UNA MUJER ASTUTA COMO SIEMPRE

El abuelo Blackwood, apoyado en su bastón de ébano, salió con una sonrisa que no llegaba a ocultar su agudeza.

Su mirada, cargada de expectativas, se posó en la pareja.

Al segundo siguiente, Alaric reaccionó por puro instinto de supervivencia social.

Extendió el brazo y rodeó la cintura de Seraphina con una fuerza autoritaria e irresistible, atrayéndola hacia su costado.

Se inclinó, rozando su cabello, y le susurró al oído con una suavidad que quemaba: —Te ves aceptable, por lo menos sabes cómo comportarte, así que sigue con tu papel y sonríe, el abuelo nos está mirando.

El aliento cálido rozó su oreja, pero Seraphina sintió un escalofrío gélido.

Podía sentir el calor de su palma a través de la tela del vestido, pero no había ni un ápice de sinceridad en el gesto; solo era una ternura fingida, una farsa coreografiada para el patriarca.

El salón de banquetes estaba resplandeciente.

Las luces de cristal vibraban con el murmullo de la élite: magnates, políticos y celebridades se mezclaban en una exhibición obscena de poder.

Apenas cruzaron el umbral y el abuelo se alejó para saludar a otros invitados, Alaric soltó el agarre de su cintura como si la piel de Seraphina quemara.

—Que fastidio, tener que estar con esta tontería―hablo Alaric con una clara molestia― ¿Por qué tengo que estar contigo en un vento como este?

Serena sonrió con apatía y hablo cargada de la misma molestia que Alaric―No es como si quisiera estar contigo créeme…

La mirada fría y las palabras venenosas de Seraphina molestaron a un más a Ridell, pero decidió ignóralo, pues habia algo mucho más importante para el en aquel momento.

Por ello, sin decir una sola palabra de disculpa, caminó directamente hacia Serena, quien los esperaba cerca del buffet.

—¿Te sientes cómoda, Serena? ¿El ruido es demasiado para ti? —preguntó Alaric en voz baja, con una nota de ansiedad que jamás había usado con su esposa.

La interacción con Seraphina fue inexistente.

Ella se quedó allí, de pie, convertida en una extraña irrelevante en su propio entorno social.

Buscó un rincón apartado para sentarse, observando la escena.

Su corazón ya no sentía la turbulencia de los celos, solo una profunda y liberadora frialdad.

El incidente ocurrió a mitad de la cena, justo cuando la tensión ambiental parecía estabilizarse.

Serena comenzó a caminar hacia Seraphina con una copa de Cabernet en la mano y una sonrisa lánguida.

En el momento en que sus trayectorias se cruzaron, Serena estiró el pie con una precisión quirúrgica, haciendo tropezar a un mesero que pasaba con una bandeja cargada.

—¡Cuidado! —gritó el joven, pero fue tarde.

La bandeja voló.

El líquido gélido y purpúreo empapó instantáneamente el vestido blanco de Seraphina.

Por la inercia, ella intentó sostenerse de lo primero que encontró: el brazo de Serena.

Sin embargo, su hermanastra aprovechó el impulso para dejarse caer con un dramatismo digno de un premio.

—¡Ay! ¡Mi tobillo... mi tobillo! —sollozó Serena, desplomándose en el suelo alfombrado.

En un instante, el círculo de la alta sociedad se cerró sobre ellas.

Alaric corrió hacia la escena, pero sus ojos no vieron el vestido arruinado de su esposa ni su expresión de shock.

Se arrodilló ante Serena, tomándola en brazos con una angustia palpable.

—¿Cómo estás? ¿Te lastimaste el hueso? —preguntó él, ignorando que Seraphina seguía de pie, chorreando vino y temblando de humillación.

—¡Dios mío, qué desastre! —La madrastra de Seraphina apareció de la nada, empujándola con fuerza—. ¡Niña, qué torpe eres! ¿Acaso no tienes ojos? Tu hermana se ha torcido el pie por tu culpa. ¡Pídele disculpas ahora mismo!

—Yo no hice nada... ella tropezó al mesero —intentó decir Seraphina, pero su padre intervino con un tono cortante.

—¡Suficiente, Seraphina! Provocar este escándalo en el cumpleaños del abuelo... ¡nos dejas en vergüenza frente a todos! ¿No puedes ser normal por una sola noche?

Las acusaciones eran cuchillos.

Alaric, que seguía sosteniendo a Serena, no pronunció ni una palabra en su defensa.

Ni siquiera la miró.

Seraphina se irguió lentamente.

El vino goteaba de su dobladillo, manchando sus zapatos caros.

