simples, como responder una suma o enseñarme un dibujo mal coloreado. A veces pienso que por eso sigo aquí. No por el salario miserable ni por la necesidad. Sigo aquí porque, mientras ellos me miran, logro olvidar por unos minutos que me estoy apagando.—Yo, seño. Yo.Señalo a Camila, que se pone de pie con dos coletas desordenadas y una expresión tan seria que me arranca una sonrisa real.—Son treinta y dos —dice, muy orgullosa.—Muy bien.Mi voz sale más débil de lo que quisiera. Trago saliva. La garga
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