El Secreto de mi Pecho: Bajo el Control del Magnate

El Secreto de mi Pecho: Bajo el Control del MagnateES

Romance
Última actualización: 2026-05-14
K.Y Books  Recién actualizado
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Resumen
Índice

Mi nombre es Adara Godoy y estoy a punto de morir… O bueno, terminaré muriendo si mi hermana gemela sigue intentando destruir mi vida. A mi hermana Amira le dieron la belleza y el favoritismo… A mí, una sentencia de muerte. El Síndrome de Wolff-Parkinson-White con riesgo de fibrilación mortal. Una anomalía cardíaca que podría acabar con mi vida en cualquier momento. Y mientras yo cuento mis latidos con miedo de que sean los últimos, mis padres contaban el dinero para la fastuosa boda de mi hermana... Y como si la traición no fuera suficiente, August Saavedra, el hombre que juró amarme, me abandonó al saber de mi enfermedad... para refugiarse en la cama de Amira. Estaba cansada de que todo me saliera mal. Hasta que Holden Somerset regresó a mi vida. Mi mejor amigo de la universidad, heredero de una gran fortuna y dueño de una sonrisa tan peligrosa como irresistible. Holden no me ofreció lástima; me ofreció un contrato. Un falso matrimonio de un año para asegurar su herencia. A cambio, él me daría el dinero suficiente para pagar la cirugía que salvaría mi vida… y la oportunidad de vengarme de todos los que me pisotearon. Acepté el juego sin leer las letras pequeñas… Grave error. Ahora, cada caricia robada y cada beso fingido aceleraban mi pulso a niveles peligrosos. Holden no sabía que su peligroso juego podría ser la chispa que detonara mi débil corazón, y mientras más tiempo convivíamos juntos, me daba cuenta de que no era la única que guardaba un secreto… Aunque sospechaba que el suyo tenía la capacidad de dañarme más que nadie en la vida. ¿Habremos hecho mal? ¿Podría un simple juego acabar con nuestra amistad de años? O al contrario… dar inicio a un sentimiento que nunca imaginamos que podríamos sentir.

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Capítulo 1

Capítulo 1 — Adara Godoy.

Iugh, no soporto un segundo más de esto.

¡Alguien llame a mi verdugo para que me lleve a mi fin de una vez!

Todavía recordaba cómo el anillo de compromiso le quedaba perfecto a Amira. Un solitario de diamante que yo misma había elegido pensando en la delicadeza de mi mano, nunca en sus dedos largos y ostentosos.

Joder, ¿en qué diablos estaba pensando al aceptar participar en este circo?

Mis padres, Esteban y Marcela Godoy, estaban sentados, liderando el comedor, sintiéndose como si ya fueran parte de la realeza.

—Tenemos que ser realistas, Adara —soltó mi madre, con ese tono de pena fingida que dominaba a la perfección después de tantos años de práctica—. August necesita una esposa… en óptimas condiciones. Alguien que pueda acompañarlo a sus eventos, viajes de negocios y mantener el ritmo acelerado de su vida. No lo tomes a mal, pero lo que menos necesita es una que pueda desplomarse en cualquier momento.

Auch... ¿Por qué me siguen lastimando sus palabras?

Digo, es lo que he escuchado desde que tengo uso de razón.

Papá había asentido, de acuerdo con su mujer, sus ojos fijos en la comida, incapaz de mirarme a la cara.

Nunca lo había hecho; le daba lástima ver a su hija defectuosa.

—Mamá, entiende que no me interesa en absoluto lo que sea que necesite August en su vida, estoy hablando de un tema muy serio —suspiré, tratando de mantenerme tranquila—. La ablación tiene un noventa y cinco por ciento de éxito —logré decir, apretando los puños bajo la mesa, sintiendo el familiar zumbido en los oídos, el preludio del constante caos en mi vida—. Es una cura, mamá, y quisiera intentarlo... Podría tener una vida normal después de tantos años de crisis.

—¡Y un cinco por ciento de arruinarnos! —rugió papá, alzando por fin la vista. Sus ojos no mostraban preocupación absoluta por la vida de su hija, sino puro fastidio—. Esa cirugía es un lujo de alto riesgo. Un simple capricho tuyo y, además, sabes que el dinero de los ahorros familiares ya tiene un destino.

Lo sabía.

