Mundo ficciónIniciar sesiónElla no quería estar ahí. Pero su padrastro la golpeó, la humilló y la vendió como prostituta para pagar sus deudas. Mientras su madre adoptiva se apaga en un hospital, Ana María solo tiene una opción: entrar a la suite del hombre más poderoso del país y sobrevivir una noche más. Cristóbal Gravenhorst es frío, implacable, y todos creen que es un mujeriego sin control. Nadie sabe que es mentira. Que su cuerpo lleva años dormido. Que ninguna mujer ha logrado despertar en él un verdadero deseo. Hasta que ella lo toca. Hasta que ella lo desafía. Hasta que ella, sin quererlo, enciende algo que él creía muerto. Ahora él necesita un heredero para salvar su fortuna. Ella necesita el dinero para salvar a su madre. Un contrato los une. Un hijo lo cambia todo. Pero lo que ninguno espera es que el deseo no se firma. Y que cuando dos almas rotas se encuentran, el fuego no pide permiso.
Leer másEl golpe la desequilibró antes de que pudiera ver de dónde venía.
La mano de Agustín se estrelló contra su mejilla con la fuerza de costumbre, la misma que Ana María conocía desde hacía años. Esta vez la empujó contra la pared del ascensor y el mármol frío le mordió la espalda.
—¡Concéntrate, idiota! —escupió él, el alcohol podrido en su aliento golpeándole la cara como una segunda bofetada—. ¿Crees que tengo todo el día?
Las paredes del ascensor, lujosas, con espejos dorados, reflejaban la escena como una burla: ella, con la ropa humilde y la mejilla ardiendo; él, tambaleándose, con los ojos inyectados y la camisa sudada.
—Escúchame bien —susurró Agustín, metiendo la mano en el bolsillo de ella para arrancarle las pocas monedas que llevaba—. Ahí dentro está el pez gordo. El tal Gravenhorst. Si esta noche no logras que te pague bien, mañana a primera hora el hospital desconecta el respirador de tu madre. ¿Me oíste?
Ana María no respondió. Hacía años que había aprendido que hablar solo prolongaba el castigo. Asintió sin mirarlo, con los ojos fijos en las puertas del ascensor, deseando que se abrieran, que el infierno empezara de una vez para que terminara pronto.
Las puertas se abrieron.
Agustín la empujó hacia el pasillo alfombrado y señaló una puerta al final.
—La 1408. No salgas sin el dinero.
Ella caminó sin mirar atrás. No porque no tuviera miedo, sino porque mirar atrás ya no le servía de nada. El futuro era una losa que la aplastaba. El presente, un abismo al que su propio padrastro acababa de empujarla.
La imagen de su madre, Lucía, apareció en su mente. Pálida. Conectada a tubos. Las máquinas pitando, marcando el tiempo que se agotaba. La cuenta del hospital creciendo cada día.
Si esa noche no funcionaba, no habría dinero. No habría tratamiento. No habría mañana para la única persona que la había querido de verdad.
Llamó a la puerta.
—Adelante —dijo una voz grave. Fría. Sin matices.
La suite era inmensa. Un monstruo de vidrio y luces doradas. Todo en ese lugar gritaba dinero, poder... y hombres que no preguntaban nombres.
Junto al ventanal, de espaldas a ella, estaba él. Alto. Traje impecable. Perfil de estatua.
Ni siquiera se molestó en mirarla.
—Puedes sentarte —dijo—. No quiero sexo. Solo estarás aquí. Y no hables.
La orden cayó como un cubo de agua helada. Ana sintió cómo algo se le rompía por dentro. No era suficiente. Ni siquiera para eso. El desprecio implícito le quemó más que cualquier exigencia lasciva.
Pero no podía permitirse ser invisible.
Se puso de pie.
Como quieras —dijo, con una calma que no sentía—. Aunque debo advertirte algo.
Él se giró lentamente. Ojos grises como el acero. Fríos. Impenetrables.
—¿Advertirme?
—Generalmente los hombres que dicen no querer tocarme… —hizo una pausa— es porque les quedó grande.
El aire cambió. Se volvió denso.
Cristóbal frunció el ceño, la primera grieta en su fachada perfecta.
—No juegues conmigo —dijo.
Ana dio un paso más cerca. Invadió su espacio sin permiso. Podía oler su colonia, cara y discreta. Podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo.
—O quizá —añadió en voz baja— soy demasiada mujer para ti. Y no quieres decepcionarte.
