Mundo ficciónIniciar sesiónLa brisa nocturna en la entrada del bar golpeaba el rostro de Seraphina Sinclair, pero el frío del exterior no era nada comparado con el entumecimiento que sentía en el pecho.
La pantalla de su teléfono se iluminó de nuevo; el nombre "Padre" parpadeaba como una advertencia.
Seraphina ya sabía lo que vendría: él no llamaba para preguntar si estaba bien tras ser humillada, sino para defender a su hija predilecta.
Respiró hondo y presionó el botón. Al instante, la voz de su padre estalló al otro lado de la línea, cargada de una parcialidad que ya no le sorprendía, pero que aún dolía.
—¡Seraphina! Maldita seas no imaginas cuanto te detesto―aquella instrucción no era nada nuevo, por lo que Seraphina no se preocupó por disculparse o siquiera justificar el hecho de que su padre no llamaba en lo más mínimo
―¿Estás loca? Tu hermana acaba de volver y ¿ya estás intentando arruinarle la vida? —le gritó—. Hacerle pasar vergüenza en la empresa delante de todos, y ahora irte de juerga a un bar... ¿No te parece que ya has dado suficiente espectáculo? ¿Es que ya no me tienes respeto? ¿no crees que es hora de que te partes de su camino y el del nuestro? Deberías morir, eso le daría este hombre un poco de felicidad y tranquilidad, solo contigo despareciendo para siempre…
Seraphina se apoyó contra la pared de ladrillo, cerrando los ojos.
Aquellas acusaciones eran un cubo de agua fría que terminaba de apagar el último rastro de esperanza filial.
—¿Que me aparte por ella? —Su voz salió fría como el hielo—. Ella robó mi diseño, ocupó mi lugar y se colgó del brazo de mi marido frente a toda la ciudad. ¿Con qué derecho me pides que me aparte? Esa casa dejó de ser mi hogar hace trece años, el día que enterraste a mi madre y metiste a esa mujer y a su hija, así que el hecho de que me quieras ver muerta es redundante, después de todo jamás he sido una hija para ti.
—¡No digas tonterías! —bramó el hombre—. ¡Hija desnaturalizada! ¿Acaso nuestra familia no te ha tratado bien? Te hemos dado todo. Serena acaba de volver ¿Por qué no haces más que ser un estorbo en nuestra familia?
Seraphina soltó una carcajada seca que casi se convirtió en un sollozo. —¿Echarle una mano? Robó las joyas de mi madre, robó mi habitación, robó mi carrera y ahora quiere mi matrimonio. Padre, ponte la mano en el corazón y pregúntate: ¿en todos estos años, te ha importado si yo estaba viva? ¡Para ti solo existe Serena! Aunque claro con las palabras que acabas de decir, solo indica que solo deseas m muerte.
—¡Estás fuera de tus casillas! —gritó el padre—. Te lo digo en serio, Seraphina: ve y discúlpate con Serena ahora mismo, o de lo contrario, ¡no me llames más padre!
—Pues no lo haré —respondió Seraphina sin dudarlo, con un tono rotundo—. Ya he tenido suficiente de este "padre". Mis asuntos ya no son de tu incumbencia y tu esposa y tu hija pueden darse por servidos, pues no tiene que cargar con la idea de tenerme en su familia.
Colgó y bloqueó el número de inmediato. Sus dedos temblaban, no de tristeza, sino de una rabia vieja que finalmente se había convertido en libertad. Chloe le dio suaves palmadas en la espalda, mirándola con compasión.
—No sufras, Sera. Un padre así es mejor perderlo que encontrarlo. Ahora nosotras estaremos bien —le aseguró su amiga.
Seraphina asintió, tratando de recuperar el aliento, cuando el teléfono volvió a sonar. Pensando que era su padre llamando desde otro número, contestó con furia: —¡Ya te dije que no te metas en mi vida! ¡No me llames más!
—¿Señorita Seraphina? —Una voz masculina, suave, grave y con un dejo de sonrisa, resonó al otro lado—. Por lo que veo, mi llamada no ha llegado en buen momento.
Seraphina se quedó paralizada. Bajó el teléfono: número desconocido. —Lo siento... ¿quién es usted?
—Vincent Finn, del Grupo de Inversión LW —respondió el hombre.
¿El Grupo LW? Seraphina se quedó atónita. Vincent Finn era el genio misterioso del sector del lujo, el hombre capaz de convertir cualquier marca en oro.
—Señor Finn, lo siento —se disculpó ella rápidamente—. Creí que era otra persona. Ha sido una falta de cortesía.
—No se preocupe —la voz de Vincent era cálida—. Sé que la colección Aurora es suya, aunque le hayan robado el mérito. Tiene un talento único y me gustaría hablar de una colaboración. También se sabe que no estás nada satisfecha en tu empresa actual. ¿Mañana a las tres en el Café Velaris? Dame una oportunidad de trabajar contigo.
Aquello fue un bálsamo para el alma de Seraphina― Yo… por supuesto… por supuesto que sí, ahí estaré.
