¿Acaso a él no le importaba en absoluto?

Seraphina estaba acurrucada frente al escritorio en el apartamento de Chloe, con la espalda encorvada por el cansancio.

La punta de su lápiz trazaba líneas fluidas sobre el papel, bocetando lo que sería el inicio de su propia marca; sobre la mesa se amontonaban los planes de preparación para su nuevo estudio, detallando desde el posicionamiento del diseño hasta la conexión con la cadena de suministro.

Levantó la mano para frotarse la muñeca, que le dolía tras horas de trabajo ininterrumpido.

― ¿Ya habrá firmado los papeles? ¿se habrá percatado de todo? —la pregunta se quedó en el aire, al estar completamente sola en la pequela oficina de Cloe.

El teléfono móvil yacía silenciosamente al borde de la mesa, con la pantalla oscura y fría.

Seraphina dejó de dibujar y miró la fecha: habían pasado ya cinco días enteros desde que llamó al mayordomo para recordarle a Alaric que firmara el acuerdo de divorcio.

Durante ese tiempo, Alaric no había llamado, ni enviado un solo mensaje; no hubo una sola pregunta, ni siquiera un reproche.

Ella había pensado que, al menos, él se enfadaría o la llamaría para preguntarle si estaba loca en caso de notar lo que firmaba, pero el silencio era absoluto.

Esa indiferencia le helaba el corazón más que cualquier discusión a gritos.

—Resulta que, en su corazón, ni siquiera merezco el privilegio de enfadarle —susurró para sí misma, exhalando un suspiro cargado de resignación.

Lo que ella no sabía era que en la mansión Blackwood, el documento descansaba en el fondo de un montón de papeles.

El mayordomo, temeroso de interrumpir el aura de tensión que rodeaba a Alaric mientras revisaba contratos con el ceño fruncido, simplemente recogió los documentos firmados de la mesa a la mañana siguiente.

Al ver la firma de "Alaric Blackwood" en la parte superior, el empleado supuso que todo estaba gestionado y guardó el acuerdo de divorcio en el armario de archivo sin que nadie lo hojeara.

A las tres de la tarde, mientras Seraphina modificaba unos diseños en su ordenador, el teléfono sonó de repente: era Alaric.

Sus dedos se detuvieron sobre el teclado y sintió un ligero apretón en el pecho antes de contestar.

—Mándame la dirección, o ven a este sitio —dijo el hombre con su habitual frialdad, adjuntando una ubicación antes de colgar.

Seraphina pensó que, por fin, iban a hablar del divorcio, así que aceptó el encuentro.

Al atardecer, llegó a una cafetería en el centro de la ciudad, donde un Bentley negro se detuvo frente a ella.

Alaric bajó la ventanilla y, con un tono que no admitía discusión, le ordenó subir.

Diez minutos después, se detuvieron frente a una tienda de ropa de marca de alta gama.

—¿A qué me traes aquí? —preguntó Seraphina, confundida.

—El sábado es el banquete del septuagésimo cumpleaños del abuelo. Necesitamos asistir juntos —respondió Alaric con indiferencia. —Delante del abuelo, seguimos siendo el perfecto matrimonio enamorado. No quiero que malinterprete que te maltrato, ni que se preocupe por nuestros asuntos.

Sus palabras sonaban a explicación, pero no tenían calidez alguna.

Seraphina, recordando cuánto la quería el anciano, aceptó participar en la farsa por el bien de su salud.

Dentro de la tienda, se probó un vestido tras otro bajo la mirada desinteresada de Alaric, quien apenas levantaba la vista de una revista para observarla como si fuera un perchero ambulante.

Al probarse el quinto conjunto, Seraphina se sintió agotada por su apatía.

De repente, su vista se fijó en un vestido largo de color rojo intenso en un maniquí: cuello halter, espalda descubierta y falda hasta el suelo.

Era majestuoso. Cuando preguntó por él, la dependienta se mostró incómoda.

—Señora, lo siento mucho, pero ese vestido... el señor Alaric lo encargó hace quince días para otra persona.

El mundo de Seraphina se detuvo.

Quince días atrás, ella todavía estaba preparando con amor un regalo para él, mientras Alaric ya compraba vestidos de gala para Serena.

Él pareció no notar su desolación y le tendió un vestido blanco de corte sencillo.

—Ese rojo no es adecuado. No eres la clase de mujer que se vería bien con un vestido como ese, Prueba este —dijo él, sin sospechar que Seraphina, no solo estaba ofendida por sus palabras, tambien, ya lo había comprendido todo.

―entonces puede elegir cualquier otro, no importa…―la dependienta observo a Alaric Blackwood un tanto incomoda, pero aun así camino hacia la estantería y busco un vestido opuesto al vestido rojo

―Este vestido le queda perfecto, señorita…―la dependienta sonrió satisfecha al ver a la hermosa mujer frente al espejo, mientras la imagen en el espejo le molestaba cada segundo más a Seraphina.

Ella se puso el vestido blanco, que marcaba su esbelta silueta y la hacía parecer una rosa blanca inmaculada.

Alaric la miró y su mirada se detuvo un segundo; era la primera vez en todo el día que la miraba de verdad.

—Ese —sentenció él con indiferencia, se dio media vuelta y parecía estar dispuesto a marcharse sin decir más.

Pero antes de irse, hablo de nuevo hacia Seraphina―Debes volver a la mansión para ir a la fiesta juntos

Sin más solo se marchó, lo hizo en lo que Seraphina, considero que era una buena idea, al ir allí.

El día del banquete, Seraphina esperó horas sentada en el sofá del gran salón y Alaric nunca apareció.

Justo cuando estaba por pedir un coche por su cuenta, recibió un mensaje de él:

"Surgió un imprevisto. Te envío al chófer".

―Qué hombre tan degradable eres Alaric Blackwood…―se quejó Seraphina, mientras se levantaba de su asiento y se dirigía rumbo a aquella fiesta completamente sola.

Y al llegar al hotel, otro Bentley familiar se detuvo al mismo tiempo.

Alaric bajó del coche, y no venía solo, su esposo habia tenido el descaro no solo de ir con el padre de Seraphina y su madrastra, tambien habia llegado con el gran amor de su vida.

Su hermana Serena.

Lleva puesto precisamente el vestido rojo que Alaric encargó hace quince días.

Alaric no esperaba encontrarse con ella de frente.

Un destello de desconcierto cruzó sus ojos e hizo un ademán de acercarse, quizás para explicar la presencia de Serena, pero en ese momento la voz del abuelo retumbó desde el fondo del vestíbulo.

—Alaric, Seraphina... qué bueno que han llegado.

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