Lo había adivinado desde que vi la factura del exclusivo diseñador de vestidos de novia sobre la mesa del recibidor, pero escucharlo decir de su boca era completamente diferente.

¡Yo también puse de mi dinero para tener esos ahorros!

Y lo menos que quiero es verlo en un estúpido vestido de novia.

—¿Qué destino? —les pregunté, aunque ya conocía la respuesta.

Mamá suspiró, como si mi pregunta fuera un fastidio más. Como si quisiera que desapareciera de su vida para siempre.

—A la boda de tu hermana, Adara. Una causa completamente feliz. Es una celebración, no una apuesta médica. Piensa en el futuro, hija. ¿Y si algo sale mal? ¡Serás una mujer discapacitada para siempre! Definitivamente no pienso pasar mi vejez cuidando a un enfermo terminal. La respuesta es no.

De nuevo, auch.

Y para tu información, mamá; ya soy una persona discapacitada.

Cada palabra era un clavo en el ataúd de mis esperanzas deshechas.

El dolor en mi pecho se volvió agudo y punzante, pero traté de ignorarlo. No era solo mi corazón; era sentir cómo este se partía en dos gracias a la frialdad de mis padres.

Fue en ese preciso y cruel momento que la puerta se abrió, deteniendo mi sufrimiento diario.

Amira, mi hermana gemela, hizo su entrada triunfal, como si el universo estuviera coreografiando mi humillación.

Llevaba un conjunto de dos piezas ceñido al cuerpo, su cabello semiondulado perfecto, a diferencia del mío, liso y castaño como el suyo, que estaba recogido en una cola de caballo descuidada y, por supuesto, con mi anillo en su mano.

—¿Ya le dieron la noticia? —preguntó con la dulzura venenosa que la caracterizaba. Sonrió al ver la afirmación y se acercó a August, quien había entrado tras ella con la mirada avergonzada, enlazando su brazo con el suyo.

August ni siquiera podía mirarme.

El hombre que me había prometido amarme en la salud y en la enfermedad no tenía las pelotas para verme después de todo lo que me había hecho.

Maldito cobarde.

—No te lo tomes a mal, hermana —continuó Amira, acariciando el diamante en su dedo—. Es solo… el orden natural de las cosas. Lo sano siempre tendrá prioridad y August lo entendió. Tú deberías hacerlo para que todos por fin seamos felices.

Lo sano siempre tendrá prioridad.

Fue la gota que derramó el vaso.

Había prometido poner de mi parte y apoyar la boda de la cínica de mi hermana, pero ella siempre intentaba apuñalarme donde más me dolía.

Ella lo tenía todo en esta vida y aun así siempre disfrutaba pisotearme a su antojo.

De pronto un latido violento y errático sacudió mi caja torácica.

No, no ahora.

Aguanta, por favor. No podemos darle el gusto de vernos mal.

Pero aquella súplica fue inútil.

Una oleada de calor me subió por el cuello, seguida de un frío glacial. El corazón aceleró su marcha desquiciada que comenzaba cada vez que perdía el control de mí misma.

Vamos, Adara. Tienes que controlarte.

¡Vamos, joder!

Mis ojos dejaron de enfocar con claridad y me doblé por la mitad, soltando un jadeo que se me escapó de los labios.

—¿Lo ves? —escuché a Amira susurrando con burla, y su voz sonaba como si viniera desde el fondo de un pozo—. Ni siquiera puede manejar una conversación difícil. Imagínense cómo sería en un altar... Sería un espectáculo patético; por fortuna pudiste recapacitar, amor, y escogiste a la gemela correcta.

Mis padres se movieron rápido, pero, ¡oh, sorpresa!, no hacia mí.

La rodearon a ella y comenzaron a consolarla sin importarles que yo estaba teniendo uno de mis ataques a pocos metros de distancia.

Y mientras estaba un paso más cerca de consolidar mi final gracias al problema de mi corazón, los demás se movieron a la sala y siguieron con sus vidas.

Sin importarles lo que pasara conmigo.

Con las pocas fuerzas que me quedaban, empujé la silla y me levanté. Las piernas me temblaban como gelatina y, sin decir ni una sola palabra ni mirar atrás, me arrastré hacia el baño del pasillo.

Cerré la puerta con llave y me desplomé contra ella, deslizándome hasta el frío suelo de baldosas.