Miró a ese grupo: su esposo, su padre, su madrastra y la mujer que jugaba a ser la víctima eterna.

Eran una unidad perfecta de la cual ella no formaba parte.

Intentó hablar, pero la indignación le secó la garganta.

Entonces, una voz majestuosa hizo que el salón enmudeciera.

—Suficiente.

El abuelo Blackwood se acercó, golpeando el suelo con su bastón.

Su rostro estaba lívido.

Miró a Alaric y luego al padre de Seraphina con un desprecio que hizo que varios invitados retrocedieran.

—¿Los invité para celebrar mi vida o para presenciar cómo humillan a mi nieta política en mi propia casa?

—Señor Blackwood, es un malentendido... —balbuceó el padre de Seraphina—, nosotros solo queríamos corregir su torpeza...

—¿Corregir? —el abuelo resopló—. Es tu propia hija y la reprendes sin siquiera preguntar qué pasó. Como padre, dejas mucho que desear. Y tú, Alaric... —la mirada del viejo cayó sobre su nieto—, ¿qué haces ahí parado como un espectador? ¡Lleva a tu esposa a cambiarse ahora mismo! Es una falta de respeto que permitas que se quede así.

Alaric se tensó.

Por fin, sus ojos se posaron en Seraphina.

Al notar la desolación en su mirada y la mancha que cubría su pecho, sintió una punzada extraña, algo parecido al remordimiento.

Extendió la mano para tocar su brazo, pero ella retrocedió como si el contacto le diera asco.

—No es necesario —dijo ella, con una voz que sorprendió a todos por su firmeza—. Puedo ir sola. Conozco el camino perfectamente.

En la puerta del vestidor de la planta alta, Seraphina dejó escapar el aire que tenía retenido.

Justo cuando iba a entrar, una voz suave la detuvo.

—Seraphina.

Era Finn.

Vestía un traje gris que resaltaba su elegancia natural.

Al ver el estado de su vestido, sus cejas se juntaron en un gesto de genuina preocupación. Se acercó rápidamente, rompiendo la distancia de cortesía.

—¿Estás bien? ¿Te duele algo?

—Estoy... empapada, Finn. Es solo vino —forzó ella una sonrisa que se rompió a la mitad.

—Toma —él le entregó un pañuelo de seda—. Límpiate un poco. No te muevas de aquí, pediré que traigan un diseño de la suite de cortesía del hotel. No permitiré que vuelvas a bajar así.

—Gracias —murmuró ella, bajando la vista hacia sus manos manchadas.

Finn se quedó allí, guardando un silencio respetuoso que ella agradeció más que cualquier palabra. Tras un momento, él habló con suavidad: —Lo vi todo desde el balcón. No tienes que fingir conmigo. ¿Estás... realmente bien?

Seraphina levantó la vista.

La ironía era amarga: un hombre que apenas conocía le ofrecía más refugio que el esposo con el que compartía el techo.

—Estoy perfectamente —respondió ella, y esta vez, la determinación en sus ojos era real—. En serio. Esto solo me ayuda a ver las cosas con más claridad.

Abajo, Alaric se deshizo de Serena entregándola al cuidado del mayordomo, pero su mente no estaba allí.

Sus ojos buscaban constantemente la galería superior.

Vio a Finn y Seraphina conversando; vio cómo él le entregaba un vaso con agua y cómo ella le dedicaba una sonrisa relajada, una que él no veía desde hacía meses.

La irritación y una posesividad irracional lo invadieron.

¿Quién se creía ese hombre para consolar a su esposa?

—Alaric, ¿me estás escuchando? —preguntó Serena desde el sofá, pero él no respondió.

Esa Seraphina de arriba, bajo la luz tenue, se veía libre. Y esa libertad lo aterraba.

Minutos después, Seraphina regresó al salón. Llevaba un vestido largo color champán que se ajustaba a su figura como una segunda piel. Finn caminaba a su lado, manteniendo una distancia elegante pero protectora.

Al llegar a la mesa principal, el silencio volvió a reinar.

El abuelo sonrió al verla, pero Alaric, sentado a su lado, tenía una mirada sombría.

Todos estaban presentes. Los invitados cuchicheaban.

Seraphina sintió el peso del acuerdo de divorcio en su mente; sabía que Alaric ya debía haberlo firmado en la oficina esa tarde.

El escenario estaba listo.

Respiró profundo, ignorando la mirada ardiente de su esposo, y se puso de pie, captando la atención de la mesa.

—Antes de que continuemos con el brindis... tengo algo importante que decir.

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