Al colgar, una sonrisa genuina iluminó su rostro por primera vez en años.A la tarde siguiente, el Café Velaris estaba envuelto en una luz cálida y música suave. Seraphina llegó temprano, pero Vincent Finn ya estaba allí. Al verla, se levantó; era un hombre elegante y atractivo.
—Señorita Seraphina, un placer —dijo él, estrechando su mano con una firmeza que transmitía seguridad.
—Señor Finn, ¿cómo supo que la colección era mía? —preguntó ella, intrigada.
—No fue difícil averiguar la verdad —respondió él, mirándola a los ojos—. Vi sus diseños hace años en la universidad y su estilo es inconfundible. Es una pena que otros no sepan valorar lo que tienen frente a sus ojos, sin duda es usted una persona muy talentosa.
Aquellas palabras golpearon a Seraphina. Si un extraño como Vincent podía ver la verdad tan fácilmente, ¿por qué Alaric, su esposo, elegía ser ciego?
―Muchas gracias, no sé qué decir…
―No tienes que decirme nada ni agradecerme, no doy halagos porque si… usted es talentosa y me gusta rodearme de personas talentosas.
Vincent no solo entendía su visión de la joyería de lujo asequible, sino que le ofrecía el respeto que Alaric siempre le negó.
Seraphina reía, relajada, sintiendo por primera vez en cinco años que alguien veía su talento por primera vez.
Pero la paz se rompió cuando un camarero, nervioso, derramó café sobre la camisa de Vincent. Seraphina, en un acto reflejo de preocupación, se levantó con un pañuelo en la mano.
—¿Estás bien? ¿Te quemaste? —preguntó ella, acercándose para limpiar la mancha con delicadeza.
En ese instante, las pupilas de Alaric Blackwood, que acababa de entrar al café para una reunión, se contrajeron violentamente.La imagen de Seraphina cuidando a otro hombre, con una ternura que solía pertenecerle a él, encendió un fuego de celos en su pecho que no pudo controlar.
Un destello de un recuerdo cruzó su mente: una niña tendiéndole un pañuelo bordado con la letra "S" hace trece años.
Él siempre creyó que esa niña era Serena, pero ver a Seraphina ahora, en esa misma posición, le causó una opresión insoportable.
Dio una zancada y agarró a Seraphina por la muñeca con una fuerza que la hizo jadear.
—Seraphina, ¿quién es este hombre? —rugió Alaric, su tono gélido apenas ocultando su furia.
—¡Suéltame, Alaric! ¡Me lastimas! —protestó ella, tratando de soltarse de su agarre de hierro.
Vincent se levantó lentamente, manteniendo la compostura. —Señor Blackwood, encantado de...
—Disculpe, tengo un asunto privado con mi esposa —cortó Alaric, arrastrando a Seraphina hacia la salida sin darle tiempo a despedirse.
Ya en la calle, él la soltó bruscamente. —¿Qué haces aquí? ¿El primer día tras renunciar y ya estás con otro?
—le espetó con sarcasmo.
—Desde cuando el señor Blackwood, le interesa lo que yo haga—respondió Seraphina con una calma que lo enfureció aún más.
—¡Sigues siendo mi esposa! Por supuesto que me interesa —gritó él, su instinto posesivo despertando con una intensidad que lo asustaba.
Pero lo que lo dejo más que sorprendido, fue el hecho de que lejos de Seraphina mostrara una mirada llena de sorpresa o alago, dio una sonrisa gélida y cargada de frialdad
En ese momento, el Bentley negro de Vincent se detuvo frente a ellos. Él bajó la ventanilla y miró a Seraphina. —¿Quieres que te lleve?
Alaric volvió a sujetarla del brazo, pero Seraphina, con una mirada de acero, retiró su mano dedo por dedo.
—Señor Blackwood, ya no tienes derecho a controlarme. Quédate con tu musa. Yo voy a construir mi propio camino.
Subió al coche de Vincent y cerró la puerta.
Alaric se quedó solo en la acera, mirando cómo el coche se alejaba.
El vacío en su corazón comenzó a ensancharse, y por primera vez, sintió el pánico de que el "juguete" que siempre despreció ya no estuviera allí para cuando él decidiera volver a mirarla.
Dentro del coche, Seraphina se frotó la muñeca enrojecida. —Siento que haya presenciado eso, señor Finn.
—Se nota que ese hombre se preocupa por ti, a su manera —comentó Vincent.
—No es amor, es solo para el señor Alaric Blackwood, solo soy una posesión —sentenció ella—. Él no soporta que algo que cree suyo tenga voluntad propia.
Al llegar al apartamento de Chloe, Seraphina sacó su móvil y llamó al mayordomo de la mansión. Su voz era tranquila, pero definitiva.
—Señor Peter, el señor Blaclwood, ya formo todos los papeles que hay en el escritorio, recuérdele que hay documentos importantes que se necesitan con urgencia.
Ese documento era el acuerdo de divorcio. Seraphina ya no miraría atrás.