La taquicardia seguía rugiendo en mis oídos, un tambor de guerra activo en mi pecho. Como pude, volví a levantarme y busqué el botiquín de primeros auxilios.

Lo abrí y saqué el frasco de pastillas. La dosis para emergencias como estas.

Solo quedaba una y me la tragué sin agua, ahogándome con la sequedad de mi garganta y el mal sabor de boca que me dejaba aquel medicamento.

Luego, volví a sentarme en el suelo. Respiré hondo, contando los segundos, forzando a mi cuerpo a obedecer mis órdenes de nuevo.

La maniobra de Valsalva resonaba en mi cabeza una y otra vez.

Contenlo... Presiona... Y espera.

Aquellos minutos se sintieron eternos, pero como siempre, poco a poco, el galope desbocado de mi corazón fue bajando a un trote leve y luego a un ritmo solo un poco más rápido de lo normal.

Algo que podía controlar a la perfección.

El sudor frío me había empapado la espalda.

Adara Godoy. Veintisiete años. Una ingeniera de software no comprendida en mi familia, patinadora fantasma y, desde el día de mi nacimiento, la hermana desechada.

Desde el comedor, escuché el sonido amortiguado de una risa. La de mi hermana.

Siempre llena de dicha y triunfante.

Aquello ni siquiera me dio rabia; estaba demasiado acostumbrada a eso. Sin embargo, no podía seguir así.

En esta casa me estaba muriendo poco a poco, y era literal.

Reuní todas mis fuerzas, me lavé la cara y, cuando finalmente me sentí lista, salí del baño; pero el lugar estaba vacío.

Mi familia había seguido con su vida, siendo completamente felices e ignorando lo mal que estaba.

No me sorprende.

Resignada, subí a mi habitación, el único espacio completamente mío, y me dejé caer en la cama. La oscuridad en sí era un consuelo en mi vida, pero como siempre, algo tuvo que interrumpir mis cinco minutos de paz.

Mi teléfono comenzó a zumbar sin parar en la mesita de noche.

Había varios mensajes.

Y, por supuesto, ninguno era de August pidiéndome disculpas; eso jamás lo haría. Tampoco eran mis padres preguntando si seguía viva.

Aquellos mensajes eran de Holden.

Oh, qué extraño. Se supone que en el país donde está en estos momentos es de madrugada.

Holden: ¿Adivina quién regresó? Hace años que no tomamos un trago del que nos arrepintamos al día siguiente... Tu hermana acaba de publicar la foto de un anillo con un texto cursi que me ha dado ganas de vomitar. Rescátame de mi sufrimiento, Godoy... ¿Aún sigues escondiéndote de mí?

Un sollozo que era mitad risa, mitad queja, se me escapó de los labios.

Justo a tiempo, Holden Somerset.

El caos con ojos verdes y una fortuna que podía comprar todo lo que quisiera sin siquiera inmutarse.

Mi mejor amigo desde la universidad.

El único ser en la tierra que jamás me había mirado con lástima o desprecio.

Bueno, porque nunca le conté sobre mi enfermedad.

Mis dedos comenzaron a moverse por la pantalla.

La verdad es que necesito un poco de distracción o enloqueceré.

Yo: ¿Regresaste al país y no me dijiste nada, imbécil? ¿Dónde y cuándo? Pero te advierto que mi tolerancia al alcohol es patética y mi ánimo, mucho peor.

Su respuesta fue inmediata.

Como siempre que hacíamos algún plan.

Holden: El sitio de siempre, Godoy. En una hora... Y no te preocupes por el ánimo, para eso estoy yo. Trae ganas de quemar algo. Figurativamente… ¿o no?

Idiota de ojos encantadores.

Miré el mensaje por última vez y luego el techo. Por primera vez en meses, sentí algo distinto que no fuera dolor o miedo.

Y por alguna extraña razón, sentí el frío y dulce aroma de la venganza.

Porque con Holden Somerset algo era seguro... Nuestros encuentros siempre terminaban con algún plan vengativo que nos hacía ganar... O terminar en prisión.

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Capítulo 1 — Adara Godoy.
Capítulo 2 — Tengo una idea.
Capítulo 3 — Un año, Godoy.
Capítulo 4 — ¿Estás enamorada de mí?
Capítulo 5 — Te elegí a ti.
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