Mundo ficciónIniciar sesiónGénesis
Alzo la mirada y quedo demasiado cerca de su rostro.
Puedo verle cada línea perfecta. Cada sombra. El pulso no me responde como debería.
Hay algo extraño en él, algo que no sé nombrar y que me pone todos los nervios en alerta.
—Suéltame —susurro.
Él lo hace de inmediato, pero no retrocede.
—Está más enferma de lo que cree.
—Eso ya lo sé.
—No. No lo sabe.
Su tono cambia apenas, lo suficiente para que mi miedo se mezcle con rabia.
—¿Qué demonios significa eso?
—Que el tiempo no está de su lado, Génesis.
Cómo dice mi nombre me molesta. Como si ya tuviera derecho.
—No finja preocuparse por mí.
—No me malinterprete. No es preocupación. Es eficiencia.
Vuelvo a mirar el contrato. No quiero firmarlo. No quiero quedarme en esta casa absurda.
No quiero estar cerca de este hombre que me mira como si ya me hubiera comprado.
Pero también sé que si salgo por esa puerta probablemente regreso a una vida que se está cerrando sobre mí como una tumba lenta.
La cifra final vuelve a brillar frente a mis ojos. Con eso podría pagar médicos. Descansar. Comer. Tal vez vivir. Tal vez.
—Quiero una condición —digo al fin, odiándome.
Cassian entrecierra los ojos.
—Hable.
—Que nadie me toque sin mi consentimiento. Que un médico me explique cada procedimiento. Y que pueda irme si descubro algo ilegal.
Una esquina de su boca se mueve apenas. No llega a ser sonrisa. Es algo peor. Como si le resultara entretenido que yo todavía crea tener margen para negociar.
—Acepto las dos primeras.
—¿Y la tercera?
—No.
—Entonces no hay trato.
Cassian se inclina hacia mí. Muy despacio. Lo justo para invadir mi espacio sin rozarme.
—Sí lo hay. Porque no tiene opciones reales.
El golpe de verdad en su frase me deja sin aire. Lo odio. Lo odio tanto que me tiemblan los dedos. Pero toma la pluma y la deja junto al contrato.
—Firme, Génesis.
Me quedo inmóvil.
Escucho el crujido del fuego en la chimenea. El tic tac del reloj. Mi propia respiración desordenada.
Pienso en mi cuarto vacío, en mi futuro roto, en este hombre imposible frente a mí.
Pienso en que toda mi vida he sobrevivido aceptando lo insoportable un día más.
Tal vez esto es solo otra forma de lo mismo. Tomo la pluma. La punta roza el papel.
—Quiero saber quién será el padre biológico —digo antes de firmar.
Cassian no pestañea.
—Yo.
Lo miro.
—¿Usted?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque ese hijo me pertenece.
Un escalofrío me recorre entera.
Firmo.
Mi nombre queda estampado en la última página como una sentencia.
Cassian toma el contrato, lo revisa y asiente una sola vez, satisfecho.
—Bien.
Me seco la mano en el vestido. No sé en qué momento empecé a sudar.
—¿Y ahora qué?
Él guarda la carpeta y me sostiene la mirada con una serenidad aterradora.
—Ahora empieza a cumplir su parte.
Da un paso hacia mí.
Otro.
Cuando habla, su voz cae baja, precisa, definitiva.
—Desde este instante, su vida me pertenece.







