Mundo ficciónIniciar sesión"Fui su sombra durante años, mientras él le entregaba su corazón a la mujer que más me odiaba: mi propia hermana." Seraphina Sinclair soportó el desprecio y las humillaciones del magnate Alaric Blackwood, quien la culpaba de haber alejado a su "verdadero amor". Pero tras una traición imperdonable, Seraphina decide que el sacrificio terminó: solicita el divorcio y renuncia a vivir bajo su sombra. Sin embargo, cuando ella deja de rogar, Alaric comienza a obsesionarse. Entre el deseo contenido y la culpa, él descubrirá que la mujer que tanto destruyó era su único y verdadero refugio. ¿Podrá Alaric recuperar a la esposa que él mismo enseñó a no amarlo?
Leer más—No eres más que una desgracia para la familia. Mira lo que has causado —rugió el hombre—. Por tu culpa, nuestra pequeña Serena se ha marchado, solo porque deseabas al hombre que ella ama.
—Él abuelo lo ha pedido, ¿con que cara podría negarme a su petición? Su estas enojado por esta situación, pudiste hablar con él y no culparme a mí... —hablo con su corazón agitado y aunque temosa no estaba dispuesta a permitir maltrato del hombre que se suponía que era su padre.
—¡Silencio, asquerosa niña! No sabes cuánto te desprecio. No eres más que una basura degradable que me gustaría haber borrado de mi familia hace tiempo —la interrumpió él con asco.
Aquellas palabras eran comunes; Seraphina estaba acostumbrada a ser odiada por su padre, quien jamás intentó ocultar su rechazo.
—Lo lamento, padre. No imaginé que estarías tan enojado, pero es mi culpa, así que deja de una vez de atormentarme con esto, suficiente tengo con saber que soy la hija de un hombre como tú.
―Tú maldita niña…―hombre caminó hacia ella, decidido a golpearla de nuevo, pero se detuvo con un fuerte suspiro y dio un paso hacia atrás, al parecer dispuesto a salir de la habitación.
Seraphina se quedó en silencio, preguntándose por qué la odiaba tanto si ella también era su hija.
Pero antes de cerrar la puerta, la voz de su padre la golpeó por última vez:
—Espero no saber de ti a menos que yo te llame. No quiero tu presencia cerca de mí. No quiero ver a la basura que alejó a mi preciosa hija por desear al hombre que ella ama.
Era irónico que su padre hablara así, cuando Seraphina había sido la prometida oficial desde que era una niña debido a los vínculos entre las familias.
Sin embargo, su familia jamás estuvo de acuerdo con que Serena no obtuviera lo que quería.
Seraphina permaneció allí, sola, lo que parecieron horas.
Fue entonces cuando levantó la mirada y lo vio. Allí estaba su prometido, el hombre al que había amado en secreto desde los trece años: Alaric Blackwood.
Alaric no veía en ella a una esposa, sino a una amenaza. La observaba con repugnancia, sin quitarle los ojos de encima, como si esperara que en cualquier descuido ella fuera a saltar sobre él
—Alaric... —susurró ella bajo el peso del velo, en busca de que por lo menos su matrimonio no fuese tan caótico y laméntale como su relación con su familia—. Sé que este matrimonio fue un acuerdo entre nuestros abuelos, pero me esforzaré. Seré la esposa que necesitas. En el futuro, quizás nosotros...
—¿En el futuro? —Alaric la cortó con una voz que era un látigo de hielo —. ¿De verdad tienes el descaro de pronunciar esa palabra frente a mí?
Él se acercó, envolviéndola con su aroma a sándalo y tormenta, pero solo había una amenaza latente en su proximidad.
—Mírame bien, Seraphina —escupió él, obligándola a alzar la barbilla—. No confío en ti. No te amo. Y que quede grabado en tu mente mediocre: nunca te amaré. Si no fuera por la última voluntad de mi abuelo, no llevarías mi apellido.
Seraphina sintió que su corazón se hundía. Al parecer su deseo de una vida por lo menos pacífica no er alago que tenía permitido. Cuando Alaric se dio la vuelta, .
—Que lamentable, nuestra vida la final va a ser muy lamentable... Alaric, estaba convencida que por lo menos, seriamos amables el uno con el otro. Que intentamos conocernos, tal vez algún día, pero me percato que no es así, que no puedes siquiera intentarlo con la mujer a la que estarás atado el resto de tu vida...
Alaric soltó una carcajada seca y se giró con una rapidez violenta.
—¿Conocerte? Eres la mujer que, por su ambición, provocó que mi verdadero amor se marchara del país llorando, fuiste tú quien se aprovechó de mi abuelo —rugió él, con los ojos inyectados en sangre—. ¡Por tu culpa, ella se ha ido! Jamás te lo perdonaré.
—¡No fue mi culpa! —gritó ella—. Mi hermana Serena solo...