Sostuvo su mirada un segundo más. Y entonces, sin pedir permiso, bajó la mano.
No fue brusca. Fue firme. Decidida.
Sus dedos se cerraron sobre el bulto en su entrepierna.
El efecto fue inmediato.
Cristóbal se tensó como si un cable de alta tensión le hubiera recorrido el cuerpo. Su espalda se endureció. Un escalofrío violento le sacudió la columna. El corazón empezó a golpearle el pecho con una fuerza desmedida.
Nunca. Jamás. Había perdido el control así.
Porque Cristóbal Gravenhorst tenía un secreto que nadie conocía: todas esas prostitutas que contrataba cada semana, todos esos rumores de mujeriego empedernido, eran una fachada. La verdad era mucho más simple y más terrible: ninguna mujer había logrado despertar en él un verdadero deseo de hombre.
Hasta ahora.
—Quita la mano —ordenó, pero su voz salió ronca, quebrada.
Ana no la retiró. Ajustó la presión. Se acercó más. Sintió su pulso disparado contra la tela.
—¿Seguro que no quieres? —susurró—. No tienes que fingir conmigo.
Cristóbal apretó los puños. Su mente luchaba contra su cuerpo, y su cuerpo estaba perdiendo la batalla. Quería que se detuviera. Necesitaba que siguiera.
Pero cuando ella bajó la mano para desabrocharle el pantalón, cuando el botón cedió y la cremallera bajó con un susurro, cuando sintió su aliento caliente a centímetros de su piel…
—¡Basta!
La voz de él estalló en la habitación como un trueno. Firme. Autoritaria.
Cristóbal dio un paso atrás, rompiendo el contacto como quien huye de un incendio.
Su respiración era errática. El corazón le golpeaba el pecho con una fuerza que no recordaba haber sentido jamás. Las manos le temblaban mientras se recompuso la ropa, intentando desesperadamente recuperar el control.
¿Qué me pasa?
Miró a esa mujer. Esa desconocida de mirada desafiante y ropa humilde. Esa que lo había tocado sin permiso, que lo había mirado como si pudiera ver a través de él.
Treinta años.
Treinta años de fachadas. De prostitutas que despedía antes de que empezara algo. De rumores que él mismo alimentaba para que nadie sospechara la verdad. Treinta años pensando que el deseo era algo que solo existía en los demás, que él era un hombre roto, incompleto.
Y bastó ella. Una sola caricia. Un solo roce.
¿Qué tiene? ¿Qué tiene esta mujer que logró lo que nadie pudo en tantos años?
Su cuerpo aún vibraba. Aún sentía el calor de sus dedos, la presión exacta, la forma en que su pulso se había disparado como un adolescente. Por primera vez en su vida adulta, había deseado. De verdad. Con urgencia. Con necesidad.
—Siéntate. Toma tu pago… y firma.
La miró fijamente, sin titubear.
—Quiero que me des un heredero.
Ana palideció. Sus ojos recorrieron el contrato con incredulidad, como si las palabras fueran una ofensa palpable.
—No… —susurró, retrocediendo.
Tomó el dinero, lo apretó contra su pecho como un escudo.
—Esto es lo que vine a buscar. Esto… y nada más.
Y se fue.
Dejándolo solo, con el orgullo herido… y un deseo que acababa de volverse obsesión.
Cuando Ana llegó a casa seguía temblando. El alivio y el miedo peleaban en su pecho, pero al menos tenía el dinero. Su madre viviría un mes más.
Agustín la esperaba con los ojos brillantes, esa codicia que ella conocía tan bien. Se abalanzó sobre ella. Le revolcó la ropa con violencia, registrando cada bolsillo, cada pliegue. La empujó contra la pared mientras sus manos ávidas encontraban el fajo de billetes escondido entre su blusa.
—¡No! —gritó ella—. ¡Es para mi madre!
Pero él ya lo tenía en sus manos. Lo contó rápido, voraz. Una sonrisa torcida apareció en su rostro.
—¡Dame mi parte! —suplicó ella, con lágrimas en los ojos.
Agustín soltó una carcajada.
—¿Tu parte? No hay nada para ti.
Guardó el dinero en el bolsillo y salió por la puerta. A apostar. Como siempre.
Ana se deslizó por la pared hasta quedar en el suelo. El vacío en el pecho la hundía.
No...
El celular vibró.
Ella miró la pantalla. Notificación del hospital.
"Señorita Ana María, le recordamos que el pago debe realizarse a las tardar el lunes. De lo contrario, procederemos a desconectar a la paciente Lucía por falta de fondos."
El teléfono cayó al suelo.
La oficina de Nicolás estaba en silencio cuando Lucas entró. Era un hombre de unos cuarenta años, de aspecto serio, con el cabello canoso en las sienes y una mirada que había visto demasiado. Era la mano derecha de Nicolás desde hacía años, el único en quien confiaba ciegamente después de la traición de Cristóbal. Había estado a su lado en los momentos más oscuros, cuando el proyecto robado los dejó al borde de la ruina, cuando las deudas amenazaban con hundirlos, cuando todo parecía perdido. Y también había estado a su lado cuando la fortuna cambió, cuando Tanaka Industries apostó por ellos, cuando se convirtieron en los más poderosos del país.Lucas dejó una carpeta gruesa sobre el escritorio.—Son los documentos que pediste —dijo, con su voz grave—. Todo está listo para la reunión con Tanaka la próxima semana.Nicolás asintió, tomando la carpeta.—Gracias, Lucas. No sé qué haría sin ti.—Probablemente ya te habrían robado otra vez —respondió Lucas, sin rodeos.Nicolás levantó la vi
Pasaron las semanas. El proyecto avanzaba, aunque lentamente. Nicolás y Cristóbal trabajaban en sus respectivas oficinas, comunicándose por correo electrónico y llamadas telefónicas. No se veían en persona si no era estrictamente necesario. La tensión entre ellos seguía latente, como una herida que no terminaba de cerrar.Pero la vida seguía su curso. Los mellizos crecían. Ana se dividía entre la villa y la oficina de Nicolás, ayudando en lo que podía. Y los padres de Nicolás, después de tanto tiempo, por fin decidieron visitar a Sofía.—¿Estás segura de que quieres ir? —preguntó el señor Valenzuela a su esposa, mientras el auto se acercaba a la cárcel.—Es nuestra hija —respondió ella, con la voz quebrada—. Tenemos que darle una oportunidad.El señor Valenzuela asintió, aunque su mandíbula estaba tensa. No había superado lo que Sofía había hecho. Pero por su esposa, por la esperanza de recuperar a su hija, estaba dispuesto a intentarlo.La sala de visitas era fría, con paredes de cem
La oficina de Nicolás estaba en penumbras. Solo la luz de la lámpara del escritorio iluminaba su rostro, marcando sombras profundas bajo sus ojos. Llevaba horas allí, desde que Cristóbal se había ido, repasando una y otra vez los documentos del proyecto. Pero su mente no estaba en los números.Estaba en él.En Cristóbal.En la forma en que había aceptado sus condiciones sin chistar. En la calma de su mirada cuando Nicolás le recordó la traición. En esa seguridad que parecía tener, como si realmente fuera inocente.—Maldición —murmuró, dejando caer los papeles sobre la mesa.Se levantó de golpe, la silla rodó hacia atrás y chocó contra la pared. Comenzó a caminar de un lado a otro del despacho, con los puños apretados, la mandíbula tensa, la respiración agitada.—¿Por qué tuve que llamarlo? —se preguntó en voz alta, con una mezcla de rabia y frustración—. ¿Por qué tuve que rebajarme a pedirle ayuda a él?Golpeó la pared con el puño. El dolor no calmó su furia.—Es un traidor —dijo, con
Dos semanas habían pasado desde aquella conversación en la oficina de Nicolás.El proyecto avanzaba, pero lentamente. Demasiado lentamente. Las cifras estaban claras, los planos definidos, los contratos redactados. Pero faltaba algo. Alguien. Una persona con la experiencia, los contactos y la visión necesaria para llevar todo al siguiente nivel. Nicolás lo sabía. Y aunque no quería admitirlo, cada día que pasaba lo acercaba más a la única opción que se negaba a considerar.Una mañana, el teléfono sonó. Era Hiroshi Tanaka.—Señor Valenzuela —dijo el inversionista japonés, con su voz pausada pero firme—. ¿Cómo va el proyecto?—Bien —respondió Nicolás, con fingida seguridad—. Todo va según lo planeado.—Me alegra. ¿Para cuándo cree que tendrá algo concreto para mostrar?—En doce semanas. Quizás menos.—Doce semanas —repitió Tanaka, con un tono que no era de aprobación ni de rechazo—. Está bien. Confío en usted. Pero no me defraude.—No lo haré.Colgaron. Nicolás se quedó mirando el teléf










Último capítulo