Antes de que terminara, la mano de Alaric se cerró alrededor de su cuello, robándole el aliento. La estrelló contra la pared de mármol con un golpe sordo que desprendió el velo.
La soltó con desprecio, dejándola caer sobre el tul de su vestido. Alaric sacó un pañuelo de seda, se limpió la mano que la había tocado y lo arrojó sobre ella como si fuera basura.
—Me das asco. A partir de hoy, vivirás en esta casa como un fantasma —concluyó él desde la puerta—. Es lo mínimo que merece una mujer que intervino en mi felicidad.
La puerta se cerró con un estruendo. Seraphina se quedó en el suelo, abrazándose a sí misma.
El abuelo Blackwood, apoyado en su bastón de ébano, salió con una sonrisa que no llegaba a ocultar su agudeza.Su mirada, cargada de expectativas, se posó en la pareja.Al segundo siguiente, Alaric reaccionó por puro instinto de supervivencia social.Extendió el brazo y rodeó la cintura de Seraphina con una fuerza autoritaria e irresistible, atrayéndola hacia su costado.Se inclinó, rozando su cabello, y le susurró al oído con una suavidad que quemaba: —Te ves aceptable, por lo menos sabes cómo comportarte, así que sigue con tu papel y sonríe, el abuelo nos está mirando.El aliento cálido rozó su oreja, pero Seraphina sintió un escalofrío gélido.Podía sentir el calor de su palma a través de la tela del vestido, pero no había ni un ápice de sinceridad en el gesto; solo era una ternura fingida, una farsa coreografiada para el patriarca.El salón de banquetes estaba resplandeciente.Las luces de cristal vibraban con el murmullo de la élite: magnates, políticos y celebridades se mezclaba
Seraphina estaba acurrucada frente al escritorio en el apartamento de Chloe, con la espalda encorvada por el cansancio.La punta de su lápiz trazaba líneas fluidas sobre el papel, bocetando lo que sería el inicio de su propia marca; sobre la mesa se amontonaban los planes de preparación para su nuevo estudio, detallando desde el posicionamiento del diseño hasta la conexión con la cadena de suministro.Levantó la mano para frotarse la muñeca, que le dolía tras horas de trabajo ininterrumpido.― ¿Ya habrá firmado los papeles? ¿se habrá percatado de todo? —la pregunta se quedó en el aire, al estar completamente sola en la pequela oficina de Cloe.El teléfono móvil yacía silenciosamente al borde de la mesa, con la pantalla oscura y fría.Seraphina dejó de dibujar y miró la fecha: habían pasado ya cinco días enteros desde que llamó al mayordomo para recordarle a Alaric que firmara el acuerdo de divorcio.Durante ese tiempo, Alaric no había llamado, ni enviado un solo mensaje; no hubo una s
La brisa nocturna en la entrada del bar golpeaba el rostro de Seraphina Sinclair, pero el frío del exterior no era nada comparado con el entumecimiento que sentía en el pecho.La pantalla de su teléfono se iluminó de nuevo; el nombre "Padre" parpadeaba como una advertencia.Seraphina ya sabía lo que vendría: él no llamaba para preguntar si estaba bien tras ser humillada, sino para defender a su hija predilecta.Respiró hondo y presionó el botón. Al instante, la voz de su padre estalló al otro lado de la línea, cargada de una parcialidad que ya no le sorprendía, pero que aún dolía.—¡Seraphina! Maldita seas no imaginas cuanto te detesto―aquella instrucción no era nada nuevo, por lo que Seraphina no se preocupó por disculparse o siquiera justificar el hecho de que su padre no llamaba en lo más mínimo ―¿Estás loca? Tu hermana acaba de volver y ¿ya estás intentando arruinarle la vida? —le gritó—. Hacerle pasar vergüenza en la empresa delante de todos, y ahora irte de juerga a un bar... ¿
La oficina del presidente estaba sumida en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el zumbido monótono del aire acondicionado. La luz del sol entraba a raudales, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire, ajenas a la tormenta que se desataba en el interior de Seraphina Sinclair. Ella estaba de pie frente al escritorio de madera de nogal, sosteniendo la carta de renuncia con una firmeza que hacía que sus nudillos se tornaran blancos.Alaric Blackwood desvió la mirada de la pantalla de su ordenador. Sus ojos ámbar, siempre gélidos, se fijaron en el papel que ella acababa de depositar sobre la mesa.—¿Renuncia? —Su tono fue grave y calmado, desprovisto de cualquier emoción, como si estuviera confirmando un trámite logístico más de la empresa.—Sí —respondió Seraphina. Su voz era apenas un susurro, pero contenía una firmeza que nunca había mostrado.Alaric se recostó lentamente en su sillón de cuero.Sus largos y estilizados dedos empezaron a golpear rítmicamente la sup
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